Carlos Monzoni: el pintor que registró las capillas rurales de la Pampa Gringa
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Carlos Monzoni unió arquitectura y pintura para retratar las pequeñas construcciones religiosas que sobreviven en los campos de la región. Su colección recuperó un patrimonio ligado a la inmigración, la fe y la historia de la Pampa Gringa.
Por María Laura Ferrero | LVSJ
Carlos Monzoni unió arquitectura y pintura para retratar las pequeñas construcciones religiosas que sobreviven en los campos de la región. Su colección recuperó un patrimonio ligado a la inmigración, la fe y la historia de la Pampa Gringa.
Las capillas rurales llevan más de un siglo formando parte del paisaje de la Pampa Gringa. Algunas se conservan casi intactas; otras muestran las marcas del tiempo y unas pocas parecen haber quedado olvidadas entre caminos, sembradíos y pastizales. Todas, sin embargo, guardan historias vinculadas con las familias de inmigrantes que poblaron estas tierras.
Carlos Monzoni comenzó a mirarlas desde dos lugares que durante buena parte de su vida habían transitado en paralelo. Como arquitecto se detenía en sus formas y volúmenes; como pintor encontró en ellas el motivo que durante años había buscado. De ese encuentro surgió una colección que terminó convirtiéndose, casi sin proponérselo, en un particular registro artístico del patrimonio rural de la región.
Hoy tenía localizadas 71 capillas solamente en el departamento San Justo y su intención era continuar pintándolas. Pero estas construcciones ya habían tenido un primer momento de visibilidad mucho antes de que Monzoni comenzara su colección.
Primer rescate
En 2000 se impulsó un recorrido por algunas de las capillas rurales de la región que permitió comenzar a mirarlas de otra manera. El circuito reunió 34 construcciones entre capillas e iglesias de distintas colonias y localidades del departamento San Justo y del santafesino Castellanos.
Aquella experiencia permitió que dejaran de ser solamente “la capillita de la esquina” para empezar a ser observadas como testimonios de una época, de las familias que colonizaron estas tierras y de una religiosidad profundamente ligada a la vida rural.
Más de dos décadas después, ese circuito llegaría a manos de Monzoni y se convertiría en el punto de partida de su colección.
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Dos pasiones
Monzoni tiene 63 años y la pintura lo acompañó desde joven. Cuando llegó el momento de elegir una carrera incluso había considerado estudiar Bellas Artes, aunque finalmente se decidió por Arquitectura. Se recibió en 1991, vivió dos años en Italia y hacia 1994 comenzó a ejercer su profesión en San Francisco.
La elección no significó abandonar aquella otra inquietud. Uno de los primeros episodios que recordó como decisivo ocurrió durante los viajes familiares a Catamarca, provincia de la que era oriunda su esposa. Camino a la Gruta de la Virgen del Valle había una construcción que siempre le llamaba la atención: la capilla de Choya.
Una vez decidió detenerse. “Me senté debajo de un árbol y me puse a pintar”, recordó. Después hizo lo mismo con la gruta y aquella experiencia comenzó a conectarlo con el impresionismo, corriente por la que sentía especial interés. En 2009 tomó clases durante un año y luego siguió buscando su propio camino.
Pintó a sus hijas, sus mascotas y participó de concursos. Sin embargo, en esas elecciones empezó a aparecer una constante: mientras otros artistas se detenían frente a un río, un árbol o un paisaje, él elegía construcciones. En Cerro Colorado pintó la casa de Atahualpa Yupanqui; también la Capilla Buffo e iglesias de Catamarca.
“Después me di cuenta de que todos eran formados en Bellas Artes y yo era el único que estaba ahí, al frente de la Casa de Atahualpa Yupanqui”, contó al recordar uno de aquellos certámenes.
El pintor ya estaba mirando como arquitecto.
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Una señal
La respuesta que terminaría uniendo ambos mundos apareció años después en Facebook. Monzoni encontró una fotografía de la capilla Santa Ana de Colonia Anita, fue a conocerla, tomó imágenes y comenzó a pintarla.
También hubo una coincidencia familiar que interpretó como una señal: una de sus hermanas se llamaba Ana y Anita había sido el nombre de su madre.
Santa Ana, además, le recordó aquel antiguo circuito de capillas rurales. Recurrió al Archivo Gráfico y Museo Histórico de San Francisco, accedió a material sobre el recorrido y consiguió fotografías de algunas construcciones que no podía localizar.
Eran 34 y decidió pintarlas todas. “Me pareció que eran bastante, pero las terminé pintando”, recordó.
Comenzó la serie en 2021 y adoptó una medida cercana a los 80 por 60 centímetros, inspirado en el formato utilizado por Luis Taverna, artista oriundo de la localidad de La Francia y que desarrolló su carrera en San Francisco al que admiraba por su pintura impresionista. Sin advertirlo todavía, aquel hobby empezaba a convertirse también en una forma de preservar memoria.
Para realizar los cuadros llegaba hasta cada capilla y tomaba varias fotografías desde diferentes posiciones. La mirada del arquitecto aparecía antes que el pincel. “Trataba de que sean así, de costado, para que se vea el volumen de la construcción”, explicó.
Arquitectura y pintura comenzaban a trabajar juntas.
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Salieron a caminar
En noviembre de 2023, cuando había completado las 34 obras, Monzoni presentó por primera vez la colección en el Club de Leones de San Francisco. No se limitó a colgar los cuadros: preparó una presentación con parte de las historias recopiladas y convocó a invitados para aportar otras miradas sobre las construcciones, la religiosidad y la vida de las colonias.
Participaron, entre otros, el padre Tucho Lorenzatti, Julio Pérez, docente jubilado y conocedor de la historia regional, y su primo Néstor Arias, un reconocido contador y profesor de Devoto. Su esposa acompañó la presentación con un poema. Desde aquella primera muestra, las pinturas comenzaron a dialogar con relatos y recuerdos.
En 2024 las obras llegaron al Colegio de Arquitectos de San Francisco durante la Noche de los Museos. Allí Fernando Ercole, entonces presidente del Archivo Gráfico del Noreste Cordobés, conoció el trabajo y le propuso una idea que cambiaría el destino de la colección: sacar las capillas “a caminar”.
Y caminaron. Brinkmann fue la primera parada y después siguieron Altos de Chipión, Porteña y Freyre. En cada lugar aparecía algo que ningún archivo podía aportarle por sí solo: la gente reconocía una capilla, recordaba una familia, una celebración o una historia transmitida por padres y abuelos.
El recorrido tuvo un freno inesperado en 2025, cuando Monzoni debió someterse en Córdoba a una importante cirugía cardíaca. “Me cortó todo, me cortó incluso hasta el entusiasmo”, reconoció. Recién en septiembre retomó paulatinamente la actividad.
En 2026 nuevas invitaciones volvieron a poner la colección en movimiento. La muestra pasó por Colonia Marina y luego llegó a la Casa de la Cultura de Devoto, mientras se proyectaban nuevas presentaciones en otros puntos de la región.
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Una promesa
La mayoría de las capillas eran pequeñas y sencillas, generalmente con techos a dos aguas. Muchas surgieron hacia fines del siglo XIX, cuando los inmigrantes europeos comenzaron a establecerse en estas tierras. Lejos de las iglesias de los pueblos, permitían mantener la práctica religiosa, pero también podían materializar una promesa.
Una enfermedad, un accidente, una sequía, una inundación o una plaga de langostas podían convertirse en su origen. Se pedía la protección de un santo y, ante el cumplimiento de aquella súplica, la familia levantaba el pequeño templo. “Cada capilla tiene su historia”, resumió Monzoni.
Durante sus recorridos descubrió además que muchas estaban ubicadas en esquinas o intersecciones de caminos rurales, posiblemente para resultar visibles y accesibles. Arquitectónicamente predominaba la sencillez, aunque había excepciones como San Miguel Arcángel, de la familia Visconti, en el área rural de Josefina, que le recordó a una pequeña fortaleza.
Otras lo sorprendieron por detalles mucho más pequeños. Para llegar a la capilla San Valeriano, en la zona rural de Colonia Iturraspe, Monzoni tuvo que avanzar entre los pastizales. La construcción se mantenía en pie, aunque el entorno mostraba señales de descuido.
Allí reparó en un detalle singular: en la base de la cruz aparecía un perro con la cabeza levantada. “Debe ser de yeso, supongo yo, pero con una perfección que la verdad me llamó mucho la atención”, relató.
Los guardianes
En determinados lugares todavía había personas que mantenían una relación afectiva con las capillas. Las cuidaban, limpiaban, abrían sus puertas y conservaban celebraciones que habían sobrevivido al paso de las generaciones. Eran hombres y mujeres que, aun sin hablar de patrimonio, hacían exactamente eso: preservaban.
Ese cuidado explicaba por qué algunas construcciones habían llegado en buenas condiciones hasta el presente. El problema aparecía cuando ya no quedaba nadie que sintiera que aquella capilla también era parte de su historia.
Muchas habían sido levantadas por propietarios de los campos hacia finales del siglo XIX. Con el paso de las generaciones, las familias desaparecieron del lugar y las propiedades se dividieron o vendieron. La tierra pasó a otras manos y con ella también las capillas, pero no necesariamente el vínculo afectivo que las había mantenido vivas durante décadas.
Sin una familia que reconociera allí una promesa realizada por un abuelo, una celebración o la devoción por determinado santo, algunas fueron perdiendo atención. Los pastizales avanzaron, el revoque comenzó a caer y las puertas dejaron de abrirse.
La colección de Monzoni adquirió entonces, sin haber nacido con ese objetivo, otro significado: ya no se trataba solamente de pintar lo que estaba, sino también de registrar aquello que algún día podía dejar de estar.
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El mapa creció
Las 34 construcciones del antiguo circuito fueron apenas el comienzo. Mientras recorría caminos, Monzoni marcó sobre un mapa de papel cada nueva capilla que encontraba: en verde las que ya había pintado y en rojo las que todavía le faltaban.
En ese proceso apareció Luciano De Rossi, geógrafo y profesor de Geografía oriundo de San Francisco, quien también se había interesado por estas construcciones durante sus recorridos en bicicleta. Se sumó al proyecto y trasladó el relevamiento a un mapa digital.
El número creció hasta llegar a 71 capillas localizadas en el departamento San Justo. A ellas se sumaban otras seis del área rural de Josefina, en el departamento Castellanos, Santa Fe.
Monzoni reconoció que recién entonces comenzó a tomar dimensión de lo realizado. “Como para mí la pintura es un hobby, los cuadros los voy sacando y no me doy cuenta del avance”, explicó.
Raíces italianas
La historia de las capillas también llevó a Monzoni hacia sus propias raíces. Su abuelo había llegado desde Italia cuando tenía seis años y su padre le transmitió ese vínculo con la tierra de sus antepasados. Años después, él mismo viviría allí durante dos años.
“Esto es toda obra de los inmigrantes italianos, de los cuales yo soy descendiente”, expresó.
Quienes llegaron a estas tierras hacia finales del siglo XIX escapaban en muchos casos de la pobreza y encontraron la posibilidad de trabajar el campo. En ese contexto, las pequeñas capillas fueron refugios religiosos, pero también marcas de pertenencia en un territorio nuevo. Allí quedaron los santos traídos desde Europa, las promesas y los agradecimientos.
Arquitectura, pintura, inmigración e historia familiar terminaron cruzándose en un mismo proyecto. “Es una forma de unir un poco todo”, sintetizó Monzoni.
Volver a mirarlas
El antiguo circuito permitió que en 2000 aquellas pequeñas construcciones empezaran a ser reconocidas como parte del patrimonio de la región. Más de veinte años después, Monzoni volvió sobre ese camino con sus pinceles y descubrió que había muchas más esperando ser encontradas.
Hoy eran 71 solamente en San Justo. Algunas estaban cuidadas y otras necesitaban atención. Durante más de cien años permanecieron en las esquinas de los caminos mientras cambiaban los propietarios de los campos, desaparecían generaciones y se transformaba el paisaje de la Pampa Gringa.
El arquitecto las redescubrió.
El pintor las registró.
Ahora el desafío será que la región no deje de mirarlas.
