Historias
Cuando el tiempo no alcanza para sanar: a casi seis años del crimen de Leo Gallegos
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A casi seis años del asesinato del Dj, su hermana Fernanda sigue detenida en el mismo día. Al dolor por la pérdida se sumó, tiempo después, la muerte de su padre. Aunque hubo una condena judicial, el alivio nunca llegó. Entre la ausencia, el duelo permanente y una vida que no volvió a ordenarse, reconstruye el impacto del crimen en su familia. “Yo estoy ahí todavía y no puedo salir, nos destruyeron la vida”, confesó.
Por Luis Giordano | LVSJ
A Fernanda Gallegos el tiempo no le hace mella. A casi seis años del crimen de su hermano, Leonardo, los días siguen pasando, pero ella permanece anclada en la misma escena. Hay mañanas en las que se levanta, hace su rutina, sale, trabaja, se ocupa de sus hijos y de sus nietos. Y, sin embargo, todo vuelve siempre al mismo punto. “Yo estoy ahí todavía y no puedo salir”, destacó en diálogo con LA VOZ DE SAN JUSTO. Ahí, en ese día de 2020 que partió su vida en dos y dejó a su familia rota para siempre.
Habla con mucha tristeza y cada palabra pesa. No necesita buscar frases: el dolor está incorporado a su forma de vivir desde ese día. Para Fernanda, no hubo un después que ordenara el caos ni un tiempo que acomodara las cosas. Hubo, apenas, una manera de aprender a convivir con la falta.
Ese jueves empezó como tantos otros. En plena pandemia, Fernanda había ido por la mañana a la casa de sus padres. Tomaron mate juntos. Estaban Leo, su mamá, su papá y ella. Una escena mínima, cotidiana, que hoy recuerda con una nitidez dolorosa. Horas más tarde, ya en su casa, el teléfono sonó. Del otro lado, la voz de su madre le dijo que a su hermano le habían disparado. “No me alcanzaba el tiempo para llegar”, recordó. Cuando lo hizo, la casa estaba rodeada de gente y Leo yacía herido en el suelo, una imagen que hoy en día la persigue y que no puede borrar de su cabeza.
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Leo Gallegos fue trasladado primero al Hospital Iturraspe y luego derivado a Córdoba, debido a la gravedad de su estado. Falleció cuatro días después. Tenía 48 años y Dj. Dos disparos —uno en el tórax y otro en la boca— terminaron con la vida de un hombre al que los testigos definieron como respetuoso, ajeno a los conflictos y muy querido en Frontera.
El ataque ocurrió la noche del 23 de abril de 2020, cuando un agresor llegó hasta la vivienda familiar, golpeó la ventana, preguntó por Leo y, cuando salió, le disparó. El atacante huyó en una motocicleta conducida por un cómplice. Por el crimen fue condenado en 2023 Claudio “Tatín” Gudiño, quien recibió una pena de 25 años de prisión por homicidio agravado por el uso de arma de fuego. La familia de la víctima continúa reclamando que la Justicia identifique y detenga al segundo involucrado, que nunca fue encontrado.
“Hasta el día de hoy me pregunto por qué, no hay un momento del día en el que no lo piense”, manifestó Fernanda. Leo era su único hermano. “No se lo merecía, para nada. Lo voy a decir toda mi vida”, afirmó, convencida de que no hubo explicación posible para tanta violencia.
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Durante los días de internación hay una imagen que la acompaña desde entonces. “Él lloraba e intentaba decirme algo, pero nunca supe qué. Nunca supe qué me quiso decir”, recuerda. Ese gesto inconcluso, esas palabras que no llegaron, quedaron suspendidas para siempre y forman parte de un duelo atravesado por silencios imposibles de llenar.
El juicio fue otro proceso doloroso. Durante dos semanas, Fernanda viajó todos los días a Rafaela. “Jamás lo miré. Lo tenía al costado y nunca lo miré”, dice sobre el condenado. La sentencia le trajo un alivio breve. “Ese día sentí tranquilidad, pero no te sana en nada. Nadie me devuelve a mi hermano”, explicó, marcando la distancia entre la respuesta judicial y el vacío emocional.
El impacto del crimen fue devastador para toda la familia. “Quedamos destruidos”, resume. Poco tiempo después, Fernanda perdió a su padre, quien murió de “tristeza”, según ella contó. “Mi viejo dejó de hablar, de hacer cosas. Vos lo mirabas y estaba como en una nube”, agregó. La muerte de Leo no fue un hecho aislado: fue el inicio de una cadena de pérdidas que terminó de quebrar a su núcleo más cercano.
Su madre, cuenta, sigue adelante como puede, cargando duelos superpuestos. Entre ellas, el tema se volvió difícil de abordar. “Yo no lo hablo con ella”, admite Fernanda. Hay dolores que se comparten y otros que se guardan, incluso dentro de la misma familia, como una forma de protegerse.
Leo tenía un vínculo muy fuerte con sus sobrinos. Era el padrino de Stefanía, la hija de Fernanda, y estaba presente de manera constante en la vida familiar. “Nos veíamos todos los días. A veces dos veces en el día”, recuerda. Almuerzos compartidos, mates por la tarde, viajes cortos en la camioneta: escenas simples que hoy se transformaron en ausencia.
Ese lazo cotidiano explica por qué el recuerdo no se diluye. “No hay un solo día que no me acuerde de él”, dice. Aunque trabaja y mantiene su rutina, el pensamiento vuelve siempre al mismo lugar. El dolor, con los años, no desapareció: se volvió parte de su identidad.
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El cementerio es un límite que no puede cruzar. Fue una sola vez, el día que terminó el juicio. “Tuve la necesidad de ir, pero me ahogaba, me faltaba el aire en ese lugar, ver la foto de mi hermano en una tumba es una sensación horrible”, explicó. Volvió sola, sin avisarle a nadie, como si fuera una necesidad íntima e inexplicable. Desde entonces, no regresó.
También siente que, con el paso del tiempo, el caso fue perdiendo visibilidad pública. “Yo pienso que sí, que se olvidó, pero no culpo a nadie, el tiempo avanza”, dice. No lo expresa como reproche, sino como una constatación dolorosa de cómo las tragedias, aun las más profundas, se van corriendo del centro de la escena.
Fernanda intentó hacer terapia, pero no encontró alivio. “No creo que sane nunca, puedo pasar momentos lindos, pero nos destruyeron la vida”, agregó. Aprendió a seguir, pero no a cerrar. El duelo, en su caso, no tuvo etapas ni final.
En ese recorrido encontró contención en su prima Rosa Gallegos, madre de Cristian Robledo, asesinado en 2019 tras una brutal golpiza en una cancha de fútbol. Rosa, que conmovió al país al perdonar públicamente a los asesinos de su hijo, falleció en 2025. “Hablábamos todos los días. Ella sabía exactamente lo que se sentía”, recuerda Fernanda, marcando la importancia de ese acompañamiento entre personas atravesadas por pérdidas similares.
Ese gesto de perdón nunca fue una opción para ella. “Yo no podría perdonar jamás al asesino de mi hermano”, afirmó. No hay juicio moral en su mirada, solo una diferencia profunda en la manera de enfrentar el dolor.
Si pudiera tener cinco minutos con Leo, Fernanda no duda. “Que no se vaya nunca. Que se quede acá conmigo”, destacó. No siente necesidad de explicarle cuánto lo extraña. “Él lo sabe. Es todos los días”, añadió. En su casa, una foto grande de su hermano recibe a quienes entran, como una presencia permanente.
Cuando la gente se acerca y habla bien de Leo, el dolor se mezcla con orgullo. “Me dicen cosas tan lindas… no me gustaría que fuera de esta forma, pero sí, me hablan muy lindo de él”, concluyó.
A casi seis años del crimen, para Fernanda Gallegos el tiempo no cura. Apenas enseña a convivir con una ausencia que sigue doliendo como el primer día.
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