Ultra Trail
Carolina Zbrun: cuando la montaña se volvió camino
:format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/01/caro_zbrun.webp)
La montaña apareció como un camino alternativo después de un quiebre personal. En ese terreno áspero e imprevisible encontró orden, foco y una forma de seguir avanzando.
Carolina Zbrun empezó a correr hace más de una década. Como tantos otros, primero lo hizo en la calle, sumando kilómetros al ritmo de la rutina diaria, sin un plan demasiado elaborado ni grandes objetivos a largo plazo. “Arranqué hace 13 años, primero corriendo calle, después duatlón”, recuerda. Con el tiempo llegaron otras disciplinas, como el duatlón y el triatlón, y también los primeros resultados importantes: títulos provinciales, podios y una constancia que ya dejaba ver un perfil competitivo. “Salí campeona provincial de Córdoba en duatlón y después empecé a probar otras cosas”, resume.
Nada, sin embargo, hacía suponer que ese recorrido inicial terminaría llevándola a las pruebas más exigentes del trail running mundial.
La montaña apareció después. No como un objetivo trazado desde el inicio, sino como un espacio distinto, más áspero y menos previsible que el asfalto. Un terreno donde no hay referencias claras, donde el cuerpo y la cabeza tienen que aprender a resolver en soledad. “La montaña apareció en un momento complicado de mi vida. Fue refugio”, explica. “Empecé a encontrarme sola ahí arriba, a desafiarme a mí misma, y eso me cambió”.
Con los años, ese vínculo se volvió central y empezó a definir una forma de correr y, también, una manera de estar. “Para mí la montaña es resiliencia, es todo. Es un lugar donde puedo estar sola, subir y bajar mil veces, y encontrar una paz interior que no encuentro en otro lado”, dice.
La primera experiencia en ultra distancia fue una prueba de 60 kilómetros en Huerta Grande, hace siete años. “Fue en la XTREM, cuando se hacía la tercera edición. Esa fue mi primera ultra”, cuenta. A partir de ahí, el camino fue creciendo casi sin pausas. Llegaron las carreras de montaña más duras del país y de la región, con distancias cada vez más largas y escenarios cada vez más extremos. Patagonia Run, Paso Austral, Fiambalá, Tilcara. Competencias que exigen resistencia física, pero sobre todo una fortaleza mental capaz de sostener el esfuerzo durante horas.
“Empecé a buscar distancias cada vez más largas”, dice sin rodeos. “Uno va viendo hasta dónde puede llegar”.
Entre esos hitos aparece uno que marcó un quiebre deportivo: el Paso Austral, donde Carolina ganó los 130 kilómetros que unen Bariloche con Chile y se convirtió en la primera mujer en completar esa distancia. “Ese fue un quiebre. Gané Bariloche-Chile y fui la primera mujer en hacer los 130 kilómetros. Eso me sirvió muchísimo”, reconoce.
Más tarde llegaron destacadas actuaciones en Brasil y en otras pruebas internacionales. En la isla de Paratí terminó quinta en la general femenina, tercera en su categoría y fue la primera argentina en llegar. Resultados que la fueron posicionando entre las corredoras argentinas más competitivas del ultra trail.
Ese recorrido la llevó, finalmente, al UTMB de Chamonix, en Francia, considerado el evento más prestigioso del trail running mundial. Para llegar allí no alcanza con inscribirse: hay que sumar puntos, cumplir requisitos y atravesar sorteos entre miles de atletas de todo el planeta. “Chamonix no es una carrera a la que te anotás y listo. Tenés que sumar puntos, conseguir las piedras y después pasar por un sorteo”, explica.
Carolina lo logró y en 2024 completó los 100 kilómetros, finalizando como la novena argentina de su categoría en una prueba que reunió a más de mil mujeres. “Éramos más de mil mujeres. Terminarla ya fue enorme para mí”, resume, sin grandilocuencias.
Detrás de ese logro hubo mucho más que entrenamiento físico. “Cuando terminé Chamonix y me avisaron que había quedado dentro del top 10 argentino, lo primero que hice fue llamar a mi hija y decirle gracias”, cuenta. “Gracias a ella hoy soy una persona más dura y más fuerte”.
A los 47 años, Carolina combina el alto rendimiento deportivo con una vida cotidiana lejos del profesionalismo exclusivo. Trabaja ocho horas en comercio desde hace 15 años y organiza sus días con una disciplina extrema. “Arranco a entrenar a las cinco de la mañana. Según el plan, hago doble o triple turno. A veces termino a las diez de la noche”, relata.
Corre en la arena del hipódromo de San Francisco, sube escaleras, nada, hace gimnasio y yoga como complemento para la movilidad y la recuperación. “Entreno mucho en la arena, subo escaleras, nado, hago gimnasio y yoga. Cuando puedo, me voy a la montaña. No hay otra forma”, dice.
Su preparación está a cargo del entrenador Gustavo Bordese, su compañero, y la nutrición es supervisada por Alejandra Risso. Carolina es cuidadosa con ese aspecto. “No consumo suplementos. Soy de comida real. Solo uso creatina tres meses antes de una carrera grande y algunos geles durante la competencia”, explica.
En ese proceso también hubo tropiezos. Carreras que no salieron como se esperaba, golpes, caídas y aprendizajes duros. En una ultra reciente en Tilcara, una mala experiencia con un producto no probado le provocó vómitos durante más de 100 kilómetros. “Cometí el error de probar algo que no conocía. Empecé a vomitar en el kilómetro 21 y seguí así casi toda la carrera”, recuerda. Aun así, decidió continuar hasta donde el cuerpo lo permitió y terminó siendo segunda entre las mujeres. “Fue durísimo, pero también fue aprendizaje”, resume.
Con el tiempo, el deporte también se transformó en comunidad. Junto a Gustavo creó el Team Bordese, un grupo de entrenamiento que hoy reúne a más de 60 corredores. “El team nació cuando necesitaba un escape. Empezamos con pocas chicas y hoy somos más de 60”, cuenta. La mayoría corre montaña, con entrenamientos exigentes y una identidad clara. “Siempre decimos que el proceso es tan importante como el resultado. No todos llegan al podio, pero todos construyen algo”.
Además, desde hace años mantienen un vínculo sostenido con una escuelita de montaña, a la que acompañan con donaciones y visitas periódicas. “La montaña es un espacio de ida y vuelta”, dice Carolina, sin necesidad de explicar demasiado.
Recién en un tramo avanzado de la charla, sin dramatizar ni buscar explicaciones definitivas, reconoce que correr también la ayudó a atravesar cambios personales y familiares profundos. “La montaña me dio orden, foco y un lugar donde canalizar lo que no siempre tiene palabras”, resume.
Hoy, el horizonte vuelve a marcar un desafío mayor. Está habilitada para el sorteo que definirá si podrá correr los 172 kilómetros del UTMB de Chamonix, la distancia más exigente del evento y una de las más duras del mundo. “Ya estoy en condiciones de entrar. Ahora queda el sorteo”, explica. El resultado se conocerá en enero. La carrera, si se da, será a fines de agosto.
Sin sponsors, sin atajos y sin presión externa. “Quiero subirme al podio tranquila, sin presión. Prefiero ir liviana de expectativas”, dice, y esa frase resume bastante bien su forma de encarar el deporte: competir fuerte, sí, pero sin que la carrera se lleve puesta a la persona.
Mientras tanto, Carolina sigue entrenando. Como siempre lo hizo. Paso a paso. Kilómetro a kilómetro. Convencida de que algunas distancias no se explican: se recorren.
