Cuando la marginalidad sale a la luz
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El episodio que marcó agenda pública durante la semana que pasó evidenció la falta de ideas de gestión que permitan ir resolviendo el grave problema de la marginalidad y una evidente confusión en la asignación de prioridades de quienes buscan acomodar el discurso para evitar pagar el costo de su inoperancia.
La amplísima repercusión mediática de la niña de 7 años que estuvo perdida más de tres días junto a un hombre que se la había llevado terminó con un final aliviador: la pequeña fue hallada con vida y su captor, detenido. El episodio que marcó agenda pública durante la semana que pasó tuvo las características de interés humano necesarias como para encaramarse entre las preocupaciones de la ciudadanía.
No obstante, más allá de los sucesos puntuales que lo configuraron, el caso ha devuelto a la luz un proceso mucho más profundo, oscuro y sobre el que no se pone el acento desde las distintas gestiones gubernamentales por la gravedad humana que encierra y la imposibilidad de obtener algún rédito político. Estamos hablando de la creciente marginalidad en la que está sumida una importante porción de la población de nuestro país.
El proceso de descomposición sociocultural argentino y la debacle económica que no cesa han determinado que cientos de miles de compatriotas vivan sin esperanza, en medio de una pobreza estructural que las políticas públicas no han sabido romper y que debería escocer la conciencia de todos. La marginalidad y la miseria son hoy componentes indeseados pero presentes en gran número dentro de una realidad nacional cruzada por innumerables variables negativas.
Un sol que pretende ser tapado con las manos. Una realidad que se procura ocultar a través de la permanente intención de todos los gobernantes, sin distinción de signo ideológico, que bregan por capitalizar cualquier hecho en beneficio propio. Así, mientras el alivio se sentía por la aparición con vida de la menor, se debió asistir a las mismas operetas de siempre: funcionarios de seguridad que se enfrentan en una pelea bizarra cuando procuran "salir en la foto", gobernantes de un distrito que cuestionan a su vecino por la marginalidad que campea en las calles y las respuestas a las acusaciones que devuelven la pelota al campo contrario pero que no reconocen el problema acuciante de las misérrimas condiciones de vida de muchos argentinos.
Como puede verse, a la falta de ideas de gestión que permitan ir resolviendo el grave problema de la marginalidad se suman las tácticas proselitistas habituales de dirigentes que, desde hace décadas, demuestran enorme incapacidad para resolver problemas, una impresionante virtud para agravarlos y una evidente confusión en la asignación de prioridades de gestión. Se debería sumar a esta descripción la permanente búsqueda de acomodar el discurso para evitar pagar el costo de su inoperancia.
El crecimiento de la pobreza, la exclusión y la marginalidad en la Argentina es un fenómeno que refleja con crudeza la decadencia de un país. Un porcentaje muy significativo de compatriotas hoy vive en la más absoluta de las carencias, independientemente de la jurisdicción o provincia en la que se asiente. La marginalidad es un dato terrible que acarrea más miseria, segregación, falta de educación y acceso a la salud, inseguridad, violencia, droga y peligros de todo tipo, especialmente para millones de niños sumidos en la indefensión y la desesperanza.
