Sociedad
Borró todo y juró que no volvería: hoy tiene el mejor turrón de avena
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Débora Acquavita había decidido cerrar su emprendimiento, borrar las publicaciones de sus redes sociales y alejarse de una actividad. Sin embargo, tras perder nuevamente la estabilidad laboral, volvió a apostar por su receta y terminó obteniendo el primer premio en el Concurso del Turrón de Avena Tradicional realizado en La Francia. Más que un reconocimiento gastronómico, la distinción le devolvió la confianza para creer en su trabajo y animarse a proyectar un futuro como emprendedora.
Por María Laura Ferrero | LVSJ
Cuando escuchó su nombre, Débora Acquavita sintió que se mezclaban años de esfuerzo, frustraciones, dudas y sacrificios. La emprendedora sanfrancisqueña acababa de obtener el primer puesto en el Concurso del Turrón de Avena Tradicional realizado el pasado domingo en La Francia, pero para ella el reconocimiento significó mucho más que una distinción gastronómica.
Después de haber cerrado su emprendimiento, eliminado las publicaciones de sus redes sociales y jurado que nunca volvería a vender un turrón, el premio llegó como una confirmación de que todavía valía la pena apostar por aquel proyecto que había nacido en la cocina de su casa y que llevaba el nombre de su abuela Amanda, conocida por todos como "Tita".
La emoción de la premiación tuvo una explicación que iba mucho más allá de los aplausos o del trofeo. Durante años, Débora convivió con una sensación que muchos emprendedores conocen de cerca: la inseguridad. La necesidad permanente de saber si lo que hacía estaba bien, de pedir opiniones, de buscar aprobación y de preguntarse una y otra vez si realmente valía la pena seguir adelante.
Por eso, cuando los organizadores anunciaron que su turrón había sido elegido como el mejor entre 14 participantes, sintió que algo cambiaba.
"Era el impulso que necesitaba", resumió días después.
El empujón de Tita
La historia comenzó en noviembre de 2022 y, como suele ocurrir con muchos emprendimientos, casi por casualidad.
Una amiga le comentó que estaba organizando su cumpleaños y que sus invitados querían comer turrón de avena como postre. El problema era que no sabía prepararlo. Débora tampoco.
Sin embargo, aceptó el desafío. Buscó algunas recetas en internet para tener una referencia y después recurrió a quien consideraba una autoridad indiscutida en la cocina familiar: su abuela Amanda.
"Tita cocinó toda la vida. Le pregunté cómo hacerlo bien, cuánto tiempo tenía que cocinarse y algunos secretos que ella conocía", recordó.
El primer intento fue exitoso. Incluso decidió agregarle una cobertura de chocolate para hacerlo más goloso. Días después llegaron los comentarios de quienes lo habían probado y todos coincidían en lo mismo: estaba muy rico.
Aquella experiencia quedó archivada como una anécdota hasta que la vida le presentó un nuevo desafío.
Poco tiempo después perdió el trabajo que tenía en una concesionaria y comenzó a atravesar un período de incertidumbre laboral. Fue entonces cuando apareció nuevamente la figura de Amanda.
"¿Por qué no hacés turrones para vender?", le preguntó la mujer.
La propuesta la sorprendió. En ese momento no imaginaba que una receta casera pudiera transformarse en una fuente de ingresos. Sin embargo, decidió intentarlo.
Así nació Doña Tita, un emprendimiento que no solo homenajeaba a su abuela, sino también a la persona que había visto una oportunidad donde ella solo veía un problema.
Crecer demasiado rápido
Los primeros resultados fueron alentadores. Comenzó ofreciendo el turrón tradicional y una versión bañada en chocolate. Los pedidos empezaron a multiplicarse y el boca a boca hizo el resto. Cada cliente que probaba el producto terminaba recomendándolo a familiares o amigos y, poco a poco, la demanda fue creciendo.
Con el tiempo incorporó nuevas variantes, entre ellas los llamados "alfaturrones" y las tradicionales trufas de avena. Sin embargo, ese crecimiento también comenzó a generar dificultades.
Débora reconoció que le costaba rechazar pedidos. Aceptaba encargos para cumpleaños, reuniones familiares y distintos eventos, muchas veces sin medir el tiempo que demandaban. A la par aparecieron trabajos temporarios que le ofrecían una mayor estabilidad económica y la obligaban a dividir sus energías entre ambas actividades.
"Había noches en las que eran las tres de la mañana y yo seguía haciendo turrones porque había vendido los que tenía preparados para otro pedido", recordó.
El emprendimiento avanzaba, pero ella sentía que cada vez le resultaba más difícil sostener ese ritmo.
El golpe más duro
La situación llegó a un punto límite durante el cumpleaños de su hermana. Acostumbrada a preparar los postres familiares, se ofreció a elaborar el turrón para la celebración. Sin embargo, esa vez tuvo que comprar algunos ingredientes en un proveedor diferente al habitual porque el comercio donde solía abastecerse estaba cerrado por vacaciones.
La receta era exactamente la misma. El procedimiento también. Pero algo salió mal.
Cuando llegó el momento de servir el postre comenzó a notar que muchos invitados apenas lo probaban. Las porciones quedaban a medio terminar y algunos comentaban que tenía un sabor extraño.
La sensación fue devastadora. "Me frustré muchísimo", admitió.
Convencida de que el producto no tenía la calidad de siempre, comenzó a comunicarse con cada uno de los clientes que habían recibido productos elaborados con esa misma partida. Algunos le confirmaron que habían notado diferencias y otros reconocieron que no se habían animado a decírselo.
Entonces tomó una decisión que todavía recuerda con claridad: rehizo los pedidos utilizando materia prima nueva y asumió personalmente todos los costos.
Aquella experiencia terminó de desgastarla emocionalmente. Borró las publicaciones de sus redes sociales, eliminó las fotos del emprendimiento y decidió cerrar una etapa.
"No vuelvo nunca más", se repitió.
Volver a empezar
Después de cerrar el emprendimiento, la vida siguió por otros caminos. Débora realizó distintos trabajos temporarios, entre ellos tareas de limpieza y cuidado de niños, hasta que surgió una oportunidad en una entidad bancaria. Primero fue contratada por seis meses y luego le renovaron el vínculo por otro período similar.
Aquella posibilidad le devolvió cierta tranquilidad. Aunque sabía que se trataba de un puesto temporal, siempre conservó la esperanza de poder quedarse de manera definitiva.
Sin embargo, en mayo de este año el contrato llegó a su fin y nuevamente tuvo que enfrentarse a la incertidumbre laboral. A esa situación se sumaba otro proyecto importante: su casamiento previsto para septiembre.
Con más tiempo disponible y la necesidad de generar ingresos, volvió a pensar en aquella receta.
"Mi caballito de batalla siempre fue el turrón", reconoció.
Rumbo a La Francia
La oportunidad llegó a través de uno de sus clientes más fieles oriundo de la localidad de Freyre. Fue él quien le envió por WhatsApp una publicación sobre la Expo Pasión Emprendedora que se realizaría en La Francia y que incluiría un concurso para elegir el mejor turrón de avena.
"Si vos vas, lo ganás", le escribió.
Débora se anotó casi de inmediato. Después aparecieron las dudas: no tenía vehículo para viajar, desconocía cómo sería la competencia y tampoco sabía si realmente tenía posibilidades de obtener un buen resultado.
Su novio y una pareja amiga fueron fundamentales. Entre todos organizaron el viaje y decidieron acompañarla durante toda la jornada. En total participaron 14 elaboradores.
Mucho más que un premio
La tarde transcurrió entre exposiciones gastronómicas y recorridos por la feria. Pero mientras observaba las actividades, Débora no podía dejar de mirar hacia el sector donde el jurado realizaba las degustaciones.
Los nervios comenzaron a aparecer. "Me agarró un retorcijón de panza", contó entre risas.
Hubo un momento en que decidió bajar sus expectativas. Pensó que, independientemente del resultado, ya estaba viviendo una experiencia que jamás había imaginado.
Cuando finalmente llegó la premiación, el resultado superó cualquier expectativa.
Escuchó su nombre y comenzó a llorar.
Mientras subía al escenario para recibir el reconocimiento, todavía intentaba comprender lo que estaba ocurriendo. Después llegaron las felicitaciones, las fotos, las entrevistas y los comentarios de quienes habían seguido el concurso.
"Era el impulso que necesitaba", aseguró.
Para ella, el premio representó algo más profundo que una estatuilla o un diploma. Significó la posibilidad de dejar atrás años de inseguridades y confirmar que aquello que había construido tenía valor propio.
"Voy a volver con la frente en alto porque tengo el primer puesto del turrón", afirmó.
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Lo que viene
Desde la premiación los pedidos aumentaron considerablemente. Muchas personas que la seguían en redes sociales comenzaron a escribirle para probar el producto. Otras aprovecharon para volver a contactarla después de mucho tiempo.
Pero el cambio más importante ocurrió en su manera de mirar el futuro.
Por primera vez en mucho tiempo dejó de pensar en el emprendimiento como un recurso temporal para atravesar momentos difíciles y comenzó a imaginarlo como un proyecto de largo plazo. Tras la premiación, quiere participar en ferias de emprendedores, hacer más visible comenzar la marca Doña Tita y seguir perfeccionando aquello que mejor sabe hacer.
Un mensaje para emprender
Si algo le dejó esta experiencia es una enseñanza que hoy intenta compartir con quienes atraviesan situaciones similares.
"Que confíen. Si algo sale mal, hay que volver a levantarse. Todo tiene solución", afirmó.
La reflexión nace de la experiencia propia. De haber perdido trabajos, de haber sentido frustración, de haber pensado en abandonar y de haber regresado cuando parecía que ya no tenía sentido intentarlo.
Años después, aquella idea que su abuela "Tita" sembró en una conversación familiar terminó convirtiéndose en un primer premio y en una nueva oportunidad para volver a empezar.
La clave está en la masita
Aunque muchos creen que el secreto de un buen turrón está en el relleno, Débora Acquavita sostiene que una de las claves está en la base.
"La masita siempre tiene que ser seca", afirmó.
Por esa razón evita una práctica bastante habitual en algunas recetas: humedecer las galletitas con leche antes de armar el postre.
"No hay que mojarlas. La gracia está justamente en que la masita sea seca y haga contraste con el relleno", explicó.
Según la emprendedora, el equilibrio se logra cuando la textura crocante de la base se combina con un relleno húmedo y suave elaborado con dulce de leche. Ese contraste, asegura, es uno de los aspectos que más destacan quienes prueban sus turrones.
A la hora de elaborar el producto también evita utilizar dulce de leche repostero porque considera que modifica la textura final. "Me gusta que quede más húmedo y untuoso. Ahí está el secreto", resumió.
