Conviviendo con el horror
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Mientras se viralizan discursos emotivos que reclaman la regulación de la venta de armas en EE.UU, la sensación es que nada ocurrirá. Es que nadie hizo nada desde Columbine en 1999, o Virginia Tech en 2007, o Sandy Hook en 2012, o Parkland en 2018, y prácticamente no existe ninguna posibilidad de que alguien vaya a hacer algo ahora.
Un joven de 18 años recién cumplidos entró armado a una escuela primaria de una población del estado de Texas en Estados Unidos y provocó otra masacre. Asesinó a 19 niños y a dos maestras, luego de haber cometido el crimen de su propia abuela.
El mundo volvió a horrorizarse frente a semejante atrocidad. Volvió a plantearse con fuerza un debate que, en Estados Unidos, parece estéril. El sinsentido de la barbarie desató otra vez la discusión sobre la regulación de la tenencia de armas que una enmienda a la Constitución favorece de manera abierta y generalizada.
Lo ocurrido en la escuela de la localidad de Uvalde es la segunda matanza más importante de la historia, luego de la de Sandy Hook (Connecticut), donde murieron 20 niños y 6 adultos hace una década. Desde aquella masacre hubo más de 900 episodios similares en el país del norte, pero no hubo ningún cambio en la legislación. Esta parálisis es fruto del lobby de la industria de las armas y la complicidad de sectores políticos, muchos de los cuales se ven favorecidos con las prebendas otorgadas por los fabricantes. Esto determina que en breve lapso otro tiroteo devolverá las mismas imágenes y el debate retornará para que, días después, todo quede igual.
De acuerdo a lo publicado por la prensa internacional, en Estados Unidos hay más de 300 millones de armas en circulación. Según la organización Gun Violence Archive, este año han muerto más de 7.600 personas a tiros (excluyendo suicidios), entre ellos más de 600 menores. Los asesinatos masivos en ese país dan la vuelta al mundo, pero la mayor carnicería cotidiana se produce en el ámbito doméstico, en delitos callejeros o en encuentros con la policía. En 2020, se contabilizaron más de 19.000 muertes por arma de fuego y se vendieron 21 millones de armas, se asegura.
Mientras se viralizan discursos emotivos que reclaman de modo airado la regulación de la venta de armas (el caso del entrenador de basquetbol de la NBA, Steve Kerr, es hoy el más elocuente), la sensación es que nada ocurrirá, más allá de la colocación de cientos de flores frente a la escuela que fue escenario de este múltiple crimen. Es que nadie hizo nada desde Columbine en 1999, o Virginia Tech en 2007, o Sandy Hook en 2012, o Parkland en 2018, y prácticamente no existe ninguna posibilidad de que alguien vaya a hacer algo ahora.
La descripción del columnista norteamericano Brian Broome, publicada en el diario The Washington Post describe con claridad la sensación de buena parte de la opinión pública: "Vivimos en una cultura donde los seres humanos son elegidos al azar para morir, para que aquellos que se sienten invisibles, sufren bullying, tienen conductas antisociales, le temen a lo desconocido, o que simplemente aman las armas, no tengan que sentir temor". Y lo peor es que "las personas que mueren perdieron su humanidad hace mucho tiempo y solo son inmortalizados como estadísticas.Números a sumar".
Convivir con la posibilidad de que el horror se haga presente en cualquier ámbito público parece natural en una sociedad en la que la libertad es un valor trascendente, pero malinterpretado en estos contextos. Los discursos de estos días, las repercusiones en las redes sociales y los artículos de opinión serán motivo de debate por unos días más. Después, como bien afirma el citado periodista norteamericano, "pasaremos la página hasta que aparezcan nuevos sacrificios humanos que nos hagan olvidar los anteriores".
