Daniel Zovatto: “Argentina necesita un rumbo que sobreviva a un cambio de gobierno”
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Analiza los desafíos de la democracia en un mundo atravesado por cambios geopolíticos, IA y creciente polarización. Advierte sobre la erosión de las instituciones desde dentro y plantea qué necesita Argentina para construir un rumbo de largo plazo y recuperar protagonismo internacional.
Por Cecilia Castagno | LVSJ
Para Daniel Zovatto, Argentina tiene recursos y capacidades para recuperar relevancia internacional, pero necesita previsibilidad, instituciones sólidas y políticas de Estado que sobrevivan a los cambios de gobierno. En entrevista con LA VOZ DE SAN JUSTO, el reconocido politólogo también analiza la crisis democrática y los desafíos de la inteligencia artificial.
- ¿Qué significa recibir el doctorado honoris causa de la Universidad Católica de Córdoba? ¿Y la declaración de ciudadano ilustre de San Francisco?
Los veo como reconocimientos distintos, pero complementarios. El doctorado honoris causa proviene de una de mis alma mater, donde me gradué como licenciado en Ciencia Política y en Relaciones Internacionales, en 1979 y 1980. Reconoce una trayectoria dedicada a promover elecciones libres y fortalecer la democracia en América Latina. No lo vivo como la culminación de una carrera, sino como una responsabilidad: me obliga a seguir pensando y actuando con el rigor que representa la UCC. La declaración de ciudadano ilustre tiene una dimensión más íntima: es el reconocimiento de la ciudad en la que crecí y di mis primeros pasos profesionales. Ambos honores tienden puentes entre conocimiento, valores y arraigo; entre la universidad que piensa el mundo y la comunidad desde la cual aprendí a mirarlo.
- ¿Por qué es particularmente importante que las universidades formen no solo profesionales, sino ciudadanos con una brújula ética?
Porque la capacidad técnica sin un marco ético puede convertirse en poder sin control, sin responsabilidad social. Quienes trabajan con inteligencia artificial, diseñan políticas públicas o redactan contratos globales poseen hoy una capacidad de impacto extraordinaria. Sin una brújula que distinga entre lo eficaz y lo correcto, corremos el riesgo de formar personas muy calificadas al servicio de objetivos nunca sometidos a examen moral. La universidad debe formar profesionales capaces y ciudadanos dispuestos a preguntarse “¿para qué?” antes de “¿cómo?”. Esa distinción separa el progreso del peligro. La tradición ignaciana lo resume con claridad: ciencia, conciencia y compromiso.
- Usted habló de un mundo VICA —volátil, incierto, complejo y ambiguo—. ¿Estamos ante un cambio de época o una crisis pasajera?
Estamos ante un cambio de época, un punto de ruptura, no una turbulencia dentro del mismo sistema. Las crisis pueden resolverse regresando a un equilibrio anterior; en cambio los cambios de época alteran las reglas. El reordenamiento geopolítico, la reorganización de la globalziación, la creciente competencia tecnológica, la relocalización productiva, el auge de la inteligencia artificial, el debilitamiento del multilateralismo y el uso creciente de la fuerza en las relaciones internacionales no son anomalías transitorias. Son señales de que el orden liberal de posguerra está siendo rápidamente reemplazado por un sistema multipolar, fragmentado y aún indefinido. Argentina no puede esperar que todo vuelva a la normalidad. Esa normalidad ya no existe. Como bien dijo el primer ministro canadiense Mark Carney, “La nostalgia no es una estrategia”.
- Si la nostalgia no es una estrategia, ¿qué deberían dejar atrás Argentina y América Latina para pensar el futuro?
Tres ideas. La primera es la ilusión de volver a un orden perdido. Ni la Guerra Fría, ni el momento unipolar posterior a 1989 regresarán en los mismos términos. Diseñar políticas para reconstruir un pasado idealizado es perder tiempo mientras otros construyen el futuro. La segunda es la grieta como categoría dominante: convertir cada cuestión en una disputa irreconciliable impide acordar políticas de Estado. La tercera es la autosuficiencia aislacionista. América Latina no puede quedar fuera de las cadenas globales de valor, la transición energética ni la revolución tecnológica. La nostalgia ofrece consuelo, pero no crea empleo ni atrae inversión. El reto es transformar la memoria en un proyecto de futuro.
- ¿Qué le preocupa más del escenario internacional: las guerras, la fragmentación geopolítica, los nacionalismos, la crisis democrática o la inteligencia artificial?
Son fenómenos que se retroalimentan, pero la crisis democrática y sobre todo la irrupción de la IA —la velocidad del cambio que esta conlleva— son las dos cuestiones más estructurales en mi opinión. Las guerras y la fragmentación son manifestaciones visibles; los nacionalismos expresan el desconcierto provocado por la pérdida de referencias. La inteligencia artificial es un multiplicador de poder: puede fortalecer las instituciones o erosionarlas, según quién la controle y con qué reglas. Por el otro lado, si las democracias pierden legitimidad y capacidad de acuerdo, ningún desafío podrá resolverse de manera sostenible. La IA combina oportunidades inéditas con riesgos potencialmente existenciales. Nunca enfrentamos una tecnología con semejante velocidad y alcance. A la primera es preciso fortalecerla y mejorar su calidad. A la segunda es urgente regularla.
- ¿Qué lugar ocuparán América Latina y sus democracias en este nuevo escenario internacional?
El contexto geopolítico importa, pero también sus propias decisiones. La región posee numerosos activos estratégicos: alimentos, energía, minerales críticos, tierras raras, agua dulce y ventajas demográficas. Pero los recursos no garantizan por sí solo influencia. Para convertirlos en desarrollo se necesitan instituciones sólidas, estabilidad macroeconómica, infraestructura, capital humano, capacidad de negociación y sobre todo, agregarles valor. Tener buenas cartas no equivale a saber jugarlas. Si América Latina continúa fragmentada, aceptará precios y reglas fijados por otros. Si coordina posiciones concretas, puede dejar de ser terreno de disputa y ganar agenda propia. Sin ese cambio, será relevante como proveedora de recursos, pero marginal en el diseño de las reglas de juego y en la gobernanza global. En otras palabras, corre el riesgo de ser “parte del menú”.
- ¿Argentina está aprovechando este escenario o corre el riesgo de quedar atrapada entre las grandes potencias? ¿Qué oportunidades concretas tiene?
Las oportunidades son tangibles. Argentina dispone de litio y otros minerales estratégicos, capacidad agroalimentaria, petróleo y gas en Vaca Muerta, un sector de conocimiento y software competitivo, y capital humano de primera. Pocos países reúnen esos activos. El riesgo aparece cuando no existe una estrategia nacional y se reacciona ante quien ofrece más en el corto plazo. La coyuntura exige seguridad jurídica, estabilidad política y previsibilidad macroeconómica: minería y energía requieren horizontes de quince o veinte años. También requiere una diplomacia capaz de negociar con todos sin subordinarse a ninguno. Una política exterior basada en el no alineamiento activo.
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“La democracia ya no suele morir de un golpe; se deteriora desde dentro, a menudo en nombre de la voluntad popular”.
- ¿Argentina debería apostar por Estados Unidos y Occidente o conservar una política exterior equilibrada ante China, Europa y otras potencias?
Es un debate legítimo. Quienes defienden un alineamiento occidental señalan que Argentina comparte con Estados Unidos y Europa la democracia liberal, los derechos humanos y la economía de mercado. También destacan que el financiamiento multilateral, la tecnología de frontera y los mercados de capital dependen en buena medida de esas relaciones. Quienes proponen autonomía estratégica —no alineamiento activo— observan que China es un comprador decisivo y una fuente de inversión que Occidente no ofrece en igual escala. También advierten sobre el riesgo de depender de un solo socio. La alternativa entre alineamiento total y equidistancia absoluta es falsa. Argentina debe relacionarse con ambos, sin convertir el vínculo económico con China en dependencia política ni la cercanía con Estados Unidos en subordinación sin beneficios concretos.
- ¿Tiene Argentina posibilidades reales de recuperar relevancia internacional?
Sí, pero no será automático. El país como ya dijimos posee activos —alimentos, litio, gas y capital humano— que muchos otros quisieran tener. Su problema histórico no es la falta de recursos, sino de continuidad, de confianza. La relevancia se construye con políticas de Estado, no alternando apertura y repliegue con cada gobierno. Con un consenso sobre estabilidad macroeconómica, seguridad jurídica, inserción internacional y educación, Argentina puede recuperar gravitación. Si cada administración empieza desde cero, dentro de diez años discutiremos lo mismo. La credibilidad depende menos de lo que un país promete que de su capacidad de sostenerlo.
- En los últimos años crecieron los liderazgos fuertes, la polarización y la desconfianza institucional. ¿Está en crisis la democracia liberal?
Sí, a nivel global vivimos una etapa de recesión democrática y de creciente autocratización, aunque conviene precisar el diagnóstico. No está en crisis la elección de gobernantes mediante el voto. Está bajo presión el componente liberal: la separación de poderes, el pluralismo, el respeto a las minorías, la libertad de prensa, los organismos de control y la construcción de acuerdos. Los estudios internacionales muestran desde hace más de dos décadas una caída de la satisfacción ciudadana y la calidad institucional, incluso donde se siguen celebrando elecciones. La forma electoral sobrevive, pero se debilitan sus contrapesos. La democracia no consiste solo en contar votos; también exige limitar el poder de quien los gana. Para una democracia de calidad hacen falta tres legitimidades: la de origen, la de ejercicio y la de resultados.
- ¿Qué debería preocuparnos más: los autoritarismos tradicionales o la erosión democrática desde gobiernos elegidos legítimamente?
La erosión desde dentro, porque es gradual y difícil de combatir. El autoritarismo clásico —un golpe o un fraude abierto— permite identificar el quiebre y tiene baja legitimidad. El retroceso contemporáneo suele comenzar con gobiernos legítimos que, bajo apariencia legal, debilitan paso a paso la independencia judicial, la libertad de prensa, la autoridad electoral y los organismos de control. Cada decisión aislada puede parecer menor. Su acumulación vacía la democracia sin un instante inequívoco de ruptura: se mantiene la fachada electoral, pero desaparece la competencia auténtica. Esa es la amenaza: la democracia ya no suele morir de un golpe; se deteriora desde dentro, a menudo en nombre de la voluntad popular.
- ¿Qué papel desempeñan las redes sociales en esta erosión de la conversación democrática?
Su balance es ambivalente. Las redes democratizaron la palabra pública y facilitaron movimientos sociales legítimos. Pero sus modelos de negocio maximizan la atención, no la calidad del debate. Por eso premian el contenido emocional y polarizante por encima de lo verdadero o matizado. A ello se suman la manipulación algorítmica, la desinformación y la inteligencia artificial generativa, capaz de producir falsedades difíciles de detectar. La respuesta no es censurar, sino corregir incentivos: transparencia algorítmica, alfabetización mediática y reglas para la publicidad política digital. La verificación debe volver a imponerse a la viralización.
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- Cuando en su discurso ante los estudiantes de la UCC dijo: “No confundan velocidad con dirección”, ¿qué está haciendo mal una sociedad que corre sin preguntarse hacia dónde va? ¿Cómo se construye aquella brújula moral?
Vivimos en una cultura que celebra el movimiento como valor en sí mismo: innovación, actualización y actividad incesantes. Pero la velocidad sin dirección no acerca a ningún destino; agota. Ocurre en la política, que cambia de rumbo con cada elección; en las organizaciones, que adoptan tendencias sin revisar su propósito; y en las personas, atrapadas en agendas sin espacio para reflexionar. El error es sustituir la pregunta estratégica —¿hacia dónde vamos y por qué?— por la operativa: ¿cómo llegamos más rápido?. La brújula moral se construye con educación, ejemplo, responsabilidad y reflexión compartida. No exige rechazar la tecnología o el consumo, sino someterlos al bien común. Sin dirección, la eficiencia solo permite equivocarse más rápido.
- ¿Qué tendría que ocurrir para afirmar que Argentina finalmente encontró una dirección y no solo velocidad?
Un conjunto de reglas fiscales, monetarias, comerciales y jurídicas debería sobrevivir a un cambio de gobierno. La prueba de que existe dirección no son los resultados rápidos, sino que los avances puedan sostenerse y profundizarse más allá de quien gane la siguiente elección. Argentina necesita un acuerdo entre sus principales fuerzas sobre pocas reglas no negociables —visión estratégica a largo plazo—, manteniendo la competencia sobre todo lo demás. No se trata de borrar diferencias, sino de establecer un piso común. Cuando la alternancia deje de significar la demolición de las reglas económicas y jurídicas, podremos decir que el país encontró un rumbo. Todo ello debe venir acompañado de un fortalecimiento institucional, un contrato social renovado, el fin de la “anomia boba” y un mejoramiento sustancial de la calidad de nuestra democracia.
-Ud. diferenció optimismo de esperanza. ¿Por qué la esperanza es más importante para enfrentar la incertidumbre?
El optimismo es una predicción: supone que las cosas saldrán bien. Depende del resultado y, cuando este no llega, puede convertirse en decepción o cinismo. La esperanza no anticipa el desenlace; define la actitud con la que actuamos mientras permanece abierto. Es posible tener esperanza —actuar con sentido, ética y compromiso— sin garantía de éxito. En un mundo VICA, el optimismo ingenuo es frágil porque necesita que la realidad confirme sus expectativas. La esperanza no depende de que ocurra lo deseado, sino de la decisión de actuar correctamente frente a lo incierto. Por eso es indispensable en un cambio de época.
- Después de una vida dedicada a analizar la democracia, la política y los cambios mundiales, ¿qué le sigue generando esperanza?
Me genera esperanza comprobar que, generación tras generación, muchos jóvenes se comprometen con causas que trascienden su interés inmediato: la educación, el voluntariado, la acción climática, el servicio público o el emprendimiento social. No los idealizo, pero tampoco comparto el pesimismo que los describe como indiferentes. Los cambios de época producen desconcierto, pero obligan a repensar instituciones e ideas. De esos momentos surgieron grandes avances. Hemos atravesado otras crisis profundas y fuimos capaces de reconstruir sentido y cooperación. Esa capacidad humana en general y de las nuevas generaciones en particular, no un optimismo ingenuo en que todo saldrá bien, es la que sustenta mi esperanza.
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“Estamos ante un cambio de época, un punto de ruptura, no una turbulencia dentro del mismo sistema”.
Una trayectoria internacional con raíces en San Francisco
Nacido en Santa Clara de Saguier, Daniel Zovatto encontró en San Francisco, desde los 13 años, un espacio decisivo para su formación. En 1969 llegó a la ciudad para cursar sus estudios secundarios en la “escuela del trabajo”, en la sección Agronomía. Allí vivió su adolescencia.
En San Francisco recibió su primera beca, otorgada por American Field Service, que le permitió viajar a Estados Unidos y completar allí sus estudios secundarios.
En 1976 se trasladó a Córdoba. Es abogado por la UNC y licenciado en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales por la UCC, instituciones que reconocieron su trayectoria con el doctorado honoris causa en 2023 y 2026, respectivamente. Tiene un doble doctorado de la Universidad Complutense de Madrid —en derecho internacional y en Gobierno— una maestría en diplomacia de la escuela diplomática española y una en gerencia pública de la Universidad de Harvard.
Su carrera se desarrolló luego en el ámbito internacional. Fue director regional de IDEA Internacional para América Latina y el Caribe entre 1997 y 2023 y participó en más de 90 misiones de observación electoral en la región. Es autor, coautor, editor o compilador de 40 libros y de más de 100 artículos sobre elecciones, democracia y gobernabilidad en América Latina.
Actualmente preside Latam Asesoría Estratégica 360, dirige y edita Radar Latam 360 y es investigador senior del Centro de Estudios Internacionales de la Universidad Católica de Chile.
