Entrevista
Analía Ciardola: “No podría vivir sin enseñar algo”
:format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/03/analia_ciardola.jpeg)
Desde una habitación en la casa de su abuela hasta convertirse en un espacio que atraviesa generaciones, ella construyó en IPAEC, una historia marcada por la vocación, el esfuerzo y el vínculo con sus alumnas. A más de tres décadas de aquel inicio, repasa su recorrido, el crecimiento del instituto y el lugar central que ocupa en su vida.
La vida de Analía Ciardola está atravesada por una pasión que nació temprano y nunca se detuvo. Desde muy chica, sus padres la incentivaron a realizar distintas actividades, como danza y patín, en una búsqueda que marcó su infancia y adolescencia. Entre todas esas experiencias, hubo una que terminó definiendo su camino: la danza. Con el tiempo, esa inclinación se transformó en una vocación que la llevó, siendo muy joven, a dar sus primeros pasos como docente.
Ese inicio fue en 1989, cuando con apenas 15 años comenzó a dictar clases en la casa de su abuela. El espacio era reducido, pero suficiente para empezar a construir lo que luego sería el Instituto Privado de Aeróbica y Expresión Corporal (IPAEC). “Comienzo desde muy joven a dictar mis clases, era una experiencia nueva, pero me gustaba mucho”, recordó a Posta / LA VOZ DE SAN JUSTO. En paralelo, estudiaba, combinando formación y trabajo en una etapa de mucho esfuerzo.
En aquellos primeros años, las clases eran pocas, pero el compromiso era total. Una de las imágenes que mejor sintetiza ese comienzo es la de su primera alumna, Celeste. Analía no solo le enseñaba, sino que también la iba a buscar y la llevaba de regreso a su casa. “La cargaba en mi moto y la llevaba hasta la casa de mi abuela, le daba clase y la volvía a llevar a su casa”, cuenta. Y agrega: “La confianza de sus papás, con una niñita de ocho años, de dármela para que yo le enseñe una disciplina, hoy no sé si eso pasaría”.
Con el paso del tiempo, ese vínculo se transformó en algo mucho más profundo. Celeste hoy es madre y sus hijas también forman parte del IPAEC. Como ese caso, hay muchos otros. Analía habla de generaciones enteras que pasaron por el instituto: “Tengo abuelas, madres, tías, sobrinas de una misma familia que fueron a IPAEC y que hoy muchos de esos niños continúan”. Esa continuidad, para ella, es uno de los mayores valores construidos a lo largo de los años.
:format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/03/analia_ciardola_y_su_grupo_ipaec.jpeg)
El crecimiento del espacio fue paulatino. De aquella habitación inicial, las clases se trasladaron al living de la casa de su abuela y luego a distintos salones alquilados. Siempre acompañando la demanda, siempre buscando un poco más de lugar. “Era muy chiquito el espacio, era una habitación. Luego extendí una parte de la casa y después fui alquilando en diferentes salones porque ya me quedaba chico”, explicó.
Ese proceso continuó hasta hace tres años, cuando IPAEC logró instalarse en un espacio más amplio, donde hoy se concentran todas las actividades, Dante Alighieri 2746. Allí conviven la danza, la gimnasia, la acrobacia y otras disciplinas. “Encontramos un espacio grande donde podíamos incorporar todas las actividades en un solo lugar”, señaló, destacando ese paso como un momento importante dentro del crecimiento del instituto.
A lo largo de más de tres décadas, Analía atravesó distintos momentos, pero siempre con el mismo eje: IPAEC. “Es mi vida. Yo desde los 15 años que creé IPAEC, es toda mi vida y es muy importante para mí”, afirmó. Y profundizó: “Fueron mis momentos buenos, mis momentos malos, pero siempre ahí, siempre en ese espacio. Es como que yo llego ahí y todo lo demás no tiene significado, excepto estar ahí con las chicas”.
Incluso hoy, cuando su rol ya no es el mismo que en los comienzos, ese vínculo sigue intacto. “Ahora que no estoy tanto dictando clases, es como que necesito ir, necesito estar dentro de esas cuatro paredes”, detalló. Esa necesidad habla de una conexión que trasciende lo laboral y se instala en lo emocional.
Uno de los momentos que le permitió tomar dimensión de todo lo construido fue la pandemia. El cierre de actividades y la imposibilidad de asistir al instituto generaron un quiebre. “Para mí fue un antes y un después. Cuando nos tuvimos que encerrar y no podíamos ir, no podíamos estar, no podíamos compartir con los niños, ahí me di cuenta de lo que era IPAEC”, relató emocionada y agregó: “No valorábamos muchas cosas y el encierro nos llevó a valorar ese espacio de reunión, de risas, de contagio, de llantos”.
En ese recorrido, la relación con sus alumnas ocupa un lugar central. Analía describe vínculos distintos, atravesados por el tiempo y las experiencias compartidas. “Es impagable todo. El compartir, el que vengan y te digan ‘¿te acordás de mí?’. A veces los chicos crecen y uno no los reconoce, pero cuando te lo dicen es muy fuerte”, comentó. También mencionó los encuentros fuera del instituto: “A veces estamos en algún lugar y te vienen, te abrazan, esas cosas no las cambiaría nunca por otra cosa, no tiene precio”.
Para ella, el instituto no solo forma bailarinas o deportistas, sino personas. “No solamente estamos formando un atleta o un bailarín, sino que también hay que formarlos desde la parte personal, que sean buenas personas, que pertenezcan a un equipo”, sostuvo. Esa idea atraviesa todo el proyecto y explica, en gran parte, el sentido de pertenencia que se genera.
Con el paso de los años, su rol fue cambiando. Hoy se dedica especialmente a las más pequeñas y también al trabajo con adultos, a través del pilates. “Trabajar con mujeres grandes que nunca lo había hecho es muy apasionante también”, cuenta. Aun así, deja en claro que no podría alejarse completamente: “Creo que no podría vivir sin enseñar algo”.
:format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/03/analia_ciardola_ipaec.jpeg)
En paralelo, comenzó a correrse de la conducción del instituto, un lugar que hoy ocupa su hija, Trinidad Espasandín. Analía destaca ese proceso y el vínculo que mantienen. “Me emociona muchísimo. Trabajamos juntas y gracias a Dios tenemos una excelente relación, tanto familiar como laboral”, afirmó. También reconoce que este cambio le brinda tranquilidad: “Que ella hoy esté al frente a mí me da como un descanso”.
Dentro de ese crecimiento, el cheerleading marcó un punto de inflexión en la historia de IPAEC. La disciplina llegó de la mano de su hija, quien decidió formarse y apostar por un deporte que en ese momento no era muy conocido en el país. “A mí me habían invitado varias veces a capacitarme, pero por distintas cuestiones lo fui dejando. Y ella un día me dijo ‘a mí sí me interesa, yo lo quiero hacer’”, recordó Analía. A partir de ahí, Trinidad comenzó a capacitarse tanto a nivel nacional como internacional y logró instalar el cheerleading en San Francisco. “Hoy es el deporte que está con muchísimo auge”, señaló, destacando que incluso ya han participado en torneos panamericanos y tienen un calendario con competencias en el exterior. Sin embargo, también reconoce que aún cuesta que se lo entienda como deporte. “Es muy completo, tiene parte de danza, de gimnasia, ejercicios de fuerza, pero todavía en Argentina cuesta que se entienda que es un deporte y no solo algo recreativo”, indicó.
Pensando en el futuro, su mirada es clara. “Creo que todo hay que soltar y dejar que las nuevas generaciones tengan su proceso”, remarcó. Por eso, se imagina acompañando desde otro lugar: “Me veo en IPAEC un poquito afuera, apoyando en todo lo que pueda, pero desde otra perspectiva”.
Aun así, su historia seguirá ligada a ese espacio que construyó desde muy joven. Porque IPAEC no es solo un lugar que construyó, sino el resultado de una vida dedicada a enseñar, a acompañar y a construir vínculos que, con el tiempo, se transformaron en una gran comunidad.
:format(webp):quality(40)/https://lvdsjcdn.eleco.com.ar/media/2026/03/tapa_posta_sabado_28_de_marzo_2026.jpg)
