Análisis
Comunicación pública sin personalismos
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El nombre del gobernador dejó de aparecer en las comunicaciones que emite el gobierno de Córdoba. La decisión va en la dirección correcta, más allá de las interpretaciones políticas que puedan formularse. “Plotear” con nombres la flota de vehículos del Estado o los edificios públicos forma parte de versiones renovadas del tradicional caudillismo argentino. Quizás haya llegado el momento de dejarla atrás.
El nombre del gobernador dejó de aparecer en las comunicaciones que emite el gobierno de la provincia de Córdoba. En efecto, desde hace poco tiempo, se observa un rediseño de la comunicación visual oficial de administración liderada por Martín Llaryora.
Las publicaciones que difundieron esta novedad recogieron afirmaciones lanzadas por voceros del área de Comunicación provincial, quienes señalaron que los mensajes serán ahora más “despersonalizados” y estarán centrados en abarcar a “los cordobeses”. Es decir, se eliminan frases como “gestión tal” o la mención explícita del nombre del gobernador, en favor de un diseño más cuidado desde lo visual y sin alusiones personalistas.
En los tiempos que corren, esta decisión no es frecuente. No se trata de un cambio pueril o meramente estético. Supone una ruptura con años de intentos por instalar en la opinión pública la idea de que el gobernante es el único “constructor” de todas las obras y avances alcanzados, aun cuando estos sean el resultado del esfuerzo colectivo y del aporte de los ciudadanos.
En verdad, la medida tiene también razones de índole política. Apunta a una mejor sintonía con el ánimo sociales, especialmente en una provincia en la que la mayoría ha dado reiteradas muestras de rechazo a los personalismos y cualquier forma de comunicación o acción oficial que recuerde prácticas asociadas a regímenes populistas, de los cuales se cuentan numerosos ejemplos en los años recientes.
La tendencia a personalizar la acción de gobierno llegó a generar situaciones ridículas. Así, los nombres de los funcionarios, acompañados por el concepto “gestión”, aparecían en zapatillas, útiles escolares, vehículos, edificios inaugurados o restaurados, entre otros ejemplos. En la mayoría de los casos, quienes incurren en este tipo de excesos suelen partir de la errada convicción de que aquello que se logra con recursos públicos puede ser presentado como un mérito estrictamente personal.
No deja de ser llamativo, además, que estas prácticas varíen según el lugar que los dirigentes ocupen en el escenario político. Muchos de ellos, en su rol de opositores, denuncian abiertamente de las prácticas personalistas. Aunque apenas asumen el poder se apresuran a “plotear” con sus nombres la flota de vehículos del Estado, los edificios públicos y hasta la más simple papelería oficial.
Podrá afirmarse que esta práctica, muy extendida en las últimas décadas, forma parte de versiones renovadas del tradicional caudillismo argentino. Pero quizás haya llegado el momento de dejarla atrás. Por eso, la decisión tomada por el gobierno de la va en la dirección correcta, más allá de las interpretaciones políticas que puedan formularse.
En definitiva, no resulta necesario reiterar el nombre del gobernante como si se tratara de un acto permanente de pleitesía. Si una gestión es positiva y cumple con los compromisos asumidos ante la sociedad, el reconocimiento llegará de todos modos, aun cuando el nombre del funcionario no esté presente en cada pieza de comunicación oficial.
