Cuando crecer te dejaba afuera
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Daniel, clase 1970, recuerda la frustración de no poder jugar el Nacional por superar la altura permitida. Su historia recupera una regla que condicionaba la participación de los chicos y podía terminar con la ilusión antes de entrar a la cancha.
“Yo me acuerdo de que salí llorando de ahí”. Daniel no puede precisar dónde estaba la sede ni cuánto era la altura máxima permitida. Pasaron más de cuarenta años y algunos detalles se mezclan. Pero recuerda cómo se fue del lugar donde le dijeron que no podría jugar el Nacional de Baby Fútbol. Había superado el límite de estatura y eso alcanzaba para dejarlo afuera.
“Yo tenía la ilusión de jugar y porque eras alto no te permitían jugar. Fue muy frustrante”, cuenta. Daniel es clase 1970, jugó en Barrio Jardín y terminó su recorrido en Don Orione. Su recuerdo permite volver sobre una época en la que tener la edad correspondiente no era suficiente para participar: también había que pasar la medición.
En el camino hacia los 50 años del Nacional, Cuna de cracks recupera esa parte de la historia del torneo. La de una regla tan absurda que convertía el crecimiento en un motivo de exclusión. Un chico podía entrenarse, aprender y esperar su oportunidad, pero si superaba la altura admitida se quedaba afuera. No había nada que pudiera hacer para cambiarlo.
Daniel había comenzado en Barrio Jardín, donde permaneció hasta la anteúltima categoría, a la que entonces llamaban tercera. Después de una discusión de su papá con la comisión del club, pasó a Don Orione. Allí hizo su último año de Baby.
El cambio también modificó la rutina de los entrenamientos. Vivía por Echeverría y Catamarca y la nueva cancha le quedaba lejos. Para que pudiera practicar, iban a buscarlo. “Me quedaba lejísimo. Una o dos veces por semana me venían a buscar para ir a practicar”, recuerda.
El fútbol no había sido su primera elección. Daniel quería jugar al básquet, pero su papá tenía otras preferencias. “Mi viejo era fanático del fútbol. A mí prácticamente me obligó a jugar, porque yo quería ir a jugar al básquet”, cuenta. Aquella insistencia lo había llevado a las canchas del Baby, donde fue aprendiendo y haciendo su propio recorrido.
Para el último año, las ganas de jugar ya estaban. “Llegué al último año, que era el mejor, y encima había aprendido a jugar al fútbol”, dice. Por eso, quedarse sin el Nacional le dolió especialmente. Después de tantos entrenamientos y de haber encontrado su lugar en el deporte que había elegido su padre, no podría participar.
La regla de la altura imponía una condición que los chicos no podían controlar. La categoría reunía a jugadores de la misma edad, pero el desarrollo físico podía separarlos al momento de competir. Para quienes excedían el límite, pertenecer a esa camada no garantizaba compartir el torneo con sus compañeros.
Daniel no recuerda con seguridad la medida que establecía el reglamento, que habría sido de 1,63 metros. Pasaron más de cuarenta años y la cifra se le mezcla, pero conserva con claridad el resultado de aquel control y la frustración que le provocó.
Su papá se quedó adentro después de que él saliera. “Yo salí llorando y mi viejo estaba enfurecido”, recuerda. El hombre que había insistido para que jugara al fútbol reaccionó con enojo frente a la decisión. Daniel no sabe exactamente qué dijo ni cómo terminó la conversación porque ya no estaba allí.
“Él se quedó adentro hablando. Yo realmente no me acuerdo de qué pasó”, aclara. Supone que hubo un reclamo fuerte por el estado en que lo vio, pero distingue esa suposición de lo que presenció. La imagen que conserva es la de su padre enojado y la suya, todavía niño, sin poder aceptar que se había quedado sin jugar.
También recuerda a otros chicos en una situación similar. No puede precisar cuántos ni identificar a todos. “Creo que, como yo, había varios. No sé si de San Francisco, pero de afuera había algunos también que no podían jugar”, cuenta.
Ese recuerdo muestra que detrás de la medición había más que un trámite para completar una inscripción. Para un chico, el resultado podía significar perder la posibilidad de disputar el campeonato que esperaba. El reglamento ponía una medida; quienes debían aceptarla tenían doce o trece años y ganas de jugar.
“Calculá que pasaron ya más de cuarenta años”, señala Daniel cuando intenta reconstruir lo sucedido. Al explicar lo que sintió, vuelve sobre su edad: “Con doce o trece años era un niño”. Habla de aquella experiencia desde ese lugar, el del chico que salió llorando mientras los adultos seguían discutiendo adentro.
Después hubo un gesto del club que también quedó en su memoria. En la cena de despedida de fin de año lo convocaron y le entregaron una medalla. “Me llamaron igual”, destaca. “Quizás fue como para hacerme pasar ese mal trago que viví”, dice.
En el camino hacia los 50 años del Nacional también aparecen estas historias. Las de los chicos que se quedaron afuera por una regla que hacía de la altura un requisito para jugar. El torneo de su categoría llegaba una sola vez. Para algunos, llegó cuando ya habían crecido demasiado.
