Clima tenso, violencia e instituciones
:format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/Media/202103/Imagea5fe6c53479244a3a57a82c8fced5e1c.jpg)
El país necesita recuperar la cultura del diálogo y la negociación y eliminar la agresión y la descalificación del otro. Estamos como sociedad obligados a entender que la libertad de expresar puntos de vista contrapuestos y el derecho al reclamo y a la protesta no puede traspasar la raya.
El clima político en la Argentina hace mucho que ha dejado de ser tranquilo, si es que alguna vez lo fue en su historia. Las diferencias prácticamente irreconciliables entre distintas facciones se expresan de manera cotidiana tanto en las redes sociales como en expresiones públicas de dirigentes e incluso hasta en las más sencillas tertulias de café. La intolerancia y las provocaciones están a la orden del día, lo que ha generado un panorama oscuro que amenaza aún más la delicada salud de las instituciones democráticas.
Este es el contexto en el que se produjo días atrás una agresión contra la comitiva que trasladaba al presidente de la Nación en la provincia de Chubut. Un grupo de manifestantes la emprendió a gritos, patadas y piedrazos contra el vehículo en el que viajaba la máxima autoridad del país. Los videos de esa agresión se han difundido por todos los canales de comunicación y allí se puede observar la indefensión en la que se vio inmerso, por momentos, el primer mandatario.
Se trata de una acción repudiable. No importa qué es lo que se piense acerca de la gestión actual del gobierno nacional o de la ubicación en la grieta que divide a los argentinos. A esta altura, con todas las vicisitudes que ha atravesado el país, debería estar claro que algunas referencias tendrían que estar solidificadas en la conciencia social. El respeto por las figuras que representan a las instituciones es una condición que no puede soslayarse si se pretende vivir auténticamente en democracia. Lo sucedido en la provincia patagónica se da de bruces contra este argumento.
Más allá de quien ejerza el cargo, la figura presidencial debe ser respetada. Se podrá discutir, incluso admitiendo exaltación en las opiniones. Pero no agredir. Porque esta conducta retrotrae a episodios dolorosos de la historia nacional en los que la vigencia de las instituciones se quebró. La represalia violenta contra el adversario político nunca será una buena actitud. Las diferencias no pueden de ninguna manera resolverse a los piedrazos.
Por cierto, algunos sectores no han aprendido esta lección. Tanto oficialistas como opositores. Lo mismo con determinados grupos que no trepidan en cometer vandalismo y acometer agresivamente contra quienes se oponen a sus intereses o demandas. O que solo tienen una visión distinta a la que pregonan. La escalada de provocaciones de todo tipo termina casi siempre en sucesos violentos.
Es verdad que la dirigencia política tiene gran parte de la responsabilidad por haber creado el clima de zozobra y enfrentamientos permanentes que se vive en la Argentina actual. Y también es posible que buena parte de los dirigentes y funcionarios no respete los símbolos de la democracia con su conducta cotidiana. El mismo repudio debe expresarse en estos casos. No obstante, lo sucedido en Chubut comprueba que las cosas están llegando a un límite peligroso.
Es esencial y urgente recuperar la cordura. Esto supone respeto por las posiciones ideológicas. También exige serenidad para expresar las discrepancias, atributo que requiere de la escucha y la respuesta aun cuando el disenso persista. Por lo mismo, el país necesita recuperar la cultura del diálogo y la negociación y eliminar la agresión y la descalificación del otro. Estamos como sociedad obligados a entender que la libertad de expresar puntos de vista contrapuestos y el derecho al reclamo y a la protesta no puede traspasar la raya. Lo sucedido en el sur, independientemente de las razones o de la impericia de las custodias presidenciales, es un hecho grave que demuestra una escasa convicción democrática que anidó y parece estar creciendo en el país.
