El “Grinch” real que se robó la Navidad
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Suena la hora de la revolución y la monarquía cae en Inglaterra. Para el pueblo lo que es del pueblo. Oliver Cromwell, figura parteaguas, tan odiado como amado, plantea un modelo de República para la isla. Pero, nada es gratis en la vida: él y los puritanos eliminan el feriado de Navidad y toda celebración que no sea la estrictamente religiosa.
Por Manuel Montali | LVSJ
"El jolgorio de los paganos". Eso era, para Oliver Cromwell y los suyos, lo que ocurría en Inglaterra cada 25 de diciembre. Decoraciones, cantos, comidas y bebidas abundantes que nada tenían que ver con el verdadero espíritu religioso de la festividad.
Contreras a la Navidad y todo tipo de celebraciones hubo siempre. Pero fue en 1643 cuando empezó a hacerse sentir el movimiento que quería darle mute a los villancicos y demás manifestaciones tradicionales. Tras años de lucha, los puritanos vestidos de sombra lograron que el Parlamento inglés les diera el gusto, y se declaró ilegal toda celebración que se alejara del más estrecho recogimiento religioso en el día asociado al nacimiento de Cristo.
Es cierto que no toda celebración navideña era tan sana en aquel momento: la fecha solía incluir gente cantando villancicos desnuda como el niño santo del pesebre, carreras de caballos, peleas de gallos y mucho borracho en la calle. Cromwell y sus seguidores argumentaban que no había ninguna referencia precisa en la Biblia de que Cristo hubiera nacido ese día, que además estaba demasiado emparentado con las celebraciones paganas y la Saturnalia de los romanos. Es decir, días sin norma en donde todo exceso estaba permitido.
Por supuesto, la supresión de Navidad no podía tener efecto mientras Carlos I y la monarquía siguieran gobernando. Pero, acechados desde 1642, cuando se desató la Revolución inglesa, terminaron siendo sacados a patadas por el poder legislativo. Cromwell, gustoso de derribar coronas, firmó a favor de la pena de muerte del rey en 1649. Y asumió en 1653 como Lord Protector (título máximo en el nuevo orden, por lo que solo le faltaba sentarse en el trono). Desde esa posición, movilizó al ejército para respetar la medida parlamentaria, y arrasar con fuego y espada hasta el último vestigio navideño. La rebeldía de quienes colgaban alguna guirnalda en sus puertas terminaba en paliza o cárcel. Sintiéndose quizá como Cristo al echar a los mercaderes del templo, lo único que permitía Cromwell era la misa. Las consecuencias alcanzaban incluso a quienes no atendían sus comercios el día 25. Pero quienes sí iban a trabajar como cualquier otro día tampoco la pasaban tan bien, pues recibían el abucheo de todos los que resistían. Las clandestinas, en esa época, eran las fiestas navideñas puertas para adentro.
Cromwell fue un sujeto al que cuesta ponerlo en un molde definitivo. Controversial y divisor de aguas hasta el día de hoy. Los motes que se le imponen van desde regicida y dictador hasta líder popular, estratega, progresista, defensor de la libertad, restaurador de leyes... Fue quien propició el único período en que el Reino Unido se libró de reyes para acercarse a un modelo de república, eliminando la influencia de los lores en favor de los comunes. Sin dudas, una de las personalidades históricas de mayor trascendencia y claroscuros en la isla británica. Por supuesto, la Navidad fue solo uno de sus focos de conflicto. Impulsando la figura de la Mancomunidad inglesa, dominó con brutalidad a Irlanda y Escocia: al puritano, todo; al hereje, ni justicia.
Para muchos, igual, pese a ver con gusto que el poder de los reyes podía derramarse ahora un poco más sobre el pueblo, lo de la Navidad parecía un poco extremo. Lo más difícil de tolerar era incluso que el 25 de Diciembre dejaba de ser feriado. Ni celebración ni descanso. El mismo Parlamento tuvo que sesionar en dicha fecha desde 1644.
Pero todo concluye al fin, nada puede escapar. Aun Cromwell y la prohibición de la Navidad. Tras su muerte en 1658, y el regreso al poder de la monarquía, encabezada por el rey Carlos II, desde 1660 la fecha pudo volver a festejarse con sus árboles, adornos, delicias, bebidas y cantos.
Los monárquicos, sin rencores ni revanchismo, se permitieron un adorno muy especial: desenterraron el cadáver de Cromwell y exhibieron su cabeza durante años, como si fuera la estrella de Belén.
