Crímenes sin resolver en los ochenta: Capítulo dos, el asesinato del joyero
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La policía de Villa María encuentra un auto abandonado. Investigan la documentación de la guantera y resulta ser de un joyero sanfrancisqueño. Puestos en aviso, los oficiales locales van a buscar al comerciante. No los atiende en su casa. Su negocio está cerrado un sábado a la mañana. Ya con ayuda de familiares, vuelven a la casa e ingresan para toparse con un cuadro brutal, con el que se inauguró una seguidilla de crímenes siniestros y sin resolver.
Por Manuel Montali | LVSJ
"Amordazado y sin vida hallan a un conocido joyero de la ciudad". Primera plana del diario del 2 de septiembre de 1984.
En esos días, las noticias truculentas llegaban de afuera, de la capital nacional o de Córdoba, donde comenzaba a conocerse el paradero de muchos de los desparecidos en la larga noche que había finalizado casi un año antes.
Una información de este tenor, habida cuenta además del prestigio de la víctima, conmocionó a la ciudadanía, que de inmediato comenzó a exigir respuestas. Pero la casa de Larrea 1468 se guardó para siempre el enigma de qué pasó el viernes 31 de julio por la noche.
Los hechos
La policía de Villa María encontró un auto abandonado, un Peugeot 504 blanco. En la guantera estaban los documentos de su titular: Víctor José Zarur. Argentino, viudo de 58 años, dueño de la joyería Orfi de San Francisco, en Bv. 25 de Mayo al 2224.
Los oficiales villamarienses se comunicaron con sus pares de San Francisco en la mañana del sábado. Estos concurrieron a la casa del joyero y no obtuvieron respuesta. Fueron a su negocio y lo hallaron cerrado. Entonces recurrieron a los familiares, con quienes se dirigieron nuevamente al domicilio de Zarur.
Ya eran cerca de las 15.30 cuando el hombre fue encontrado amordazado con tres pañuelos y atado de pies y manos en su bañera, sin agua. Había muerto de asfixia. El televisor de su casa seguía encendido y estaba puesta la mesa. Todo lo demás era un solo revuelto: muebles abiertos, dados vueltas, pertenencias esparcidas por toda la casa. Por ahí estaban tirados incluso los lentes del joyero, como signo de que había ocurrido un forcejeo o una lucha.
Lo único que parecía faltar era el auto. Pero evidentemente no era lo que buscaban el o los asaltantes (se suponía que deberían haber sido al menos dos, por la fuerte contextura física de Zarur), sino que lo habían usado solo para escapar.

Repasamos los archivos de LA VOZ DE SAN JUSTO para indagar sobre esta resonante crónica policial.
La fiebre del oro
Desde un principio se sospechó del robo como móvil. Nada en la vida y actividad de Zarur podía hacer pensar en otra cosa que no fuera oro.
Este comerciante era una persona respetada y querida. La policía estaba convencida de que el o los asesinos lo conocían bien, así como su rutina y movimientos diarios.
Sin embargo, no se pudo levantar una sola huella dactilar, ni en la casa ni el auto. Nada. Mucho menos en una botella de cerveza que el o los asesinos aparentemente se tomaron antes de partir. Los investigadores creían por ello que los autores eran "profesionales del delito"... por llamarlos de alguna manera.
Por lo único que no terminaba de cerrarse la hipótesis de robo era porque ni en la casa ni en la joyería se pudo constatar que faltara algo. Se rumoreaba que Zarur tenía oro en su poder, pero luego se supo que ese mismo viernes lo había depositado todo en su cuenta bancaria.
Los vecinos no habían notado nada anormal en ese viernes fatídico. Alguien precisó solamente que vio un auto con patente de Villa María estacionado en cercanías de la casa de Zarur. Recordaba la numeración. Pero se hizo un procedimiento en el domicilio del titular y se comprobó que había estado en San Francisco visitando familiares. Curioso, justo de Villa María, donde luego se halló el auto del asesinado... Pero su coartada cerraba y quedó descartado de toda sospecha.
El cierre de la causa
Los procedimientos investigativos involucraron a San Francisco, Villa María y también a Santa Fe. No obstante, el caso, como suele suceder ante la ausencia de líneas firmes de investigación, fue decayendo de su vorágine inicial hacia el olvido. La policía concluyó que el o los asaltantes habían ido en busca de oro y, al no hallarlo, torturaron al joyero con el intento de obtener respuestas, mientras daban vuelta la casa, dejándolo luego abandonado en el lugar en donde terminó siendo hallado sin vida.
Entre quienes conocieron a Zarur permanece la sensación de injusticia, de impotencia... y algunas dudas. Permanecen también rumores sobre posibles involucrados o "dateros".
Como corolario, algún memorioso recuerda un hecho anterior, de 1982, en donde una banda de cuatro personas había protagonizado un raid delictivo, con robos al mismo Zarur, otra vecina de apellido Loza y la firma "Raíces". Sus autores habían sido juzgados y condenados. Aparentemente, no tenían nada que ver con el homicidio posterior del joyero. Solamente el móvil: la fiebre del oro.
