Antes de conquistar el mundo, Di María fue uno más en casa
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Las familias que recibieron a los chicos también construyeron la historia del Nacional. En el hogar de Víctor Fernández se alojó un rosarino que, años después, se convertiría en ídolo de la Selección.
Para jugar el Nacional había que llegar a San Francisco. Pero también había que tener dónde dormir, dónde dejar el bolso y quién estuviera del otro lado cuando terminaba el partido. Fuera de las canchas, el torneo encontraba lugar en las casas de familias que recibían a chicos de otras ciudades. Durante unos días, la competencia entraba en la vida cotidiana de esos hogares y los visitantes compartían algo más que una pelota con los jugadores locales.
Con los años, algunas de esas visitas adquirieron otro significado. El nombre que había quedado en una foto empezó a escucharse en las transmisiones de Primera División; después apareció en una camiseta de la Selección. Entonces hubo que volver a mirar las imágenes, preguntar a los hijos, reconstruir quién era aquel chico que había pasado por casa. Lo que en su momento había sido un alojamiento más dentro del Nacional se convirtió en una historia que valía la pena recuperar.
Ángel Di María es uno de esos nombres. Antes del gol en el Maracaná y de la final de Qatar, estuvo en San Francisco como participante del Campeonato Nacional de Baby Fútbol. Su paso por la ciudad permite contar una parte del torneo que sucede lejos de los resultados: la de las familias que reciben a los jugadores y los recuerdos que quedan cuando se van.
En esta entrega de Cuna de Cracks, el ciclo de La Voz de San Justo que recupera historias del Nacional, esa memoria aparece en la conversación con Víctor Fernández. Tiene 66 años, es fanático del fútbol y conserva fotografías que lo llevan de una persona a otra, de un parentesco a una cancha, de un equipo a un barrio. Entre esas imágenes está el recuerdo del chico rosarino al que su familia recibió sin saber hasta dónde llegaría.
En aquel momento, el vínculo de su hogar con el torneo estaba en Cristian, su hijo, que jugaba en el Centro Deportivo River. Desde ese mundo del baby se explica la llegada del visitante: un chico de otra ciudad que venía a competir y encontraba alojamiento en una familia local. El nombre del club, la antigua ubicación de la cancha y las fotos ayudan hoy a Fernández a reconstruir aquella época.
“Di María estuvo unos días aquí en mi casa”, cuenta. Su relato tiene una particularidad: él estaba de vacaciones durante la estadía. Había viajado a Unquillo con familiares y supo después lo que había ocurrido en su hogar. “Yo no lo pude ver porque justo me había ido de vacaciones con mi hermano”, explica.
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La experiencia quedó en la memoria familiar y adquirió otro valor cuando aquel apellido se volvió conocido. A través de Cristian y de las fotografías, Víctor pudo relacionar al futbolista que veía crecer en su carrera con el chico que había pasado por su casa. Para él, la historia se reconstruye desde lo que le contaron quienes estuvieron y desde las imágenes que todavía conserva.
Entre esos recuerdos aparece uno que devuelve al campeón del mundo a su infancia: extrañaba a sus padres. Según relata Fernández, hubo que avisarles para que viajaran desde Rosario. También cuenta que, después de pasar por su hogar, Di María se alojó con otra familia. El recorrido por las casas forma parte de aquellos días tanto como su participación en las canchas del Nacional.
Es esa dimensión la que permite mirar el torneo desde otro lugar. Cuando una familia recibía a un jugador, todavía no existían los goles que vendrían después, las camisetas de los grandes clubes ni los títulos internacionales. Había un chico que necesitaba alojamiento y personas dispuestas a incorporarlo, por unos días, a su vida cotidiana.
El fútbol profesional volvió célebres algunos de esos apellidos. Las familias, en cambio, conservan recuerdos anteriores: una foto compartida con sus hijos, una visita breve, la nostalgia de un chico lejos de sus padres. En la casa de Fernández quedó una de esas historias. Recuperarla también es reconocer a quienes hicieron posible que el Nacional se jugara mucho más allá de sus canchas.
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Extrañaba a sus padres: el recuerdo del Di María que vino al Nacional
La conversación avanza con una fotografía a la vista. Víctor Fernández señala a los chicos, intenta reconocer a quienes aparecen y encuentra caras que hoy tienen otra edad, otra vida, otra historia. “Mirá, ahí está la foto”, dice. El apellido Di María ya alcanza para detenerse, pero alrededor hay hijos, compañeros, conocidos y vínculos con el fútbol de San Francisco. La imagen conserva un momento que el tiempo volvió mucho más significativo.
En su relato, el paso del rosarino por la casa está ligado a Cristian, su hijo, que entonces jugaba en el Centro Deportivo River. Fernández lo crió desde los ocho meses y habla con afecto de la relación que mantienen. También es a él a quien puede recurrir para preguntar por detalles de aquel Nacional, por los chicos que aparecen en las fotos y por lo que sucedió durante esos días.
Víctor estaba de viaje cuando su familia recibió a Di María. Había ido a Unquillo con su hermano y un sobrino, por lo que no presenció la estadía. Esa circunstancia explica desde dónde cuenta la historia: el alojamiento ocurrió en su hogar, pero los recuerdos de la convivencia le llegaron a través de los suyos. Tiempo después supo que aquel visitante era el futbolista que ya empezaba a hacerse famoso.
“Di María estuvo pocos días aquí en mi casa”, señala. La precisión sobre la cantidad de jornadas queda sujeta al tiempo transcurrido, pero hay un detalle que menciona varias veces durante la conversación: el chico extrañaba a sus padres. Según lo que le contaron, lloraba y necesitaba tenerlos cerca. “Quería mucho a los padres”, recuerda Fernández al explicar por qué tuvieron que avisarles para que viajaran desde Rosario.
Siempre de acuerdo con su relato, los padres llegaron a San Francisco y Di María terminó alojándose en la casa de los Dogliani. Así, la historia de aquellos días pasa por más de un hogar. Fernández reconstruye el primero desde la memoria de su familia y señala ese alojamiento posterior como parte del recorrido del rosarino durante su visita para disputar el Nacional.
El detalle de la nostalgia devuelve al visitante a su infancia. El apellido que hoy remite a finales y festejos era el de un chico lejos de su casa, con ganas de jugar y con necesidad de tener cerca a los suyos. En el recuerdo que recupera Víctor no aparece haciendo una jugada extraordinaria: aparece extrañando. Esa es la parte que quedó en las conversaciones familiares.
El alojamiento con los Dogliani también tiene un registro periodístico anterior. En una entrevista publicada por Radio Estación en julio de 2021, Marcelo Dogliani, quien dirigía a la categoría 1988 del Centro Deportivo River, contó que su familia había recibido a Di María durante su participación con Rosario Juniors.
En aquella nota lo describió como un chico de pocas palabras y muy activo, que salía en bicicleta y compartía juegos con su hijo menor. También recordó que, años después, recibieron una carta de agradecimiento del futbolista. Su testimonio agrega otra mirada sobre la visita y sobre los vínculos que el torneo dejaba entre los jugadores y quienes los alojaban.
Las fotografías suman nombres a la conversación con Fernández. Entre los chicos aparece Emiliano Vecchio, cuya participación junto a Di María en Rosario Juniors también está mencionada en aquella publicación. Víctor cuenta que su sobrino ya le había señalado quién era. Volver a mirar esas caras es también descubrir cuánto cambió la vida de quienes quedaron retratados juntos.
Las imágenes permiten reconocer a los futuros futbolistas, pero también conservan a los chicos locales que compartieron esa experiencia. En la charla, Fernández va enlazando apellidos y parentescos. El recuerdo de una figura conocida lleva al de un hijo, un sobrino o un compañero. La historia del Nacional se cruza, a cada paso, con la de su propia familia.
Víctor habla de fútbol con la facilidad de quien encuentra una relación detrás de cada nombre. Es hincha de La Florida y de River, y durante años fue a las canchas del baby. Cuando le preguntan por el Nacional, dice que hace tiempo que no lo sigue como antes. Aun así, el campeonato vuelve a acercarse a su hogar: uno de sus nietos jugará la próxima edición y él tiene pensado ir a verlo.
El comentario viene acompañado de una broma. En su casa le dicen que es “mufa” porque una vez fue a ver a su nieto y el equipo perdió por goleada. Lo cuenta entre recuerdos de clubes y familiares. La escena cambia de generación: el hijo que jugaba en River ya es adulto; ahora hay un nieto por acompañar en el mismo torneo que dejó una historia tan particular en su casa.
También su propia vida aparece en la charla. Antes de trabajar en la construcción, repartió este diario desde los once hasta los dieciocho años. Se levantaba de madrugada y hacía el recorrido a pie. Era el menor de diez hermanos y había seguido una tarea que otros integrantes de la familia fueron dejando. Después vinieron décadas de albañilería y, recientemente, la jubilación.
Entre tantos recuerdos, hay una pregunta que le gustaría hacerle a Di María: si se acuerda de cuando vino a San Francisco. Fernández cuenta que ha intentado conseguir un contacto para consultárselo. Le gustaría escuchar qué recuerda el propio jugador de aquella visita y de las familias que lo recibieron. Saber qué quedó, del otro lado, de esos días del Nacional.
El relato de Fernández abre una parte de la historia del campeonato que continuará el próximo domingo en Cuna de Cracks, con otros protagonistas: las familias anfitrionas. En sus recuerdos, los jugadores vuelven a ser aquellos chicos que llegaron con un equipo, un bolso y unos días por compartir en una ciudad ajena. Algunos serían famosos. Todos necesitaban que alguien los recibiera.
