Análisis
A 50 años del abismo
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A medio siglo de aquel último golpe de Estado, por momentos el país sigue sumido en discusiones y enfrentamientos. Es necesario elevar la mirada y alentar la idea de que el Día de la Memoria por la Verdad y la Justicia sirva para continuar en la búsqueda de los caminos que permitan reconciliar a la Nación.
Hace 50 años, la Argentina caía en el abismo. En el reinado de la muerte y el desprecio por el semejante. Una época triste y dolorosa, con heridas aún abiertas que, lamentablemente, no terminan de sanar. Las disputas por el poder ya no se dirimen mediante violencia armada, grupos clandestinos, asesinatos o desapariciones, pero la vocación de encuentro, tan necesaria, no aparece con frecuencia.
Al hacer memoria, no se puede evitar sostener que aquel tiempo fue un momento en el que en el país se consagró la violencia como forma de resolver las diferencias políticas, sociales e ideológicas. Fue la época en la que se instauró una cultura de la muerte y se abrieron las más hondas heridas, muchas de las cuales siguen abiertas. Además, la utilización sesgada de la memoria durante años de democracia contribuyó a que el reencuentro pareciera más una quimera que una posibilidad real.
Hace medio siglo el país vivió un irracional tiempo de violencia política. Primero, con organizaciones guerrilleras que recurrieron a la lucha armada. Luego, mucho más grave, con un Estado que, con el objetivo de combatir a esos grupos, desterró la noción misma del Estado de derecho al implementar prácticas contrarias a la vida y la dignidad humanas. La reciente identificación de las identidades de personas desaparecidas durante la dictadura militar en un sector del centro de detención clandestino de La Perla es un episodio más de esta dolorosa catarata de circunstancias aberrantes.
Fue un tiempo caracterizado por el desprecio hacia las instituciones. Luego de una crisis política y económica muy importante, derivada del desgobierno que sucedió al fallecimiento de Perón, de la continua acción violenta de grupos subversivos y de las virulentas disputas internas de la facción gobernante, las Fuerzas Armadas tomaron por la fuerza el poder y lanzaron un plan de acción fuera de la ley que procuró acallar cualquier voz disidente para disciplinar al cuerpo social. No fue un hecho circunstancial, sino un plan sistemático que pretendía acabar -con deleznables métodos comprobados por la Justicia- con el accionar guerrillero y también con cualquier otra manifestación que no se ajustara a su ideario.
A medio siglo de aquel último golpe de Estado, por momentos el país sigue sumido en discusiones y enfrentamientos. Ya no con las armas, es verdad, pero muy lejos de alcanzar los acuerdos básicos que permitan avizorar un horizonte más fraterno. Frente a este panorama, es necesario elevar la mirada y alentar la idea de que el Día de la Memoria por la Verdad y la Justicia sirva para recrear los valores más sublimes de nuestra cultura y para continuar en la búsqueda de los caminos que permitan reconciliar a la Nación.
No puede haber reconstrucción sin respeto a la vida de todos los argentinos, a su dignidad, a su libertad de pensamiento, a la vigencia de la ley y a la defensa de las instituciones democráticas. Ninguna reconciliación puede lograrse sin apelar a la búsqueda del bien común. Tampoco se alcanza sin verdadera memoria, sin verdad y mucho menos sin justicia.
