Sociedad
Ansenuza bajo la lupa: una travesía científica para medir la salud de la laguna
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En una semana marcada por la conmemoración del Día Mundial del Medio Ambiente, un equipo de investigadores de la Universidad Nacional de Córdoba y el Conicet recorrió de norte a sur la Laguna Mar Chiquita para registrar salinidad y otros parámetros clave del agua. El monitoreo confirmó la influencia de los principales ríos que alimentan el humedal y aportó información estratégica para comprender el presente y el futuro de Ansenuza, uno de los ecosistemas más importantes de Sudamérica.
Quien observa la Laguna Mar Chiquita desde la costa ve flamencos, atardeceres y una inmensidad de agua que parece fundirse con el cielo. Sin embargo, debajo de esa postal existe un complejo entramado de procesos físicos, químicos y biológicos que sostienen la vida del humedal. Comprender esa dinámica invisible fue el objetivo de una reciente expedición científica que recorrió Ansenuza de norte a sur.
A bordo de una embarcación del Parque Nacional Ansenuza, investigadores del Grupo de Ecología y Conservación de Humedales Argentinos (EcoHar), perteneciente al Instituto de Diversidad y Ecología Animal (IDEA, UNC-Conicet), navegaron durante horas registrando salinidad, temperatura y otros indicadores ambientales que permiten evaluar el funcionamiento del ecosistema.
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El monitoreo confirmó algo que los científicos sospechaban pero que pocas veces habían podido observar con semejante nivel de detalle: la enorme influencia que ejercen los ríos Dulce, Suquía y Xanaes sobre la laguna y la manera en que modelan un delicado equilibrio del que depende gran parte de la biodiversidad regional.
La campaña se desarrolló el pasado 6 de mayo y contó con el apoyo logístico de la Administración de Parques Nacionales. Aunque las imágenes de la navegación llamaron la atención por el estudio de la salinidad, el trabajo formó parte de una investigación más amplia destinada a comprender distintos procesos ecológicos que ocurren en el humedal.
Una laguna gigante
Hablar de Ansenuza es hablar de uno de los ecosistemas más valiosos del continente. La Laguna Mar Chiquita y los bañados que la rodean constituyen el humedal salino más importante de Argentina y uno de los más extensos de Sudamérica.
Su relevancia excede ampliamente los límites de Córdoba. Miles de aves migratorias encuentran allí un sitio fundamental para alimentarse y descansar durante sus largos recorridos, mientras que los flamencos se han convertido en una de las imágenes emblemáticas del lugar.
La importancia del área quedó reflejada en 2022 con la creación del Parque Nacional Ansenuza, una de las áreas protegidas más jóvenes del país. Junto con la Reserva Nacional Ansenuza y la Reserva Provincial de Uso Múltiple Bañados del Río Dulce y Laguna Mar Chiquita conforma un sistema de conservación de relevancia internacional que protege más de un millón de hectáreas de humedales.
El viaje científico
La expedición comenzó con un objetivo diferente al que luego despertó el interés público.
Según explicó Torre, la campaña tuvo originalmente otro propósito: recolectar muestras de sedimentos para estudiar la capacidad de la laguna de capturar carbono.
Aprovechando la navegación, el equipo realizó mediciones fisicoquímicas en una extensa transecta de norte a sur. La oportunidad permitió observar qué ocurre lejos de la costa y confirmó que la laguna presenta una heterogeneidad mucho mayor de la que suele suponerse.
Monitorear un cuerpo de agua de semejante tamaño resulta complejo y costoso. Por eso, la posibilidad de atravesar gran parte del espejo de agua representó una oportunidad excepcional para obtener información que habitualmente resulta difícil de registrar.
Durante décadas, investigadores de distintas instituciones trabajaron para comprender este ambiente único y poner en valor su importancia ecológica. Entre ellos se destacó el ecólogo Enrique Bucher, referente histórico en los estudios de Mar Chiquita desde la década de 1970.
Ese legado continúa hoy a través de equipos interdisciplinarios que combinan trabajo de laboratorio, monitoreos de campo y actividades de educación ambiental.
Luciana Torre, bióloga e investigadora del Conicet especializada en ecología de sistemas acuáticos y cambio climático, explicó que el grupo viene fortaleciendo su presencia en el territorio durante los últimos años.
"Nos enamoramos de Ansenuza", afirmó. Y agregó que cada nueva campaña reafirma la importancia de trabajar directamente en el lugar para comprender el verdadero pulso de la laguna.
Una aspiradora de carbono
Uno de los aspectos menos conocidos de Mar Chiquita es su capacidad para actuar como reservorio natural de carbono.
Las muestras de sedimentos obtenidas durante la campaña permitirán estudiar cuánto dióxido de carbono logra capturar e inmovilizar el sistema.
Para Torre, se trata de una función ambiental de enorme relevancia en tiempos de calentamiento global.
"La laguna funciona como una gran aspiradora de dióxido de carbono", explicó la investigadora.
Aunque los análisis recién comienzan, los científicos consideran que comprender este mecanismo permitirá dimensionar mejor el aporte de Ansenuza en la mitigación del cambio climático.
Además de albergar biodiversidad y sostener actividades económicas vinculadas al turismo y la conservación, la laguna también cumple un rol silencioso pero clave en la regulación ambiental.
La huella de los ríos
Los datos obtenidos durante la navegación revelaron con claridad algo fundamental para entender el funcionamiento del humedal: la marca que dejan los ríos que alimentan la laguna.
Los registros mostraron que la menor salinidad se concentró en los sectores cercanos a los ingresos de agua dulce. En el extremo norte, la influencia del Río Dulce se extendió mucho más de lo esperado, generando una amplia zona de aguas menos salinas. En cambio, hacia el centro de la laguna se registraron las mayores concentraciones de sal de toda la campaña.
El fenómeno permitió visualizar una especie de mapa invisible dentro del humedal: mientras los ríos aportan agua dulce y reducen la concentración de sales en sus áreas de influencia, el sector central concentra los valores más elevados de salinidad debido a la menor incidencia directa de esos aportes fluviales.
"No esperábamos que la influencia del Río Dulce fuera tan grande espacialmente. Eso nos dio una dimensión real de su enorme importancia para todo el sistema de la laguna", reconoció Torre.
Los investigadores aclararon que este comportamiento es completamente natural y no implica que la laguna se esté volviendo más salada de lo normal. Por el contrario, refleja la dinámica propia de un sistema donde confluyen distintos aportes de agua dulce y donde factores como el viento influyen permanentemente en la distribución de las masas de agua.
Sin embargo, remarcaron que se trata de una fotografía tomada en un momento determinado. Por eso consideran indispensable sostener monitoreos periódicos que permitan comprender cómo evoluciona el sistema a lo largo del tiempo.
El agua habla
Durante años, gran parte de las investigaciones realizadas en Ansenuza estuvieron centradas en las aves. Sin embargo, comprender qué ocurre en el agua resulta igual de importante.
María Laura Ballesteros, investigadora del Conicet especializada en contaminación de ambientes acuáticos, sostuvo que estudiar el agua equivale a realizar un análisis clínico del ecosistema.
"Estudiar el agua de la laguna es como hacerle un análisis de sangre al ecosistema", afirmó.
Los equipos utilizados durante la campaña permitieron medir temperatura, salinidad, pH, oxígeno disuelto, turbidez y otras variables esenciales para evaluar la calidad ambiental. Detrás de cada dato existe información valiosa para anticipar problemas y tomar decisiones de conservación.
Un equilibrio delicado
La investigación se desarrolló en un contexto atravesado por la variabilidad climática y por la creciente demanda de agua en toda la cuenca.
Los científicos explicaron que el principal riesgo aparece durante los ciclos secos, cuando aumenta la presión sobre los recursos hídricos.
Ballesteros advirtió que un uso intensivo y descoordinado del agua puede afectar seriamente el funcionamiento del sistema.
"El riesgo real es que se rompa el equilibrio ecológico de la laguna", sostuvo.
La investigadora señaló que, si disminuyen significativamente los aportes del Río Dulce, podrían alterarse los ciclos naturales de inundación de los bañados del norte, con consecuencias directas sobre los hábitats de numerosas especies.
Por eso insistió en la necesidad de promover una gestión integrada de la cuenca, donde las necesidades productivas y urbanas convivan con una mirada ambiental de largo plazo.
La discusión, remarcaron, no pasa por elegir entre producción y conservación, sino por encontrar mecanismos que permitan garantizar ambas.
Ciencia en territorio
Más allá de los resultados obtenidos, la campaña también reflejó el costado humano de la investigación científica. Las jornadas de campo obligan a convivir durante horas en una embarcación, adaptarse a las condiciones climáticas y resolver problemas lejos del laboratorio.
Para Torre, ese contacto permanente con el territorio fortalece el compromiso con la conservación y suele convertirse en el punto de partida para nuevas preguntas y proyectos.
Aliados de la conservación
Los investigadores destacaron especialmente el acompañamiento brindado por los guardaparques nacionales y provinciales.
Su conocimiento del territorio, la logística y la experiencia acumulada resultan fundamentales para acceder a distintos sectores de la laguna y planificar los monitoreos.
Desde la ciencia aportan preguntas, hipótesis y herramientas de análisis. Los guardaparques, en cambio, suman una mirada construida a partir de años de trabajo cotidiano en el área protegida.
La combinación de ambas experiencias permite generar conocimiento de calidad y fortalecer las acciones de conservación.
Mirar el futuro
El trabajo de EcoHar no termina cuando concluye una campaña.
A través de la Estación Biológica Mar Chiquita, ubicada en Miramar de Ansenuza, el grupo desarrolla actividades educativas, recibe estudiantes, capacita docentes y genera materiales de divulgación para acercar la ciencia a la comunidad.
La premisa es sencilla: el conocimiento debe volver a la sociedad en forma de herramientas concretas para proteger el humedal.
Después de analizar los resultados preliminares de la navegación, las investigadoras coincidieron en que el futuro de Ansenuza depende, en gran medida, de sostener este tipo de estudios.
"No podemos cuidar lo que pasa en Ansenuza a ciegas", resumieron.
Más que preocupadas, aseguraron sentirse ocupadas. Porque comprender cómo funciona la laguna es el primer paso para protegerla. Y porque detrás de cada muestra de agua, cada medición y cada dato registrado existe un objetivo mucho más grande: garantizar que las futuras generaciones puedan seguir disfrutando de uno de los tesoros naturales más extraordinarios que tiene Córdoba y el país.
