Un superhéroe, en casa
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Brian Guevara no tuvo una vida de abundancias, pero salió adelante, aprendió un oficio para hallar un trabajo que le permita darle lo mejor a su hijo Romeo.
Brian Guevara tiene 22 años. Es papá de Romeo, de 5. Su vida no fue fácil; cuando sus padres lo enviaron a San Francisco, tuvo que rebuscárselas como podía. No pudo cursar la escuela secundaria y a los 17, se convirtió en padre primerizo.
Hoy, Brian estudió un oficio aprender y en julio accederá a su primer trabajo formal.
"Hacer todo por los hijos". Brian sabe del significado de esa frase. En cada sorbo de mate, mira a Romeo -que toma su té con dos rodajas de pan con manteca- y lanza: "Tenemos que comer todos los días. Tener plata todos los días para vivir".
La vida lo puso otra vez a prueba. Dos días antes de finalizar su práctica laboral en el oficio del arte funerario -que logró gracias al taller de capacitación brindado por la Oficina de Empleo de la Secretaría de Desarrollo Económico, Social y Educativo de la municipalidad de San Francisco y el Ceder-, se astilló el brazo. Nuevamente, multiplicar el esfuerzo. En tanto, "tuve la suerte de poder cumplir casi toda la práctica", cuenta este papá que ofició de albañil y vendedor ambulante.
"Nunca me pasó algo así. Trabajo desde los 12 y nunca tuve un accidente".
"Aprendí sobre `arte eterno´. Fundía placas fúnebres, las limpiaba, pulía, pintaba y barnizaba. Aprendí muchísimo este oficio", agrega.

El mate se enfrío. Su esposa, Rocío, le ceba otro y lo observa con amor y admiración. "Yo estoy desempleada. Fue un mes difícil", dice. En barrio Francucci, de Frontera, ellos alquilan un departamento y viven con tres perros. "Uno por cada integrante de la familia", bromea Rocío.
En la mesa de la familia está Romeo que escucha atentamente a su héroe, a su papá, el que le enseñó a jugar a la pelota. "Romeo es el 10 de Los Andes de la 2012", expresa Brian orgulloso. Y hurga en su pasado de jugador de fútbol en Buenos Aires, donde vivió su infancia y también se levantó. Su mamá falleció cuando él era un niño.
"Ser papá me cambió la vida. Cuando me enteré, me nubló todo. Tenía
que trabajar para tener lo mío, que comprar la leche y los pañales para mi
hijo. Era albañil, pero a veces trabajás y otras veces no. Es muy difícil".
Ya en nuestra ciudad, Brian vendía trapos y medias en la calle; trabajaba como albañil por 20 pesos la jornada y los viernes, su patrón le daba el dinero para comer un asado.
"Me siento ignorante por no saber cosas de la escuela, pero la calle también me enseñó y mucho", afirma.
"No quería salir a robar. Siempre supe que tenía mucho para perder", confiesa.
Su hijo a veces quiso acompañarlo en la venta callejera, "lo ve como un juego, pero no quiero que venda en la calle, aunque sí quiero que vea el sacrificio que hago, que se lo gane pero nunca lo haría trabajar".
A Brian le gustaría que Romeo triunfe en el fútbol y tener un futuro prometedor. Aunque para él, su hijo ya es un ganador.
"Quiero dejarle una casita, por más chica que sea pero que tenga un techo para siempre", finaliza.
