Hockey
Catalina Secrestat, la arquera que sueña en grande
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Con 17 años, formada en Charabones y consolidada en Antártida Argentina, Catalina Secrestat vive el impacto de su primera convocatoria a la Sub 21 de Las Leoncitas. Una historia hecha de adrenalina bajo los tres palos, aprendizaje constante y un camino que recién empieza, pero que ya la encuentra lista para atajar lo que venga.
Hay decisiones que llegan despacito, sin hacer ruido. Otras explotan en el pecho como si alguien tocara un tambor desde adentro. Catalina Secrestat todavía no sabe bien en cuál de esas categorías poner su primera convocatoria a la Selección Argentina Sub 21. Lo único que sí tiene claro es que está lista para disfrutar el camino. Tiene 17 años y una facilidad notable para poner en palabras lo que siente. Quizás porque, en el fondo, ya aprendió que la vida del arquero es emoción pura: soledad, confianza, vértigo y una dosis innegociable de coraje.
Empezó a jugar al hockey a los cinco años en Charabones, un club que fue su casa durante más de una década. “Lo que más me enganchó fue el deporte en sí, el juego en equipo”, resume. En 2025 llegó el cambio de aire: el paso al Club Antártida Argentina. Lo dice sin dramatismo, incluso con naturalidad, pero esa mudanza deportiva marcó un antes y un después. Nuevas entrenadoras, nuevas compañeras, nuevas responsabilidades. El tipo de salto que te exige dar un paso adelante aunque no estés del todo segura de lo que viene.
Pero el giro grande en la historia de Catalina fue más temprano. No fue un campeonato ni un triunfo rutilante, sino un instante casi íntimo: la primera vez que se puso el equipo de arquera. “A los nueve me paré en el arco por primera vez y sentí algo diferente”, dice. Todavía lo recuerda con nitidez: estar sola frente al arco, sentir el corazón latiendo fuerte, saber que ahí atrás no hay nadie más que vos y que el resto del equipo confía. “Esa mezcla de miedo, adrenalina y confianza no se compara con nada”, afirma. Desde ese día, no volvió a salir.
Esa fortaleza que muestra en la cancha no aparece de la nada. Se alimenta de entrenamientos específicos, de horas bajo el arco repitiendo movimientos, de trabajos físicos pensados para reaccionar un segundo antes que las demás. También se forja lejos del sintético, cuando la cabeza pide descanso y sin embargo hay que volver a enfocarse. Catalina lo asume como parte del paquete: el puesto exige otra paciencia, otra templanza y una capacidad especial para levantarse cada vez que algo duele más de la cuenta.
Por eso habla tanto del equipo, del sostén, del abrazo colectivo que existe aun cuando no se nota desde afuera. Entrenadores, compañeras, familia: en su lista no falta nadie. Lo dice sin titubear y sin necesidad de adorno: “La relación con mis compañeras es todo”. Una sola palabra para resumir algo que, en un deporte de conjunto, define destinos enteros. Eso explica también por qué le cuesta elegir un partido inolvidable. No hay uno. Hay aprendizajes en cada caída, orgullo en cada levantada, una construcción lenta que no se mide en medallas sino en kilómetros recorridos.
En el día a día, Catalina también hace equilibrio entre la vida de cualquier adolescente y el nivel de exigencia que impone pelear un lugar en seleccionados. Estudio, amigos, familia, entrenamientos, viajes, frustraciones y festejos se mezclan en una agenda que pocas veces deja huecos libres. Sin embargo, cuando habla de “resignar cosas”, lo niega con firmeza. No lo vive como un sacrificio, sino como una elección. Prefiere contar el lado luminoso: la pasión por el deporte, las amistades que le regaló el hockey, las experiencias que se van sumando como piezas de un rompecabezas que todavía se está armando.
Quizás por eso tampoco vive esta convocatoria como un techo. Más bien al revés: como una puerta. “No caigo todavía que me están convocando”, admite. Lo dice con alegría, pero también con los pies en la tierra. Es consciente de que esto recién empieza. De que una citación no garantiza nada, pero abre la posibilidad de demostrar, crecer y aprender rodeada de jugadoras que ya vivieron lo que ella está empezando a vivir. Su objetivo es simple y enorme al mismo tiempo: absorber todo lo que pueda. “Aprender – aprender – aprender”, repite, y cada eco suena más grande.
Las expectativas, los sueños, la ansiedad por lo que viene conviven con su sentido común de 17 años. No piensa demasiado en cinco años, ni en mapas futuros llenos de flechas y pronósticos. Disfruta del presente y lo que trae. “La montaña es alta… pero cómo explico lo que quiero disfrutar de la vista allá arriba”, dice y sonríe. Esa frase dice más de ella que cualquier estadística: cautela y ambición, humildad y hambre, inocencia y convicción. Tiene claro que habrá obstáculos, que no todas las puertas se abrirán a la primera, pero también que cuando algo te hace verdaderamente feliz “no hay sacrificio que duela”.
Antártida es, hoy, el lugar donde todo eso se vuelve posible. Catalina habla del club como si no pudiera despegarlo de la gente que lo hace existir. Jugadoras, cuerpo técnico, familias, dirigentes, esos que están siempre: en las buenas, en las malas, en los cumpleaños, en los viajes interminables y hasta en los silencios después de un gol en contra. Y, sobre todo, nombra. Porque sabe que el camino nunca es solo de uno: Alfonsina Almada, Nico Racca, Iván Peralta, Fernando Komorovski, Rubén Lussiano con AthleteLab, Mariano Balbo Mosetto, Estela Arguello y Javier Lindolfo, a quien destaca como formador desde Lekker Keepers, la escuela de arqueras que la acompaña y la define.
En cada nombre hay una historia, un consejo, un gesto de confianza. Son esas personas las que la vieron crecer, equivocarse, volver a intentarlo, llorar detrás del casco o reírse a carcajadas después de una atajada de esas que quedan dando vueltas en la memoria. Son también quienes hoy la empujan a creer que puede estar a la altura del desafío, que el llamado a la Sub 21 no es un premio aislado, sino una consecuencia del trabajo de muchos años.
Su historia recién empieza a escribirse, pero ya tiene una marca registrada: guantes, valentía y un arco que no la intimida, sino que la empuja hacia adelante. Ojalá dentro de poco pueda volver a contar esa sensación, pero con la camiseta celeste y blanca puesta. Porque si algo queda claro después de escucharla es que está lista para atajar cualquier desafío que venga. Y, sobre todo, para disfrutar cada pelota que le toque atajar en este camino, sabiendo que detrás de cada bocha hay un sueño que sigue creciendo.
