Vóley
Aylén Ponso, la punta que eligió volver cerca de casa para construir algo grande
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Se formó en Unión de Sunchales, jugó ligas nacionales, tuvo una experiencia en España y defendió la camiseta de River. Hoy, a los 28 años, es una de las referentes de San Isidro y disfruta del presente en el Superdomo, donde siente que el vóley vuelve a latir fuerte en San Francisco.
Arrancó a los 6 años en el Club Unión de Sunchales. Sin demasiadas vueltas, como quien empieza un juego que con el tiempo se transforma en destino. Aylen Ponso descubrió el vóley de chica y nunca más lo soltó. Entre entrenamientos, viajes y estudios, fue construyendo una carrera que la llevó por distintos escenarios, dentro y fuera del país, hasta desembocar en este presente con la camiseta de San Isidro.
Después de sus primeros años en Unión, dio un paso importante cuando se sumó a Freyre, donde compartió equipo con jugadoras que hoy son parte del plantel “santo”, como Vale González y Josefina Jappert. “Jugamos las tres juntas”, recuerda. Aquellas experiencias en ligas regionales fueron el primer contacto con un nivel más competitivo y la antesala de lo que vendría.
Con 18 años tomó otra decisión clave: mudarse a Santa Fe para estudiar Educación Física. Eligió formarse académicamente sin dejar de competir. En paralelo a la carrera, jugó en Villa Dora, donde disputó distintas ligas nacionales. “Fue un poco difícil, pero si se quiere se puede”, resume. Los horarios se acomodaban entre cursadas y entrenamientos; los finales, en cambio, solían coincidir con el tramo más intenso de la temporada. Más de una vez cambió una práctica por un examen, y más de una vez estudió en medio de una concentración.
Ya recibida y consolidada como punta receptora —posición en la que se afirma desde hace años, aunque en inferiores también fue opuesta— llegó una oportunidad inesperada: jugar en el exterior. El contacto surgió por intermedio de una compañera que había pasado por el club y recomendó su nombre. Así, tras enviar videos y mantener conversaciones, se sumó al Grau Castellón de la Plana, en España, una categoría equivalente a la segunda división argentina.
Fue una temporada intensa y positiva. “En lo personal me salió todo bien”, asegura. El equipo peleó por el ascenso, compartió competencia con varios clubes que también tenían argentinas en sus filas y ella vivió una experiencia que la marcó tanto en lo deportivo como en lo humano. “Tuve un grupo espectacular y un entrenador buenísimo”, resume.
A su regreso al país, otro desafío: River Plate. Durante tres años compitió en la Metropolitana, un torneo exigente que permite jugar todo el año al máximo nivel. “Es una experiencia súper linda, porque competís de manera constante”, explica. Destaca la infraestructura del club y el respaldo a la disciplina, con un estadio específico para vóley y espacios adecuados para entrenar. Fue una etapa de crecimiento y consolidación.
Hoy, a los 28 años, su presente está en San Isidro. La decisión de acercarse a casa también pesó. “Estoy cerca de mi familia y eso me gusta”, cuenta. Pero no fue lo único. Desde el primer día se sintió cómoda en el grupo. “Sentí que nos conocíamos de hace mucho y hacía solo una semana que entrenábamos”, afirma, en sintonía con lo que ya habían expresado otras compañeras a este medio.
El trabajo diario con Mauro Silvestre es otro punto que destaca. “Entrenamos un montón y eso me gusta, porque uno se asegura de corregir todo lo que necesita mejorar”. San Isidro enfrentó rivales de jerarquía en este arranque de competencia y estuvo a la altura. A ella no le sorprende: “Entrenamos para eso todos los días”.
Cuando se le pide que defina una característica del equipo, elige ir más allá de lo técnico. “Antes que algo deportivo, diría la unión y las ganas de ir siempre para adelante”. En lo estrictamente táctico, coincide en que se trata de un conjunto completo, sin depender exclusivamente de la defensa o del ataque, sino con equilibrio en todas las facetas.
El plantel combina experiencia y juventud. Ponso, que atravesó ligas nacionales y pasos por clubes grandes, es una de las voces de respaldo para las más chicas. “Si podemos sumarles algo desde nuestra experiencia, vamos a estar ahí”, señala. Ese acompañamiento fue valorado por las juveniles, que sienten el apoyo constante en entrenamientos y partidos.
El Superdomo le da un marco especial a esta etapa. Jugar de local, con tribunas llenas y el aliento de la gente, es un plus que no pasa inadvertido. “Es súper lindo darte vuelta al final y ver a la comunidad apoyando”, dice. Su familia, que antes debía viajar para verla en Buenos Aires, ahora puede acompañarla en cada presentación.
Fuera de la cancha, convive con Flor y Bea, compañeras de equipo, en una experiencia que también suma al clima grupal. “Nos llevamos las tres”, cuenta, entre risas.
Cuando se le pregunta qué significa el vóley en su vida, no duda: “Mi vida entera, básicamente. Me dio gente muy linda, experiencias, lugares, momentos… todo”. Ya recibida de profesora de educación física, proyecta seguir ligada al deporte también desde el otro lado. Ha dado clases y no descarta continuar formándose para asumir nuevos roles en el futuro.
Sin proponérselo, ella y sus compañeras se transformaron en referentes para las niñas del club y de la ciudad. “Uno no sabe en qué impacta en el otro”, reflexiona. Tal vez ahí radique una de las claves de este proceso: mientras entrenan y compiten con la mira puesta en el presente, están sembrando algo más profundo. En cada partido, en cada aplauso, en cada nena que se acerca a pedir una foto, el vóley de San Francisco vuelve a tener modelos a seguir.
Aylen Ponso lo vive con naturalidad, enfocada en mejorar cada día. Pero su recorrido, desde aquella niña de 6 años en Unión de Sunchales hasta esta referente de San Isidro, demuestra que los sueños, cuando se sostienen en el tiempo, pueden convertirse en camino. Y que volver cerca de casa, a veces, es el paso más grande.
