Buenanueva: “Monseñor Tissera me dijo que iba a ser muy feliz aquí y tuvo razón”
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Pese a que cambiaron los desafíos, a tono con los cambios de la sociedad, la herencia de Pedro Lira marcó el camino para los sucesores en el Obispado en esa idea de evangelizar con "cercanía, testimonio de fe, sencillez y trato llano (...) con calidad humana".
No solo el legado de monseñor Pedro Lira siguió latente, sino también su percepción sobre la identidad de la diócesis de San Francisco.
Con otros desafíos pero con una impresión de la ciudad parecida a la que tuvo aquel primer obispo, llegó en 2013 monseñor Sergio Buenanueva.
"Se hace sentir la idiosincrasia piamontesa que habla de la gran inmigración de finales del siglo XIX y también del XX. Y es como señalaba monseñor Lira: cultura del trabajo, del esfuerzo, de la innovación y deseo de progreso", le dijo a LA VOZ DE SAN JUSTO el actual obispo diocesano.
En tanto, "no hay que olvidar los testimonios de la primera evangelización que, no por casualidad, coinciden con tres grandes centros marianos y de religiosidad popular: el Santuario de Villa Concepción, la Villa del Tránsito y Plaza de Mercedes. Sin olvidar Arroyito y su devoción por la Virgen de la Merced, de más de dos siglos. En la zona 'gringa' está María Auxiliadora de Colonia Vignaud. Creo que son los pulmones espirituales por los que respira la diócesis. Cuando los visito, oro y celebro allí, me renuevo. Siempre vuelvo feliz a mi casa. Cosas de la Virgen...", contó el religioso sobre su misión pastoral que lo trajo de Mendoza a esta ciudad. Nació en San Martín, ciudad de esa provincia, el 19 de diciembre de 1963.
"Esto no lo he descubierto apenas llegado, sino con el paso del tiempo. Es una gracia de la Providencia, como San Francisco de Asís. Es un mensaje de Dios para nosotros", afirmó.
La nuestra es una diócesis es extensa. Abarca todo el departamento de San Justo y algunas comunidades de Río Primero y Río Segundo. Son 30 parroquias con un número mayor de capillas y otros centros de evangelización. La diócesis tiene cuatro Decanatos o zonas pastorales.
"Llegué a la diócesis con dos amigos curas de Mendoza y, a poco andar, mi familia de amigos se ha ido agrandando. Monseñor Carlos Tissera, cuando supo de mi designación, me dijo: 'Vas a ser muy feliz en San Francisco'. Y tuvo razón: soy muy feliz", recordó Buenanueva.
Llegar al obispo para los feligreses parecía "un asunto monumental" -dicho por el propio Lira-. A 60 años de esa percepción de la ciudad, le consultamos a Buenanueva qué espera hoy la gente de un sacerdote. Y respondió: "Lo de siempre, pero con acentos propios de este tiempo, de las necesidades y desafíos que todos vivimos: cercanía, testimonio de fe, sencillez y trato llano. Es como el Evangelio toca el corazón. Que seamos hombres de Dios, pero con calidad humana... muy humanos".
-La Iglesia realiza una mirada sobre los dramas contemporáneos, ¿ese abordaje de la cuestión social es también una forma de estar más cerca de la gente?
Sí, porque eso es el Evangelio: un Dios que se hace hombre, que no tiene miedo de nada lo humano y que -por decirlo así- se embarra con nuestro barro. Creemos en un Dios que se ha humanizado para transformar nuestra vida. Además, creemos en un Dios que, como rasgo distintivo, es compasión. La compasión (hacer propio el dolor y las heridas de los demás) es lo que distingue al humanismo cristiano. Es vivir lo que enseña Jesús cuando cuenta la parábola del Buen Samaritano. Para mí, hay un acento especial: los curas, los cristianos, las comunidades cristianas tenemos que ser testigos de Esperanza.
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- Desde un principio Ud. mencionó que nunca sería "un obispo de despacho" y así lo vemos, recorriendo las distintas parroquias y la región. ¿Es un obispo misionero?
Intento serlo, pero, sinceramente, creo que lo de "obispo misionero" me queda grande. Tal vez porque sigo siendo tímido y reservado (a veces, esa es mi cruz). Pero reconozco que ando mucho por la diócesis. El paréntesis de la pandemia ha sido duro en ese aspecto. No podíamos circular. Echamos mano de las redes o de otros medios para hacer presente al obispo en las comunidades o en diversos encuentros con curas, jóvenes, laicos.
Ahora, en estos últimos meses, estoy retomando con bastante intensidad la visita a las parroquias: visitas pastorales, fiestas patronales, encuentros con los consejos pastorales de algunas comunidades, confirmaciones. Los cambios de párrocos que se darán próximamente nos han obligado a encontrarnos con las comunidades que vivirán en primera persona estos procesos.
-En este contexto tan complejo, ¿cuál es el mayor desafío hoy en su trayectoria política religiosa?
El mayor desafío que hoy siento como pastor es precisamente esto: animar una fuerte conversión misionera en las personas y comunidades. Creo que de la pandemia tiene que surgir una Iglesia más misionera, aunque seguramente también más reducida en número. Pero eso nos va a hacer bien: tenemos que abandonar la idea de la Iglesia (o del obispo, o de los curas) como un poder junto a otros poderes en la sociedad. Como para Jesús, nuestra vocación es el llano, los caminos, la vida concreta.
- Un buen recuerdo de estos años ejerciendo el ministerio.
Fui ordenado sacerdote por un obispo nacido en Colonia "El Desquite" de Balnearia: monseñor Cándido Rubiolo. El 28 de septiembre de 1990. Mis primeros dos años (la luna de miel) fueron estupendos: al lado de un cura más grande y santo, en una comunidad enorme (San Isidro Labrador de Rivadavia en Mendoza) que me hizo amar el sacerdocio, la misión, la fe compartida. Después, la gran experiencia de la formación sacerdotal: 15 años, acompañando jóvenes en el seminario. Mientras iba creciendo como hombre y como cura aparecía la paternidad espiritual con sus alegrías y también pruebas y dolores. Es muy fuerte.
Luego fui ordenado obispo el 27 de septiembre de 2008. Los recuerdos más lindos son los encuentros con las personas, especialmente con los niños, los ancianos y enfermos, son los momentos más intensos. Por supuesto, como dije: las celebraciones en los santuarios. Llenan el alma.
-¿Qué le diría a un joven que estuviera pensando entrar en el seminario?
Que ser cura es maravilloso. Es "lo más". Sin desmerecer a nadie. Eso sí, es un camino desafiante, arduo y, por momentos, empinado; pero vale la pena. No estoy arrepentido. Todo lo contrario: el sacerdocio es mi lugar en el mundo.
