¿Cuánto vale una medalla?
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Argentina ocupa el segundo lugar de los Juegos Suramericanos Santa Fe 2026 con 176 medallas. Detrás de esa cosecha, muchos de sus atletas afrontan otra competencia fuera de las pistas: conseguir los recursos necesarios para sostener una carrera de alto rendimiento.
Una medalla permite contar quién ganó y quién subió al podio, pero dice poco sobre las condiciones en las que cada deportista llegó hasta allí. Por eso, antes de relativizar un oro, una plata o un bronce porque se consiguió en un Juego Suramericano y no en un Juego Olímpico, aparece una pregunta más interesante: ¿con qué recursos llegó cada atleta a disputar esa medalla? Santa Fe 2026, además, forma parte del ciclo hacia Lima 2027 y Los Ángeles 2028.
A cuatro días del cierre de los Juegos, Argentina ocupa este martes 22 de septiembre el segundo lugar del medallero general. Hasta esta tarde suma 176 medallas: 46 de oro, 51 de plata y 79 de bronce. Brasil lidera con 194 y Colombia aparece tercera con 122. La cosecha argentina ya es importante, pero los números cuentan solamente una parte de la historia.
Desde septiembre, las becas de alto rendimiento vinculadas al ENARD aumentaron un 8 por ciento. El dato necesita contexto: los montos individuales recuperaron poder adquisitivo frente a 2023 y 2024, pero cayó con fuerza la cantidad de beneficiarios. Actualmente hay 807 deportistas becados frente a 1.387 en 2023: son 580 menos, una reducción cercana al 42 por ciento. Además, el presupuesto total destinado a becas en 2025 fue, en términos reales, un 48 por ciento inferior al de 2023.
Los números adquieren otra dimensión cuando aparecen los nombres. Augusto Servello se consagró bicampeón suramericano de florete individual y, después de colgarse el oro, contó que necesita tres trabajos para comprar el material con el que entrena y compite. “Obviamente, mi madre me ayuda, pero es un esfuerzo enorme”, explicó. También reconoció que llegó a Santa Fe con muy poco roce internacional durante el año.
El caso de Servello no fue aislado. Agustina De Lucía, medalla de plata en judo hasta 63 kilos y luego bronce con el equipo mixto argentino, contó después de subir al podio que todavía no había recuperado la beca que perdió tras los Juegos Panamericanos. Su explicación fue mucho más sencilla que cualquier estadística: “El lunes tengo que ir a buscar un laburo”. La rosarina da clases de judo, pero necesita otra fuente de ingresos para continuar con su carrera deportiva.
Fernanda Russo, tres veces olímpica y campeona en rifle de aire 10 metros, fue todavía más directa después de ganar. “Ganamos con el corazón, pero necesitamos plata”, sostuvo. Habló además de un “medallero mentiroso”: no porque los resultados no sean reales, sino porque la tabla no muestra las condiciones en las que fueron conseguidos. Russo agradeció el respaldo del ENARD y del Ejército Argentino, al que señaló como su principal sostén.
Fernanda Illanes aportó otra imagen del mismo problema. La patinadora sanjuanina terminó séptima en los 200 metros Meta contra Meta después de haber pedido dinero y recibido ayuda de su club para comprar las ruedas de sus patines. Explicó que lo ideal para una competencia es disponer de dos o tres juegos; ella llegó con uno.
No todos los argentinos, sin embargo, arribaron con el mismo respaldo económico. El Gobierno de Santa Fe otorgó una beca extraordinaria de tres millones de pesos a cada uno de los 64 deportistas santafesinos que integran la delegación nacional. Fueron 192 millones de pesos en total para acompañar su preparación y participación. La decisión marca otra diferencia: incluso dentro de una misma selección, el apoyo disponible puede variar según la provincia, el club, la disciplina o los respaldos privados que tenga cada atleta.
Parte del alto rendimiento argentino termina sosteniéndose mediante una combinación de becas, clubes, familias, trabajos, préstamos y sponsors. En los últimos años se agregó además un elemento que poco tiene que ver con una marca o un tiempo, pero puede resultar decisivo para conseguir apoyo privado: las redes sociales.
Muchos atletas necesitan mostrar entrenamientos, producir contenido, sumar seguidores y ofrecer visibilidad a potenciales patrocinadores. La discusión también alcanza a las marcas: resulta llamativo que el deporte sea atractivo para invertir en eventos, activaciones y creadores de contenido mientras algunos de quienes protagonizan esas competencias tienen dificultades para financiar equipamiento o preparación. No se trata de enfrentar deportistas con influencers ni de sostener que una empresa deba financiar el alto rendimiento, sino de preguntarse qué lugar ocupa el atleta dentro de la economía que el propio deporte genera.
La comparación regional aporta otro elemento. Chile destinó casi 1.500 millones de pesos chilenos —unos 2.400 millones de pesos argentinos al cambio actual— a su delegación de 533 deportistas para Santa Fe 2026, una inversión destinada a traslados, alojamiento, alimentación, indumentaria, inscripciones y asistencia técnica. Además, su sistema PRODDAR contempla incentivos económicos vinculados a los resultados deportivos.
En ese esquema, un oro individual puede representar 1.460.223 pesos chilenos mensuales —unos 2,3 millones de pesos argentinos— durante cuatro años, mientras que una plata individual alcanza los 1.155.559 pesos chilenos por mes —alrededor de 1,85 millones de pesos argentinos— durante un año, además de los premios asociados al logro. Las cifras permiten dimensionar de otra manera qué puede significar económicamente una medalla para la continuidad de la carrera de un deportista.
Brasil cuenta con Bolsa Atleta, un programa nacional de apoyo económico que establece diferentes categorías según el nivel y los resultados de cada deportista. Haber terminado entre los tres primeros en Juegos o Campeonatos Sudamericanos permite postular a la categoría Internacional, que actualmente otorga 2.051 reales mensuales —unos 608.000 pesos argentinos al cambio actual— durante 12 meses, cerca de 7,3 millones de pesos argentinos al año. Por encima se encuentra la categoría Olímpica/Paralímpica/Sordolímpica, con 3.437 reales mensuales —aproximadamente un millón de pesos argentinos—, mientras que el programa Atleta Pódio, reservado para deportistas de disciplinas individuales que se encuentran entre los 20 mejores del ranking mundial u olímpico, establece montos todavía mayores. Allí las becas van desde 5.543 reales —unos 1,6 millones de pesos argentinos— hasta 16.629 reales mensuales —cerca de 4,9 millones de pesos argentinos— para quienes ocupan los tres primeros lugares del mundo. Los beneficios no se conceden automáticamente por conseguir una medalla: cada categoría tiene requisitos y un proceso de selección. Sin embargo, el sistema establece una relación concreta entre rendimiento deportivo y apoyo económico, desde un podio sudamericano hasta la elite mundial.
Los modelos no son idénticos y estos datos tampoco significan que todos los atletas chilenos o brasileños puedan vivir exclusivamente de su disciplina. Pero sirven para poner en contexto la realidad argentina y entender que dos deportistas pueden disputar la misma final después de haber llegado hasta ella con respaldos económicos muy diferentes.
Argentina está segunda en el medallero de Santa Fe 2026 y sus resultados vuelven a colocarla entre las principales potencias deportivas de Sudamérica. El dato merece ser destacado, pero también obliga a mirar un poco más allá de la tabla. Porque mientras las medallas siguen llegando, algunos de quienes las consiguen trabajan, dependen de sus familias, buscan sponsors o necesitan ayudas extraordinarias para sostener su preparación. Y entonces la pregunta del comienzo vuelve a tener sentido: ¿cuánto vale una medalla cuando llegar a competir también forma parte de la competencia?
