Cuando defender es sinónimo de perjudicar
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El pedido de Franco Colapinto a sus seguidores expone la paradoja de quienes creen defenderlo con ataques, pero terminan perjudicándolo. Una reflexión sobre el odio en las redes sociales, la búsqueda de visibilidad y la necesidad de recuperar el respeto en los vínculos.
El título de esta columna encierra una paradoja. Y se vincula con el llamamiento que hizo el piloto argentino de Fórmula 1, Franco Colapinto, a sus seguidores en las redes sociales.
El integrante del equipo Alpine dijo saber que quienes atacan a sus rivales y a los mecánicos entre otros “están pensando que me están defendiendo, pero están generando lo contrario. No me ayudan ni a mí, ni a mi futuro, y realmente quiero que entiendan que eso es lo que tenemos que cambiar todos juntos. Tenemos que intentar mejorar como sociedad. Y para ayudarme a tener una mejor performance, para ayudarme a seguir consiguiendo mis sueños, mis resultados, seguir subiendo puntos, necesito que me ayuden a parar esto todos juntos.”
Por más que se piense que le cabe alguna responsabilidad al joven deportista debido a su importante exposición en las redes sociales, lo cierto es que esta especie de súplica revela la profundidad de un problema sobre el que no siempre se hallan respuestas. Estamos hablando, por cierto, de la proliferación de “odiadores”, incapaces de entender los límites del respeto en cualquier discusión, por nimia que fuese su temática.
Leer los comentarios luego del pedido de Colapinto agrega más confusión. La reacción de muchos usuarios de las redes pasa por redoblar la apuesta. Quienes así responden demuestran que están atrapados en una lógica negativa que los instrumentos nuevos de comunicación alimentan y que agrega presión, deteriora relaciones y fomenta la disputa permanente.
A la paradoja evidente protagonizada por quienes pretenden defender pero terminan perjudicando, se añade la que asoma cuando se analiza la dinámica de estos comportamientos en las redes. El filósofo Byung-Chul Han en “La sociedad de la transparencia” explica que las redes reúnen a personas alrededor de un tema, una figura conocida o una emoción compartida. Quienes encuentran en la hostilidad una forma de agruparse piensan que integran una comunidad. Sin embargo, el ataque hacia alguien puede generar sentido de pertenencia, pero lejos está de configurar un diálogo productivo. Mucho menos asumir responsabilidades o compromisos con el semejante.
Entonces, tenemos dos situaciones que son parte de un mismo contrasentido. Fomentadas por el anonimato, la distancia respecto de quien recibe los ataques y, fundamentalmente, por la “recompensa” de la visibilidad tan valorada en este tiempo. Las palabras que los “odiadores” expresan en las redes difícilmente las dirían en una comunicación cara a cara. El ambiente de las redes hace el resto, puesto que amplifica estos impulsos.
El problema excede a Colapinto y al deporte automovilístico. Es un signo de época que debería generar, al menos, preocupación. Ninguna comunidad se construye a través del acoso, la persecución o buscando solo la destrucción del adversario. El caso debería llevar a la reflexión acerca de la necesidad de comprender que la vida social está afectada seriamente cuando nadie responde por sus dichos o acciones cuando tienen un teclado y una pantalla delante.
