De membrillo o miel: la colección de 1.100 latas llenas de historia
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Fernando Cervellati, más conocido como Nano, es un verdadero coleccionista de latas antiguas y asegura que tiene más de 1000. De membrillo, talco, miel o hasta de la compañía de seguros El Norte. Cada lata es valiosa para este hombre oriundo de Freyre que vive en San Francisco y asegura que la mejor pieza es la que está por venir.
Hay coleccionistas de cuadros, de lapiceras, de autos o perfumes. Pero también están aquellos que atesoran piezas únicas que marcaron el consumo de décadas. Es el caso de las latas, piezas que surgieron de manera comercial en los años veinte, marcaron diferencias de status en la sociedad y que fueron evolucionando en distintas etapas en la vida de los argentinos.
Fernando Cervellati, más conocido como Nano, quedó atrapado por la pasión del coleccionismo que tuvieron sus padres en Freyre y cuando se instaló en nuestra ciudad, con el tiempo decidió que las latas antiguas se convertirían en su hobby.
Desde hace 8 años aproximadamente, Nano compra, canjea y recibe latas de todo tipo y época llegando a coleccionar más de 1100 piezas. No las vende, claro, pero sí las canjea y las muestra a quienes deseen conocer la historia como lo hizo con LA VOZ DE SAN JUSTO.
Los artículos en cuestión están en una casa donde se detuvo el tiempo. En lo de los Cervellati todo es antiguo pero lo que más se destaca es la amplia colección de latas.

La curiosa lata botiquín de primeros auxilios que pertenecía a la Compañía de Seguros "El Norte".
En el garaje y la galería están todas delicadamente organizadas, limpias y en perfecto estado de conservación. "Hay aproximadamente 1.100 latas organizadas en café, aceite, yerba, pintura, cacao, galletitas, té, leche, cera, azafrán, pólvora, medicina, ungüentos y talco; entre otras. La colección se va armando según los elementos. Las más valiosas pueden rondar los $12.000, las de miel también son preciadas, así como las icónicas como Bagley, Terrabusi o las de membrillo pero las de café y té son las más populares", dijo Fernando Cervelllati.
Para él son todas piezas raras y le guarda un sentimiento relacionada con la búsqueda y hallazgo. "A veces pienso quién lo habrá tenido, cuánto tiempo y dinero invirtió para tenerla. Hay latas de membrillo del año 1922 que me hacen pensar quién podía acceder a ella y su costo en ese momento. Tengo una lata de dulce de leche de La Martona, inspirada en el nombre de la mamá del escritor Adolfo Bioy Casares, que es muy valiosa", explicó el coleccionista.

Los bizcochos Canale, un clásico de los argentinos.
"Una colección importante que tengo es la Matarazzo, que fabricaban juguetes de hojalata para familias de alto poder adquisitivo, pero también latas para la cocina que son identificadas con su clásica letra M", contó.
En la búsqueda, Fernando tiene en cuenta que "coincida la tapa con el envase, el estado de la lata, la litografía, que tenga la fecha de envase. Muchas variables hacen que uno se detenga y pague precios que puedan privarme de otras cosas".
Cuando todo coincide, el coleccionista las recupera. "Cuando uno consigue una lata, la limpia con agua y detergente, después se le pasa bicarbonato para quitarle el óxido para devolverle la vida y por último, la ubico en el lugar que merece".
"No tengo una lata que más atesoro, pero si persigo las que necesito para completar las colecciones de Bagley o Mantecol; por ejemplo. El mercado ofrece mucho y con el tiempo uno se hace conocido y te ofrecen lo que hay".
Historia "enlatada"
Las latas comenzaron a tener valor comercial en los años 20 pero además daban status porque destacaba la capacidad económica de quienes la compraban como las de membrillo, batata y yerba. "La lata muestra cronológicamente la evolución del consumo y la forma de vivir de la gente. Si bien marcaba un status social, se notaba que se consumía mucho café, té, leche en polvo. Luego, llegó el plástico que masificó lo que la sociedad compraba".
"Tener una lata de membrillo o de postre en los años 40, era solo para la directora del colegio el gerente de banco. Los demás, el pueblo, consumía los productos sueltos en los ramos generales", manifestó el entrevistado.

Fernando también colecciona nomencladores de calles antiguos.
Una pasión que se hereda
Fernando es oriundo de Freyre. Su padre junto a otros hombres, previendo el centenario del pueblo en 1986 decidieron crear el Museo. "Como no tenían donde depositar los objetos, lo guardaban en el living de mi casa", contó Fernando.
Después se fue a estudiar a Córdoba y recién cuando se instaló en San Francisco que comenzó con el hobby. "Cuando me afiancé en la ciudad, hace 8 años atrás, decidí empezar con el coleccionismo de latas. Comencé con una lata que traje de Freyre tras el fallecimiento de mi mamá donde ella guardaba hilos y otra de fotos".
Al principio, "empecé mi colección arriba de una cajonera en mi habitación. Un día llegué y esas coas no estaban más porque mi mujer me lo trasladó al garaje. Me dejó un cartel con el número de teléfono de un carpintero para que me haga estantes y coleccione de manera ordenada. Sin ella ni mis hijos, esto hubiera sido imposible".

La casa de los Cervellati está copada por las latas y los nomencladores.
La pasión no tuvo límites. "Me fui de vacaciones pura y exclusivamente para comprar latas, llegué a quedarme hasta altas horas de la noche en los remates o negociando hasta la madrugada y hasta llegué a meterme en contenedores o en casas que se estuvieran demoliendo", recordó.
Fernando también atesora gran cantidad de carteles nomencladores enlozados. Los clásicos azules que tanto hemos visto por las calles en el pasado. "Los compro en remates de casi todo el país. Son los que se ponían en las paredes de las casas. También tengo chapas de la revista Anteojito, las de probadores de pilas y, números de las casas
Con el apoyo incondicional de su familia, Fernando espera que sigan con la colección. "Mi señora es la que más disfruta de la colección y es la que me insista a hacerlo. También quisiera que mis hijos la sigan. Con esto me despejo del trabajo y la vida cotidiana", aseguró.
