Entrevista
Carlos Dante Pioli y el teatro como espacio de encuentro
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Profesor de teatro y docente de historia, “Charly” lleva más de cuatro décadas vinculado al teatro en San Francisco. Desde sus comienzos en el grupo Quijote hasta el espacio independiente La Puerta, repasa un camino atravesado por la formación, el trabajo colectivo y una idea que repite como principio: en el teatro todos son importantes.
Carlos Dante Pioli —para muchos simplemente Charly— forma parte de una generación de teatreros que atravesaron distintas etapas del teatro sanfrancisqueño: los grupos independientes de los años noventa, los talleres institucionales, la experiencia de la docencia y, más recientemente, la creación de espacios propios para sostener la actividad. Profesor de historia de profesión y formador de actores por vocación, su recorrido está marcado por más de cuarenta años de vínculo con el escenario, la dirección y la enseñanza.
En ese camino aparecen grupos históricos de la ciudad, docentes que dejaron huella, experiencias con adolescentes y adultos y una convicción que atraviesa todo su relato: el teatro se construye de manera colectiva. Para Pioli, el escenario no es un lugar para competir ni para sobresalir individualmente, sino un espacio donde cada rol —por pequeño que sea— resulta imprescindible para que una obra exista. Esa mirada también explica el presente de su trabajo. Desde 2018 impulsa junto a Verónica Gieco el proyecto La Puerta, un espacio dedicado a la formación teatral y a la producción de obras independientes.
Pero antes de todo eso hubo un comienzo bastante más simple…
Pioli cuenta que estaba en el secundario, en el último año de la Escuela Ravetti, y que en ese momento tenía como preceptor a Miguel Corón. Fue él quien lo invitó a participar de un grupo de teatro que estaba por estrenar una obra llamada “Felipito, el furibundo filibustero”, una adaptación de un cuento de Eduardo Gudiño Kiefer. “Necesitaban uno que haga de luz negra porque la obra jugaba con esto de la luz negra”, recuerda.
Ese grupo se llamaba Quijote y estaba integrado por adultos. Entre ellos menciona a María Cristina Zunino, Carlos Motura, Carlos Genesio, Adriana Bunfigli, el propio y Cati Canalis. Su tarea era vestirse completamente de negro y manipular unos pececitos pintados con colores flúor para que, bajo la luz negra, pareciera que flotaban en el fondo del mar. “Ahí ingresé al mundo del teatro. Me encantó y ahí continué y no paré más hasta la actualidad”.
Cuando intenta explicar qué fue lo que lo atrapó de ese universo vuelve a una palabra: la magia. Habla de ese mundo en el cual nadie te cuestiona nada, del compañerismo que existía en el grupo, del escenario y del contacto con el público. Dice que le encantaban los aplausos, pero no desde el punto de vista del ego sino desde esa dimensión artística que tiene el teatro. Recuerda que desde chico ya tenía inclinaciones artísticas: le gustaba dibujar, le gustaba pintar, siempre estuvo relacionado con alguna forma de expresión. Pero el teatro fue otra cosa.
Subirse al escenario le produjo una sensación difícil de explicar. Dice que esa adrenalina que genera el escenario es algo mágico, algo que solo experimenta quien se sube a actuar. También habla de la respuesta del público: “Sentir que la gente te devolvía la risa, el aplauso por lo que estabas haciendo, te hacía sentir que lo que estabas mostrando, agradaba, gustaba”. Aclara que nunca lo vivió desde un lugar de ego. Siempre trató de mantener un perfil bajo, pero reconoce que esa devolución del público es fundamental. “Uno se da cuenta que si no tenés al público no está completo el teatro, no está completa la obra en sí”.
Con el grupo Quijote participó en otras producciones infantiles como “Mi bello dragón” y “Pluf, el fantasmita”. De esos años guarda recuerdos muy claros, incluso del lugar donde estrenaban. Cuenta que presentaban las obras en el Teatrillo cuando todavía tenía el escenario con pisos de cemento, sin butacas, sin inaugurar y sin terminar.
Después de terminar la secundaria comenzó a estudiar el Profesorado de Historia en el Colegio Inmaculada Concepción. Allí volvió a encontrarse con el teatro, esta vez en el grupo Juglerías, dirigido por Yolanda Beguier y Héctor Bessone. Ese grupo reunía a alumnos y profesores del terciario y trabajaba con obras para adultos. En ese marco participó en “Narcisa Garay mujer para llorar” y en “La molinera de Arcos”.
Cuando recuerda esos años, Pioli dice que todavía hoy rescata mucho de aquellos primeros aprendizajes: la enseñanza, los valores y la forma de trabajar dentro de un grupo teatral. Una de las ideas que más lo marcaron fue la de evitar la competencia entre compañeros. Explica que en el mundo del teatro —y en el arte en general— el tema del ego y del sobresalir puede volverse muy complicado. Por eso destaca la enseñanza que recibió, sobre todo de Yolanda Beguier, acerca de la disciplina y del trabajo colectivo.
La idea era clara: todos son iguales dentro de una obra. No hay protagonistas absolutos ni actores de segunda línea. Cada personaje cumple una función imprescindible. “Porque aunque sea un personaje chiquitito, si no está ese personaje no se puede desarrollar la obra”.
“No hay protagonista, no hay actores de segunda línea: todos somos importantes en el momento que estamos actuando”.
Después de su paso por Juglerías hubo un tiempo en el que no participó activamente en grupos teatrales, aunque siguió muy cerca de la actividad como espectador. Cuenta que durante esos años asistía con frecuencia a ver obras y trataba de seguir todo lo que se producía en la ciudad.
Una nueva etapa
El regreso llegó en el año 2000 cuando comenzó a trabajar en el Colegio Fasta Inmaculada Concepción, primero como preceptor y luego como profesor. En 2004 se abrió un grupo de teatro para estudiantes del secundario en contraturno y allí empezó a trabajar junto a la profesora Gabriela Vladimich. Fue su primera experiencia dirigiendo adolescentes y recuerda que era un grupo muy particular porque los chicos no iban obligados: asistían por decisión propia. Eso hacía que el trabajo fuera especialmente enriquecedor. Dice que hicieron una muy buena dupla con Gabriela y que ambos dirigían el grupo.
Con el tiempo el proyecto creció y en 2009 abrieron también un grupo de teatro para adultos dentro del mismo colegio. Ese grupo se llamó Bien Bravo y estaba destinado a padres o personas interesadas en hacer teatro. Pioli participó allí hasta el año 2018, aunque el grupo continúa funcionando.
Ese mismo año surgió una propuesta que cambiaría el rumbo de su actividad teatral. Verónica Gieco, también integrante del grupo Bien Bravo, le planteó la idea de crear un espacio destinado a la formación de actores a través de talleres y a la producción de obras. Así nació La Puerta. En un primer momento el proyecto funcionó en calle Libertad, a media cuadra de Pellegrini. Luego, en el verano de 2019, se trasladó al lugar donde funciona actualmente.
Para Pioli, el trabajo pedagógico dentro del teatro tiene una clave fundamental: el juego. Explica que cuando los alumnos llegan por interés propio es mucho más fácil trabajar con ellos. “Son como diamantes en bruto”, dice. En cada obra o personaje se intenta encontrar algo que se adapte a la personalidad de cada actor. El proceso empieza siempre desde lo lúdico: comenzar divirtiéndose, reírse, evitar juzgar o imponer exigencias demasiado rígidas desde el principio.
Por eso los talleres funcionan como un entrenamiento. Pioli compara el trabajo del actor con el de un deportista y sostiene que el taller es un espacio necesario para ejercitarse. En especial con los adultos propone recuperar algo que muchas veces se pierde con los años: sacar ese niño que tenemos adentro y que se fue perdiendo con las responsabilidades y las reglas de la vida adulta. Durante esas horas de trabajo la propuesta es simple: volver a jugar. A partir de ahí se desarrollan lecturas de textos, improvisaciones, trabajos individuales y grupales y ejercicios de escucha escénica.
Ese clima también genera vínculos que muchas veces se extienden más allá del teatro. Pioli destaca que a lo largo de los años muchas personas pasaron por los talleres de La Puerta. Algunos siguieron y otros tomaron otros caminos, pero en general se mantuvieron buenas relaciones dentro y fuera del grupo.
El teatro como nexo
La experiencia con adolescentes también le permitió observar algo particular en relación con las nuevas generaciones. Muchos de los jóvenes que llegan a los talleres son chicos muy introvertidos en su vida social y buscan algo diferente a la rutina digital. En el teatro encuentran un espacio donde sentirse importantes, donde generar amistades y compartir con pares que tienen inquietudes similares. Cuenta que incluso ellos mismos expresan su entusiasmo: cuando terminan las clases de los jueves muchos no ven la hora de que llegue el próximo jueves para volver al teatro. Durante el taller ocurre algo poco habitual: dejan los celulares y durante dos horas no los utilizan. Son solamente clases de teatro.
Después de más de cuatro décadas vinculado a la actividad, Pioli también observa la evolución del teatro en San Francisco. Recuerda que cuando empezó había pocos grupos, aunque aclara que la ciudad siempre tuvo actividad teatral. En los años noventa funcionaban algunos espacios como el taller municipal de adultos dirigido por Rafael Brusa y el grupo Quijote. Con el paso del tiempo, especialmente después del año 2000, la actividad creció y aparecieron más grupos. Ese crecimiento lo considera positivo.
Sin embargo señala que todavía hay un desafío pendiente: fortalecer el apoyo del público a las producciones locales. Muchas veces —dice— las salas se llenan cuando llegan espectáculos de otras ciudades, pero no ocurre lo mismo con los grupos de San Francisco. En el caso de La Puerta el trabajo se sostiene de manera independiente, con la cuota de los alumnos y con la venta de entradas cuando presentan una obra.
Después de tantos años de trabajo, Pioli todavía mantiene proyectos y sueños vinculados al teatro. El principal es contar con una sala propia. Imagina una pequeña sala de teatro independiente, similar a las que existen en ciudades como Córdoba y Buenos Aires. No un espacio lujoso, sino un lugar equipado con luces, sonido y escenario donde puedan ensayar y montar espectáculos sin necesidad de armar y desarmar cada producción. Un teatro pequeño, pero propio.
“Cuanto más pasan los años, más ganas te dan de seguir trabajando”.
Mientras tanto, el trabajo continúa. Dice que la experiencia acumulada con los años le permite hacer cosas que quizás no hubiera podido realizar cuando era más joven. El recorrido, los talleres y el contacto con distintos grupos le dieron una mirada más crítica y más herramientas para dirigir. Por eso insiste en seguir creciendo y generando nuevas propuestas que también enriquezcan a los alumnos que pasan por La Puerta.
En este momento el grupo prepara varios proyectos para el año. Y cuando se le pregunta hasta cuándo piensa seguir vinculado al teatro, Pioli responde con una frase que resume su estado actual: cree que todavía queda mucho por hacer, porque todavía “hay hilo en el carretel para rato”.
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