Triatlón
Correr, operar, volver a empezar
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Entre cirugías, guardias y entrenamientos, Matías Gandolfo construye una rutina donde el deporte y la medicina conviven. Su paso por el Ironman 70.3 de San Juan refleja una historia de constancia, sacrificio y equilibrio.
En la vida de Matías Gandolfo no hay rutinas rígidas ni días iguales. Todo cambia, se adapta, se reorganiza. Entre guardias médicas, cirugías y entrenamientos, construye una dinámica que exige tanto del cuerpo como de la cabeza. Es médico traumatólogo en San Francisco, pero también triatleta desde hace más de una década. Y en ese cruce de caminos encontró una forma de vivir.
“Fue una experiencia de vida practicar triatlón, porque necesitás mucha organización desde lo familiar y lo laboral”, cuenta. Nada en su día está librado al azar. Cada bloque de tiempo tiene un propósito, aunque muchas veces deba rearmarse sobre la marcha.
Su historia con el deporte empezó de manera simple. “Empecé a correr a los 20 años, a trotar”, recuerda. De ahí pasó a las medias maratones, luego al duatlón y finalmente al triatlón, una disciplina que lo atrapó por completo. “Es un deporte que no te deja aburrirte, porque combina tres cosas: correr, nadar y andar en bicicleta”, explica.
Pero si algo define su recorrido es la convivencia permanente con la exigencia. Porque mientras muchos organizan su vida alrededor del entrenamiento, él debe hacer lo contrario: encajar el deporte en los huecos que le deja la medicina.
“Un día normal es levantarme, ir a trabajar a la clínica, después al mediodía nadar dos horas, almorzar, ver pacientes y a la noche salir a correr”, describe. Y eso, claro, cuando todo sale como está previsto.
Porque los imprevistos son parte de su realidad. “Si hay una emergencia, estamos de guardia y tenemos que estar ahí. Eso te cambia todo el cronograma, te tenés que amoldar todos los días”, dice.
Los martes y jueves son los días más intensos. Jornadas quirúrgicas que no tienen hora de cierre. “Podés empezar temprano, pero no sabés cuándo terminás”, resume. En promedio, realiza unas diez cirugías por semana.
Pero su trabajo no se agota en el quirófano. En el contacto diario con los pacientes aparece una faceta igual de importante: la cercanía.
El seguimiento después de cada intervención, la forma de explicar, la presencia en momentos de incertidumbre o dolor forman parte de su manera de ejercer la medicina. No se trata solo de resolver una lesión o atravesar una cirugía, sino de acompañar todo el proceso.
En un ámbito muchas veces atravesado por la velocidad y la urgencia, ese vínculo humano se vuelve un diferencial. Y también, en parte, el motor que lo sostiene en jornadas largas y exigentes.
Porque incluso después de esos días, cuando podría frenar, vuelve a empezar: se sube a la bicicleta, sale a correr o se mete al agua.
Ahí aparece una clave de su historia: lejos de competir entre sí, la medicina y el deporte se complementan. “El trabajo es un cable a tierra y el deporte también me ayuda a bajar, a equilibrar la cabeza”, afirma.
Dos mundos exigentes que, en lugar de desgastarlo, lo sostienen y le marcan un ritmo propio.
Los fines de semana llevan esa lógica al límite. El sábado está reservado para los fondos, entrenamientos largos que pueden extenderse durante horas. “Muchas veces estamos arriba de la bicicleta más de cuatro, cinco o seis horas”, cuenta. El domingo, en cambio, aparece como una pausa necesaria antes de volver a empezar.
Ese volumen de entrenamiento no es casual. Detrás de cada competencia hay meses de preparación. “Para un 70.3 entrenás seis meses antes. Son seis meses de sacrificio todos los días, para una carrera que dura cinco o seis horas”, explica.
Y ahí deja una de sus definiciones más claras: “La carrera es un día, pero llegar a esa carrera es lo que realmente demanda tiempo”.
Esa preparación tuvo una prueba reciente en el Ironman 70.3 de San Juan, una de las distancias más exigentes del triatlón: 1,9 kilómetros de natación, 90 de ciclismo y 21 de pedestrismo. Una carrera que no dio respiro. “Hacía 40 grados. Fue durísima”, recuerda.
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Sin embargo, logró completar el desafío con un tiempo de 5 horas y 34 minutos, ubicándose 53° en su categoría (M50-54), 401° entre los hombres y 471° en la general. Un resultado que refleja no solo rendimiento, sino constancia.
Pero más allá de los números, lo que destaca es la experiencia. “No falla nada, está todo supervisado. Te hacen sentir un deportista profesional”, dice sobre la franquicia Ironman.
Recuerda especialmente la logística: “Había puestos de hidratación cada dos kilómetros y no faltaba nada”.
Esa precisión es la que lo sigue motivando. Pero no es lo único.
El triatlón también le dio algo más difícil de medir: una manera de estar en el mundo. “Te ordena, te da resiliencia, te enseña paciencia y te genera hábitos”, explica. Valores que, en su caso, no quedan dentro del deporte, sino que atraviesan toda su vida.
Y en todo ese ritmo hay algo que para él es clave. “Sin mi familia no podría hacer nada de esto”, dice. Manu, Joa y Feli son los que están siempre, los que bancan los tiempos, las ausencias y el desgaste que implica sostener esa rutina. Son quienes acompañan, quienes entienden los tiempos y quienes sostienen el equilibrio cuando todo se vuelve exigente.
Porque si algo aprendió en este camino es que nadie llega solo.
Entre el quirófano y la ruta, entre la responsabilidad y el desafío, Matías Gandolfo construye todos los días una vida donde el esfuerzo no es una excepción, sino una forma de ser.
Porque en su caso no hay pausas largas ni etapas cerradas: termina una carrera, vuelve al trabajo y vuelve a empezar. A correr, a operar, a seguir.
