Cabezas, a 25 años
:format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/Media/202201/Image46824d7a71734b2a9ff23aa28270b94d.jpeg)
Aquel mensaje surgido del drama de la cava de General Madariaga sigue, más que nunca, vigente.
Se cumplen hoy 25 años del crimen del reportero gráfico José Luis Cabezas, ocurrido en una cava, a la vera de un camino rural, en jurisdicción de la localidad bonaerense de General Madariaga. Un hecho que marcó la vida nacional durante varios años y que merece seguir siendo recordado, no solo en homenaje al periodista vilmente asesinado, sino porque su imagen es el símbolo del país que quiere vivir en libertad, que no acepta las mafias y que está harto de los oscuros juegos del poder.
Fue un hecho que unió a la sociedad argentina en un reclamo inobjetable: el de la defensa de las libertades cívicas vituperadas por quienes se arrogaron siempre el derecho de esconder la suciedad de su accionar entre las orlas del poder de turno, sea económico, político o de cualquier otra índole. Es que la libertad es el motor del progreso individual y social en todos los ámbitos de la vida humana. Es el valor que garantiza la convivencia en la diversidad y que equilibra al poder.
Bien lo marca Jorge Fontevecchia, el director de la revista para la que trabajaba el periodista asesinado: "Detrás del asesinato de José Luis Cabezas se unió toda la sociedad sin espacio para una narrativa que disputara su sentido". Así, "el "No se olviden de Cabezas", muletilla que introyectó en toda la sociedad Santo Biasatti al despedirse cada noche de su noticiero, o el "Cabezas, ¡presente!" de la asociación de fotógrafos, resuena como un eco a un cuarto de siglo de su formulación como prenda de paz, de triunfo, de una sociedad sobre el mal".
Puede surgir la duda acerca de si este símbolo todavía resuena en la sociedad. En una sociedad angustiada por la pandemia, por la incertidumbre económica y social y a que parece haber perdido las expectativas de un mejor porvenir. El tiempo ha pasado. Aquel clarísimo mensaje lanzado luego del horrendo crimen retoma vigencia cada enero, aunque quizás luego se pierde en la maraña de preocupaciones y urgencias de un país cuya vida se bambolea con la irrupción de violentos barquinazos.
A un cuarto de siglo del hecho, sus autores ya no están en la cárcel y los sombríos entresijos que manejan determinados importantes resortes en la vida nacional mantienen obstinada vigencia, ante la pasividad de quienes tienen la responsabilidad de sacar del laberinto a este país. Para peor, la grieta ideológica ha corroído el estandarte de la unión de voluntades catalizadora de las mejores realizaciones de una sociedad.
No olvidarse de Cabezas es un mandato central para que el agobio deje de ser permanente realidad. Es una apelación a recobrar el rumbo perdido y los valores esenciales de la convivencia que se sustentan en la libertad inalienable de la condición humana.
En estos 25 años, la Argentina se ha empantanado. Su retroceso es manifiesto en el ámbito en el que se analice la realidad. Frente a esta innegable y dolorosa circunstancia se mantienen atentos quienes pretenden coartar el principio central de cualquier sociedad que se precie de democrática. A esta actitud cercenadora debe oponerse la convicción de que la libertad no es negociable, ni divisible. Así, aquel mensaje surgido del drama de la cava de General Madariaga sigue, más que nunca, vigente.
