Alfredo Acosta: “Si yo puedo hacer feliz a alguien dándole judo, es suficiente”
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El profesor de San Francisco contó cómo llegó a ser técnico nacional juvenil de judo paralímpico para personas ciegas y con disminución visual. La historia de una vocación, el vínculo con Alejandro Kunkel y una experiencia que transformó su manera de enseñar.
Por María Laura Ferrero | LVSJ
Alfredo Acosta regresaba feliz de cada concentración en Buenos Aires y en su casa no terminaban de entender qué le pasaba. Durante una semana había trabajado con deportistas ciegos y con disminución visual, pero al volver hablaba de algo que iba mucho más allá del entrenamiento. “A mí me cambia la cabeza. Esos chicos te enseñan más que cualquiera. No técnicamente: la superación de vida”, resumió el profesor de San Francisco, hoy técnico nacional juvenil de judo paralímpico.
Para que su familia pudiera compartir esa experiencia, decidió traer un campo de desarrollo nacional a su propio dojo, el Centro Integral de Judo Alfredo Acosta (CIJAA), ubicado en Boero Romano 1231. El encuentro del pasado fin de semana reunió a 17 participantes y permitió mostrar una práctica que, según advirtió, muchas personas todavía desconocen. También confirmó algo que había aprendido después de años de enseñanza: el valor del deporte no se mide únicamente en resultados.
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“La idea es que la gente sea feliz. Si yo puedo hacer feliz a alguien dándole judo, es suficiente. Ya estoy hecho”, expresó. La frase condensó el sentido que encontró en una disciplina que lo acompañó desde la infancia, lo sostuvo después de la muerte de su padre y se convirtió en un proyecto compartido con su esposa y sus tres hijos.
Un nuevo rumbo
Nació en Sunchales, vivió en Ceres y llegó a Brinkmann durante su niñez. A los 11 años descubrió el judo casi por casualidad: había ido temprano al club para jugar al básquet y encontró a un profesor que presentaba la actividad. Cuando preguntaron quién quería anotarse, levantó la mano sin saber demasiado de qué se trataba.
Se describió como un chico inquieto, que pasaba muchas horas en el club y al que le gustaba pelear. Al principio abandonó las clases porque le parecían aburridas, pero la posibilidad de competir lo hizo regresar. La enseñanza también apareció temprano: acomodaba dos colchones y les mostraba a sus amigos lo que había aprendido.
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A los 12 años llegó a San Francisco para cursar el secundario como alumno pupilo en el actual Ipem N.º 50 “Emilio F. Olmos”, por entonces conocido como Escuela de Trabajo, donde se recibió de modelista mecánico, la otra profesión que ejerció junto con la enseñanza del judo. Durante su adolescencia, la muerte de su padre en un accidente marcó su regreso al deporte. Su familia estaba en Brinkmann y él necesitaba una actividad que lo ayudara a atravesar ese momento. Un día, cuando iba a la escuela, vio una práctica a través de una ventana y reconoció los movimientos. Entró al Instituto de Judo San Francisco y volvió a entrenar.
Quiso estudiar Educación Física, pero no pudo sostener ese proyecto en Córdoba. Regresó a trabajar y continuó con el judo, hasta que comenzó a dar clases con el aval de la Federación Cordobesa. Más adelante, una desvinculación de la institución en la que enseñaba lo llevó a pensar que dejaría definitivamente la actividad. Sin embargo, dos alumnos fueron a buscarlo y su esposa, Rosana, lo alentó a empezar otra vez.
El 28 de octubre de 1998 fundó su centro. Después de pasar por distintos espacios, logró darle continuidad en un salón dedicado al proyecto. “Sin mi esposa Rosana, el CIJAA no hubiese existido jamás”, afirmó. Hoy también participan sus hijos: Agustín enseña jiu-jitsu; Analuz, profesora de Educación Física y con trayectoria competitiva, trabaja con los más pequeños y en la preparación física; Andrés acompaña las clases y lo reemplaza cuando viaja.
Aprender a enseñar
El profesor, cuarto dan, explicó que su función actual incluye la difusión de la actividad y el acompañamiento de jóvenes con discapacidad visual. Al distinguir entre judo paralímpico y judo adaptado, señaló que el primero tiene una proyección hacia el alto rendimiento, mientras que en las propuestas adaptadas se realizan ajustes de acuerdo con las posibilidades y necesidades de quienes participan.
Esa distinción no impide que los campos de desarrollo sean una puerta de entrada. Según contó, entre los 17 asistentes al encuentro realizado en San Francisco podían identificarse algunos perfiles para la competencia, pero la experiencia también tenía sentido para quienes se acercaban a conocer la disciplina.
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Sobre la práctica con personas ciegas y con disminución visual, explicó que una diferencia central está en el comienzo del combate, que se realiza con los judocas ya tomados. Durante los entrenamientos también se trabajan referencias para la orientación y la ubicación en el espacio, junto con ejercicios de coordinación.
Su propia historia le había mostrado que el judo podía modificar una vida. Recordó que lo ayudó a dejar las peleas, incorporar pautas de comportamiento y fijarse metas. “Todo se consigue con esfuerzo. No esperes que te regalan nada”, sostuvo al explicar qué intentó transmitirles a sus hijos y alumnos. La construcción de su institución, aseguró, también estuvo sostenida por esa convicción.
Pero el trabajo con el equipo paralímpico le permitió comprender otras dimensiones. “Para mí es una bendición. Yo ahí entendí que el judo vale la pena”, expresó. Aunque ya conocía sus beneficios, las historias de los deportistas le dieron nuevas razones para seguir enseñando. Por eso volvía de las concentraciones con una alegría que llamaba la atención de su familia.
Una familia
Acosta llevaba cuatro años viajando a Buenos Aires para participar en concentraciones cuando decidió organizar una experiencia en su ciudad. Primero pensó en Córdoba capital, pero después quiso recibir al grupo en su propio espacio. Buscó el acompañamiento de la federación y gestionó apoyos para concretarlo. Destacó especialmente la colaboración municipal, que consideró fundamental para realizar el encuentro.
“Yo quería traerlos para que mi familia sintiera lo que yo siento. Y fue fabuloso”, contó. Para los suyos, que ya conocían de cerca a Alejandro, compartir con otros integrantes del grupo permitió ampliar esa experiencia.
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“Yo no digo que tengo una institución. Yo tengo una familia de judo”, afirmó. En esa manera de entender la enseñanza conviven la exigencia, el acompañamiento y la gratitud hacia quienes siguen sus indicaciones. “Uno es profesor gracias a los alumnos. Si no, no sería profesor”, sostuvo.
Abrió otra puerta
El campo de desarrollo dejó resultados que continuaron después de los entrenamientos. Acosta contó que una presentación previa en el estadio Kempes despertó el interés de dos personas con discapacidad visual de Córdoba, a quienes estaban ayudando a encontrar lugares donde practicar. En San Francisco, una salida del grupo también generó un acercamiento inesperado.
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El domingo, integrantes de la delegación recorrieron la plaza Cívica y fueron a tomar un helado, acompañados por familiares del profesor. Una mujer se acercó a preguntar por la presencia del grupo y contó que su marido había perdido parte de la visión después de un accidente laboral. Ese encuentro derivó en una visita al centro: Ricardo, de 51 años, conversó con Acosta y luego comenzó las clases.
La situación le recordó una frase que había escuchado y que aclaró que no le pertenecía: si se suele decir que el deporte saca a los chicos de la calle, para las personas con discapacidad también puede significar salir de la casa. Con ella buscó destacar la posibilidad de romper el aislamiento y encontrar espacios de encuentro. Para Acosta, hacer visible la actividad permitió que otras personas supieran que podían acercarse.
