A diez años del conflicto del campo
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A una década de aquellas agitadas jornadas, conviene rescatar aquel mensaje de los productores y reflexionar sobre todo lo que aún falta para que el trabajo genuino deje de ser motivo de aprovechamiento por parte de la voracidad estatal y sea definitivamente el motor del desarrollo argentino. Nuestra editorial de hoy.
Entre marzo y junio de 2008, hace exactamente 10 años, el recordado conflicto del campo agitó la vida argentina como pocas veces. No sólo la economía del interior del país se vio afectada por los remezones de esta dura porfía entre los productores y el gobierno nacional de entonces. Las consecuencias políticas y sociales de la disputa todavía resuenan.
Un anuncio simple y burocrático como el de la Resolución 125 abrió la puerta para una confrontación que duró casi 130 días. En medio de una realidad global en la que los comodities tenían precios altísimos, el gobierno nacional pretendió aprovechar el momento y apuntalar su política populista mediante la imposición de aportes confiscatorios que debía hacer el sector rural. La 125 establecía una fórmula móvil que transformaba el porcentaje de las retenciones de los granos de acuerdo a las variaciones del precio en el mercado de Chicago. Si la cotización caía por debajo de los 200 dólares la tonelada, la soja tendría retenciones cero. Pero con el valor en 400, ese porcentaje de impuestos pasaría al 35,75%. Y con un precio de 600, que era el que se preveía en esos meses, la tasa de retención llegaba a 49,33%. Es decir que el gobierno se quedaba con la mitad del valor de lo producido.
Allí comenzó la lucha del sector rural. Con algunos métodos no correctos como el corte total de las rutas en algunos casos. Pero también ejerciendo el derecho a la protesta con las herramientas de la dignidad que brinda el trabajo esforzado del hombre de campo.
Hace 10 años, en esta columna, se afirmó que "resulta innegable que, más allá de compartir o no los métodos empleados, la protesta del campo ha puesto sobre el escenario la necesidad de rediscutir el modelo de país al que debemos aspirar. Ha vuelto a plantear aquella histórica discusión del interior versus el puerto de Buenos Aires. Ha determinado con transparencia inequívoca que no se trata sólo de un reclamo económico, sino que tiene profundas raíces y, también, imprevisibles implicancias y derivaciones". Y se valoró "ejemplo de dignidad, de vocación federal y de amor por la tierra que están brindando la mayoría de los productores agrarios. Son ellos, nuestros "gringos", quienes saben que el país se hace trabajando y no prepoteando".
A una década de aquellas agitadas jornadas, conviene rescatar aquel mensaje de los productores y reflexionar sobre todo lo que aún falta para que el trabajo genuino deje de ser motivo de aprovechamiento por parte de la voracidad estatal y sea definitivamente el motor del desarrollo argentino.
