Salud mental
Cuando la cabeza dice basta: el lado invisible del alto rendimiento
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El caso de Iván Erquiaga, que decidió rescindir su contrato con Instituto y alejarse del fútbol, vuelve a poner en foco una problemática cada vez más visible: la salud mental en los deportistas. La mirada del psicólogo deportivo Rodrigo Vitancurt ayuda a entender qué hay detrás de estas decisiones y por qué ya no pueden ser ignoradas.
En diálogo con La Voz de San Justo, el psicólogo deportivo Rodrigo Vitancurt, magíster en Psicología del Deporte por la Universidad Autónoma de Barcelona, analizó el trasfondo de una problemática que empieza a ocupar un lugar central en el deporte profesional: la salud mental.
La decisión de Iván Erquiaga de ponerle un freno a su carrera generó impacto en el fútbol argentino, pero también abrió una discusión necesaria. Su caso no es aislado y se inscribe en una tendencia que, poco a poco, comienza a visibilizarse.
En los últimos años, distintas situaciones pusieron el foco en el bienestar psicológico de los futbolistas. Uno de los antecedentes más cercanos es el del uruguayo Matías Abaldo, quien mientras jugaba en Gimnasia y Esgrima La Plata debió tomarse una licencia por atravesar un cuadro depresivo. Episodios que, tiempo atrás, difícilmente trascendían.
Según explicó Vitancurt, estas decisiones no aparecen de manera repentina, sino que suelen ser el resultado de procesos prolongados. “El deportista de alto rendimiento convive con niveles de exigencia muy altos, tanto internos como externos. Hay presión por rendir, por sostener un lugar y por responder a expectativas constantes. Cuando no hay herramientas adecuadas, ese estrés puede derivar en ansiedad, angustia o depresión”, señaló.
El fútbol profesional, además, presenta características que intensifican ese desgaste. La exposición permanente, la evaluación constante del rendimiento y la inestabilidad laboral generan un entorno de alta presión. Cada error se amplifica y cada momento adverso puede tener consecuencias directas en la carrera del jugador.
A ese escenario se suma el peso de las redes sociales. “Hoy el futbolista está expuesto a críticas permanentes, muchas veces agresivas. Ese entorno impacta directamente en la autoestima y en el bienestar emocional”, advirtió el especialista, quien remarcó que el jugador no solo compite dentro de la cancha, sino también fuera de ella.
Para Vitancurt, la mayor visibilidad de estos casos no implica necesariamente un aumento de los problemas, sino un cambio en la forma de abordarlos. “No diría que hoy cueste hablar de salud mental; de hecho, se habla más que antes. El punto es que muchas veces se habla más de lo que realmente se hace en términos de cuidado y acompañamiento”, explicó.
En ese sentido, marcó que el fútbol todavía arrastra una cultura donde el malestar se silencia. “El deporte históricamente se construyó sobre valores como la fortaleza y el ‘aguantar’, donde mostrar malestar se asocia con debilidad. Y en el fútbol aparece algo clave: el miedo. Miedo a perder el puesto, a ser juzgado o a quedar etiquetado dentro del grupo”, señaló.
Ese contexto ayuda a entender por qué muchos jugadores llegan a situaciones límite sin haber pedido ayuda antes. “Muchos prefieren callar, sostener el malestar en silencio y seguir compitiendo, antes que expresar que algo no está bien”, agregó.
Al momento de identificar señales, el especialista fue claro: el problema no aparece de golpe. “Las que pueden aparecer con mayor frecuencia son fatiga constante, irritabilidad, falta de motivación por entrenar o competir, problemas de sueño. Es muy importante hacer caso a estas señales para poder buscar ayuda a tiempo”, advirtió.
Uno de los puntos más interesantes que marcó tiene que ver con el disfrute, a veces relegado en el alto rendimiento. “Cuando desaparece el disfrute, muchas veces hay sobrecarga física y mental, presión sostenida o desconexión con el sentido de lo que se hace. No es falta de ganas, es desgaste”, explicó.
Esa pérdida de sentido se vuelve más frecuente en contextos donde el fútbol deja de ser solo un juego. “Muchos futbolistas vienen de contextos vulnerables, donde un contrato sostiene a toda una familia. Entonces lo que está en juego no es solo lo deportivo, y eso aumenta la presión”, analizó.
Sobre decisiones como la de Iván Erquiaga, Vitancurt dejó una reflexión que interpela al sistema. “No es frecuente que un jugador de primera división decida parar por temas de salud mental, y esto es algo que nos tiene que interpelar a todos”, sostuvo.
También puso en discusión cómo se interpreta ese “parate”. “Detenerse no es abandonar, sino generar un espacio para revisar el recorrido, reorganizar prioridades y reencontrarse con una forma más saludable de vivir el deporte”, explicó.
Sin embargo, advirtió que esa decisión no siempre es sencilla. “Cuando el deporte constituye la principal o única fuente de ingresos, la decisión de parar no es solo personal o emocional, sino también estructural. Implica una interrupción económica concreta”, señaló.
En ese marco, volvió a remarcar la responsabilidad del entorno. “La familia es la base de todo. Puede ser sostén o puede ser una fuente de presión. Que la familia acompañe desde el disfrute y el aprendizaje es clave”, afirmó.
Por último, dejó una mirada hacia adelante, con foco en lo que todavía falta dentro del deporte. “Al deporte todavía le falta dar un paso más en la integración real del cuidado psicológico. No como un recurso al que se recurre en momentos de crisis, sino como una dimensión estructural del rendimiento”, planteó.
Y cerró con una idea que sintetiza el cambio de paradigma: “El bienestar y el rendimiento son profundamente interdependientes. Si un deportista está bien, también compite mejor”.
