“Celebrar” el 94,5% de inflación
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Si cabe una mejor explicación sobre la capacidad de los argentinos para superar adversidades y sobre la falta de percepción de sus dirigentes políticos, basta recordar que en 2014, Cristina Kirchner había dicho que "si realmente la inflación fuera del 25%, el país estallaría por los aires". Pronóstico fallido. Todavía aquí estamos, aunque mucho más golpeados por una inflación 70 puntos por arriba de aquel índice.
En su habitual presentación ante la prensa de los días jueves y ante la pregunta sobre los datos de la inflación de 2022, la portavoz de la presidencia, Gabriela Cerruti, respondió: "El primer objetivo que se planteó el ministro Sergio Massa cuando asumió fue que la inflación a final de año no llegara a tres dígitos tal como estaban pronosticando algunas consultoras y los medios de comunicación. También que se planteara la reducción de un dígito cada 75 días. Entendemos que ese objetivo se está cumpliendo".
En efecto, la inflación no llegó a los tres dígitos en 2022. Según el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (Indec) fue del 94,8%. Poco faltó. Pero lo mismo destrozó los bolsillos de los hogares argentinos y pulverizó aún más a una moneda que desde hace décadas sufre un deterioro ya incalculable. Sin embargo, la construcción del relato plantea como positivo que el país que no se haya llegado al 100%, pese a que, con casi el 95% de aumento en los precios en un año, sea poseedor de la inflación más alta en más de tres décadas.
Disfrazada de Pirro, la portavoz insiste en la mala costumbre de enredar la comunicación, profundizando un relato que se mantiene alejado de lo que exhibe la realidad. De esta manera, los atisbos racionales de algún discurso oficial en materia económica, que aparecieron en los últimos meses, se pierden en una maraña de justificaciones y circunloquios que procuran arropar con las luces de la victoria a una derrota estrepitosa. El dato de inflación de 2022 es, precisamente, eso. Un fracaso estentóreo producto del descalabro generado por la inacción, la impericia y la obstinación en utilizar recetas inútiles que, la historia económica así lo demuestra, nunca han dado resultado.
Es cierto que no hay gobierno que no intente minimizar la importancia de los números que no le son favorables y a exagerar los índices con los cuales se siente cómodo. Pero son tiempos de proliferación de "fake news" y, especialmente, dominados por el concepto de posverdad, donde -según el periodista especializado en cuestiones internacionales Gustavo Sierra-, primero los líderes y luego sus vehementes seguidores "descreen de todas las informaciones que aparecen en cualquier portal profesional de noticias. Gente que sólo se alimenta de la mentira y la repite a rajatabla. Los que creen que sus amigos de Internet son los únicos que dicen la verdad". Entonces, el discurso "panquequea" y desdibuja la realidad con el único objetivo de esconder o disfrazar el grave revés.
Porque no es otra cosa que un fracaso rotundo el índice de inflación del año pasado. Demolió los ingresos de sectores medios y bajos. Destrozó las esperanzas de crecimiento. Pero también demostró la capacidad de resiliencia de millones de argentinos que se adaptaron a penosas circunstancias, afrontaron una crisis tras otra y continúan esforzándose para salir adelante. Quizás, este empecinamiento en procurar una vida mejor, consiga que el poder político tenga un momento de lucidez y deje de celebrar el no haber llegado a los tres dígitos de inflación.
A propósito, si cabe una mejor explicación sobre la capacidad de los argentinos para superar adversidades y también sobre la falta de percepción de sus dirigentes políticos, basta recordar que el 25 de septiembre de 2014, cuando ejercía la primera magistratura del país, la actual vicepresidenta de la Nación dijo en la Universidad de Georgetown, Estados Unidos, que "si realmente la inflación fuera del 25%, el país estallaría por los aires".
Pronóstico fallido. Todavía aquí estamos, aunque mucho más golpeados por una inflación 70 puntos por arriba de aquel índice.
