Rugby
Abrir camino donde no lo hay
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En una ciudad donde el rugby femenino todavía busca consolidarse, Bella Massa y Guadalupe Bischoff construyen su camino a fuerza de viajes, esfuerzo y convicción. Desde San Francisco hasta Córdoba, su crecimiento tuvo premio: un título sudamericano que refleja mucho más que un logro deportivo.
En San Francisco, el rugby femenino todavía no tiene una estructura consolidada. No hay equipos completos por categoría, ni competencia estable, ni un recorrido claro para proyectar una carrera dentro de la ciudad. Para quienes eligen este deporte, el camino es otro: entrenar donde se pueda, sumarse a espacios prestados y, en algún momento, salir.
Salir a buscar lo que acá todavía no existe.
Ahí empieza a tomar forma la historia de Bella Massa (16) y Guadalupe Bischoff (13). No como una excepción, sino como parte de un proceso que recién empieza a asomar y que se sostiene, sobre todo, en decisiones personales, esfuerzo familiar y constancia.
Las dos comenzaron en el San Francisco Rugby Club, en un contexto donde el rugby femenino era apenas una posibilidad. No había equipos formados ni categorías propias. La única opción era integrarse a lo que ya funcionaba: entrenamientos y partidos con varones.
Lejos de ser un detalle menor, esa etapa terminó siendo formativa. “Jugar con hombres te exige más por la fuerza y la velocidad. Y también porque te subestiman. Entonces vos querés demostrar que podés”, cuenta Bella. En ese escenario, cada práctica implicaba también una disputa por el lugar.
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Su llegada al rugby fue casi casual. “Yo hice toda mi vida deportes sola, como gimnasia artística y patín. Un día dejé por temas económicos y como siempre tuve mucha energía, mi papá me insistía con que pruebe rugby. Fui, probé y me gustó”, recuerda. Tenía 12 años.
El cambio fue grande. “Al principio era todo raro. El pase es para atrás, el tackle tiene técnica, hay formas de caer… pero me enganchó. Me sorprendió todo lo que hay detrás del juego”.
Guadalupe tuvo otro recorrido. “Yo crecí viendo a mi hermano jugar. Iba a la cancha, estaba ahí, pero no me animaba”, cuenta. Ese vínculo inicial se transformó en decisión tiempo después. “El año pasado me animé. Fui, probé y me gustó. Las chicas me integraron rápido”.
Al igual que Bella, también empezó en equipos mixtos. “Siempre me llevé bien con los chicos, no tenía problema en jugar con ellos”, dice. Pero esa etapa tuvo un límite claro.
“Después de los 14 ya no pude seguir jugando con varones. Empiezan los campeonatos más competitivos y también cambian las estructuras físicas. Hay más intensidad y más riesgo de lesiones”, explica. Ese corte marca un punto de inflexión: sin un espacio propio en la ciudad, la única alternativa es buscarlo afuera.
En el caso de Bella, hubo un intento previo en Río Cuarto. “Fui a jugar a Mirage. En lo deportivo estaba bueno, pero era muy lejos. Incluso más que Córdoba. Se hacía muy complicado viajar”, resume.
La opción más viable apareció en la capital provincial, en el club Taborín. Ahí encontraron algo que en San Francisco todavía no existe: estructura, competencia y continuidad.
“Fui a probar y me quedé”, dice Bella. El proceso, según explican, no es formal, pero sí exigente. “Vas, entrenás, jugás y ellos ven si realmente te gusta, si te comprometés. Si te ven bien, te vuelven a llamar”.
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En el caso de Guadalupe, el contacto llegó casi de casualidad. “Me crucé a una chica en el centro que jugaba en Taborín, hablamos, después nuestros papás se pusieron en contacto y así surgió la posibilidad”, recuerda. Desde entonces, su rutina cambió por completo.
Hoy ambas viajan varias veces por semana para entrenar. “Tenemos que ir martes, jueves y a veces los sábados. Es cansador, pero si te gusta, lo hacés”, dice Guadalupe. Son más de 200 kilómetros por tramo, muchas veces en el día, combinados con el colegio y la vida cotidiana.
“A veces vas y volvés en el día, otras te quedás el fin de semana. Muchas veces dormimos en la casa de compañeras. Es todo un movimiento”, agrega. La logística se arma sobre la marcha, con el apoyo de las familias y del propio grupo.
En Taborín, además, el equipo se nutre de jugadoras de distintos puntos del país. “Hay chicas de La Rioja, de Misiones, de otros lugares. Por eso los sábados son los entrenamientos más importantes, porque es cuando estamos todas juntas”, explica Bella.
La experiencia no se limita a lo deportivo. Implica convivir, adaptarse y organizarse desde muy chicas. “Es como otra vida. Si no te gusta de verdad, no lo hacés”, resume Guadalupe.
Dentro de la cancha, cada una encontró su lugar. Bella juega como segunda línea, en una posición de contacto permanente. Guadalupe es wing, donde la velocidad y la lectura del juego son determinantes. “Corrés mucho, pero también tenés que estar atenta todo el tiempo. Si se escapa una jugada, tenés que ir igual”, describe.
El recorrido tuvo su punto más alto con la participación en el Campeonato Sudamericano de Clubes en Chile. Allí, junto a su equipo, se consagraron campeonas.
El logro aparece como la consecuencia de un proceso sostenido. Viajes largos, entrenamientos exigentes y una decisión constante de seguir. “Fue un viaje largo, muchas horas en colectivo, pero al estar en equipo se hizo más llevadero”, recuerda Guadalupe.
“Compartíamos todo, jugábamos a las cartas, nos hacían trenzas. Cuando llegamos ya estábamos cansadas, pero fue una experiencia hermosa”, agrega.
Durante el torneo compartieron partidos con equipos de distintos países. “Las chicas de Chile, de Uruguay, de Perú… fue muy lindo conocerlas. Es otra experiencia, no solo jugar”, cuenta.
En ese sentido, hay un aspecto que ambas destacan como central en el rugby: el tercer tiempo. “Después del partido compartís con la rival. Adentro defendés tu camiseta, pero afuera sos compañera”, dice Bella. “Eso es lo más lindo que tiene el rugby”.
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También aparece la cuestión de género, inevitable en un deporte históricamente masculino. “Siempre tenemos que demostrar que podemos”, coinciden. En cada entrenamiento, en cada partido, en cada espacio que ocupan.
Mientras tanto, en San Francisco, el rugby femenino sigue en construcción. Sin una estructura definida, pero con jugadoras que empiezan a marcar un camino. “Estaría bueno que acá se arme algo”, dicen. No como una idea lejana, sino como una necesidad concreta. Porque hoy, para crecer, la única opción sigue siendo irse.
Y en ese ir y venir constante, entre viajes, entrenamientos y partidos, Bella Massa y Guadalupe Bischoff no solo sostienen una carrera deportiva. Están haciendo algo más difícil.
Están abriendo camino.
