Opinión
Cayó Maduro, pero el rumbo no se cae de maduro
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La caída del dictador venezolano parecía inevitable, pero el día después abrió más interrogantes que certezas. A una semana de los hechos, la transición venezolana se ordena según lógicas de control, recursos y tutelaje externo. Lo esencial -la recuperación de las instituciones democráticas- todavía no se cae de maduro.
Por Fernando Quaglia | LVSJ
A una semana de la caída de Nicolás Maduro, el vértigo de los acontecimientos desplazó la sorpresa inicial -marcada por el alivio ante la salida del grotesco dictador y las discusiones sobre las violaciones al derecho internacional- hacia un análisis que obliga a corregir expectativas. Siete días no son suficientes para evaluar lo que se presenta hoy una transición en Venezuela, pero los hechos sí permiten identificar quiénes toman las decisiones y con qué prioridades.
La lógica impuesta atenuó la esperanza de una restitución democrática inmediata y comenzó a ordenarse según parámetros que se refieren a recursos -petróleo-, control y administración. Todas las declaraciones y acciones de Donald Trump y sus colaboradores tomaron ese camino. Asimismo, la liberación todavía raquítica de presos políticos y el lugar secundario que ocupan los actores surgidos de las elecciones amañadas por el chavismo sugieren que, detrás de un desenlace que parecía caerse de maduro, se abre un proceso bastante más incierto.
Frente a un episodio de impacto mundial, algunos hechos podían esperarse. El desgaste del régimen chavista presagiaba la caída de Nicolás Maduro, así como la satisfacción que generó su salida incluso entre quienes manifestaron reparos frente al modo en que se produjo. También era previsible que Estados Unidos priorizara intereses estratégicos por sobre los principios del orden internacional y que esta postura desencadenara fundados cuestionamientos. Del mismo modo, eran predecibles las reacciones de sectores de la izquierda, más atentos a denunciar el “imperialismo” que a revisar su prolongado silencio frente a la represión y el colapso venezolano. En el plano regional, tampoco sorprendieron las críticas de los gobiernos de Lula y Petro y el alineamiento del presidente Javier Milei con la Casa Blanca, aun cuando la evolución de los acontecimientos lo obligó a advertir que la estrategia estadounidense no contempla un retorno inmediato de la democracia.
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Transición forzada
Las expresiones públicas del polémico habitante de la Casa Blanca y de su secretario de Estado refuerzan la impresión de que las decisiones responden a una estrategia que rompe el molde respecto de otras intervenciones estadounidenses recientes en suelos extranjeros, pero que, en última instancia, revela una clásica manera de ejercer el poder. A partir de la irrupción sorpresiva ocurrida hace una semana, tomó cuerpo la teoría de una transición forzada, deliberadamente alejada de disquisiciones morales o legales.
Estados Unidos ha comenzado a tutelar la administración de un país a cuyo gobierno desconoce, pero se sirve de algunos de sus personajes para gestionar y ordenar, manejar los recursos, excluir a otros actores (China, Rusia, Irán) en su explotación, para, mucho más adelante, legitimar nuevos gobernantes. Parece haber sometido a algunas figuras del régimen para viabilizar el proceso. Bastaron amenazas verbales para que voraces lenguas del chavismo se subordinaran a los dictados de Washington. Por cierto, hay dudas sobre algunos personajes que todavía se presentan como “duros”. Pero cuando las dictaduras comienzan a derrumbarse, algunos desaparecen súbitamente y otros cambian sus principios mientras simulan defender lo indefendible.
Mientras tanto, la oposición democrática mantiene su imagen en el plano simbólico, pero está al margen de las decisiones. María Corina Machado se reunirá con Trump en breve, con el riesgo de quedar también subordinada a la estrategia diseñada fuera de Venezuela. Los comicios del 28 de julio de 2024 son historia. La recuperación del mandato popular aparece relegada al último eslabón del proceso.
Ante este estado de cosas, la caída de Maduro deja en evidencia circunstancias que no se caen de maduro. ¿Cómo funcionará el control y la administración a distancia que pregona Trump? ¿Qué nivel de sumisión encontrará en nefastos personajes del régimen? Interrogantes que, por ahora, son retóricos. Mientras, la liberación de presos políticos avanza con una lentitud que desmiente los anuncios; las libertades civiles continúan restringidas; el aparato represivo mantiene su presencia; y las elecciones libres están en un limbo.
La salida de Nicolás Maduro del poder constituye, sin dudas, una buena noticia. El fin de un dictador siempre tiene valor político y simbólico. Pese a ello, el día después instaló interrogantes que exceden a Venezuela y abrieron un panorama confuso. A una semana de los hechos, un fruto podrido cayó. El árbol está dañado, aunque sigue en pie. Y el rumbo que seguirá el proceso todavía no se cae de maduro.
