Cien mil muertos, dolor infinito
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La Argentina ha llegado a esa cifra de muertos. Un guarismo gélido que encoge el alma y genera también un escalofrío imposible de evitar. ¿Por qué ha sucedido? ¿Por qué tantas víctimas? Interrogantes que pueden tener múltiples respuestas. Pero solo una conclusión verosímil: cien mil vidas ya no están entre nosotros. Entre ellos, más de 120 de nuestros vecinos sanfrancisqueños y casi 6 mil cordobeses. Es como si hubiesen borrado del mapa al conglomerado urbano de San Francisco, Frontera y Josefina más algunos de los pueblos cercanos.
Es un número bisagra, aun cuando su expresión no sea completa cuando se alude a cuestiones específicamente humanas. Sabemos cuántos son, pero no siempre conocemos que historias, sucesos, procesos, circunstancias, emociones, sentimientos, pasiones, alegrías y dolores acompañan la fría estadística. "Da respuesta a cuántos, pero jamás puede transmitir los arcos individuales de la vida, las 100.2500 formas de saludar por la mañana y de decir buenas noches", afirma Elisa Cantú, miembro del staff del diario norteamericano The New York Times.
Precisamente, fue ese matutino el que sacudió las mentes y los corazones el 24 de mayo del año pasado publicando una portada en la que figuraban los obituarios de los fallecidos por la pandemia del Covid 19 en ese país, cuando el número llegó a los cien mil. "La inmensidad de una cantidad de víctimas tan repentina desafía nuestra capacidad de entender, de comprender que cada número que suma 100.250 es alguien que ayer se encontraba entre nosotros. ¿Quién fue la persona número 1233 en morir? ¿La 27.587? ¿La 98.431?", se publicó en esa ocasión.
La Argentina ha llegado a esa cifra de muertos. Un guarismo gélido que encoge el alma y genera también un escalofrío imposible de evitar. ¿Por qué ha sucedido? ¿Por qué tantas víctimas? Interrogantes que pueden tener múltiples respuestas. Pero solo una conclusión verosímil: cien mil vidas ya no están entre nosotros. Entre ellos, más de 120 de nuestros vecinos sanfrancisqueños y casi 6 mil cordobeses. Es como si hubiesen borrado del mapa al conglomerado urbano de San Francisco, Frontera y Josefina más algunos de los pueblos cercanos. Mientras se contiene el aliento y se derrama alguna lágrima por las personas cercanas que han partido, la única certidumbre es que la pesadilla aún no ha terminado.
"Prefiero tener 10% más de pobres y no 100.000 muertos en la Argentina por coronavirus", dijo hace algunos meses el presidente de la Nación. Pues bien. No sólo tiene esa cifra de fallecidos. También un porcentaje bastante superior de nuevos pobres. ¿Es posible atribuir al gobierno toda la responsabilidad por esta tragedia? La respuesta es negativa. Quedó demostrado que, salvo pocas excepciones, en todas las latitudes el manejo de la pandemia tuvo características erráticas e inciertas. Sin embargo, es preciso remarcar que la verba fácil y las comparaciones aviesas con otras naciones en aquellos primeros tiempos, así como los desaguisados posteriores terminaron convirtiéndose en un cepo del que algunos gobernantes quizás no puedan salir indemnes.
En este complejo marco, el dolor oprime el corazón cuando se toma nota de que han muerto solos, sin un familiar junto a su lecho, sin la posibilidad de la despedida, sin asistencia espiritual incluso. El derecho de acompañar y ser acompañados en los últimos momentos de la vida, así como el ritual del duelo y la conmiseración se derrumbaron como tantas otras costumbres en medio de la intempestiva irrupción del virus.
Más de cien mil. Más de cien mil historias de vida. Muchas de ellas muy cercanas. Un obituario interminable de nombres y voces reconocibles incluidos en ese número bisagra. Que para ellos brille la luz que no tiene fin. Y que para los que los lloramos y no hemos podido despedirlos asome en el horizonte la luz del consuelo, con la esperanza de que esta pesadilla sea pronto un terrible y doloroso recuerdo.
