Crispación, palabras y actitudes
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La convivencia democrática se ha transformado en una ficción, las instituciones de la República son pisoteadas. Sucede desde hace mucho. Y sigue ocurriendo. Viene de lejos esta mala costumbre. La hemos naturalizado.
Semanas atrás, en este diario, una columna de opinión reclamó desde el título que era "hora de dejar de atizar el fuego". Aludía a la crisis socioeconómica actual y a la irresponsabilidad de quienes tienen la obligación de trabajar para resolver los problemas, pero dedican la mayor parte de su tiempo a defenestrar las posiciones opuestas en un diálogo de sordos que abruma.
Los avatares derivados del juicio que se sigue contra la vicepresidenta de la Nación por supuestos hechos de corrupción en la adjudicación de obra pública han seguido atizando el fuego. Y, en relación con el debate público, han demostrado que, desde hace mucho, solo sabemos relacionarnos a grito pelado.
Con ello, la convulsión política y social está en un punto extremo. La incapacidad de los políticos para debatir con altura se suma al nerviosismo social alentado por fanáticos de una u otra vereda ideológica, por expresiones que evidencian lo insignificante y fútil en que se ha convertido el lenguaje, en la disputa permanente alentada desde las redes y medios, en un alud de improperios, insultos y descalificaciones, de insultos.
Nos hemos acostumbrados a vivir irritados, coléricos. La cordura es pieza de museo, la verdad es un trapo sucio, la convivencia democrática se ha transformado en una ficción, las instituciones de la República son pisoteadas. Sucede desde hace mucho. Y sigue ocurriendo. Viene de lejos esta mala costumbre. La hemos naturalizado.
"Se robaron todo y nos dejaron todo", escribió Pablo Neruda refiriéndose a la colonización española. Ese "todo" que nos dejaron no fue otra cosa que "las palabras" según el poeta chileno. Hoy no tienen valor. El peso que tuvieron alguna vez se diluyó en un océano de imprecaciones insólitas. Un solo ejemplo reciente: las expresiones del presidente de la Nación sobre el fiscal que acusó a la vicepresidenta elevaron el éxtasis de la ridiculez hasta niveles muy peligrosos. Y las reacciones desaforadas de muchos líderes opositores en nada ayudan a contextualizar los despropósitos.
El ruido es permanente. Todo el mundo grita, patalea. Casi nadie escucha. La crispación profundiza la hondura de las trincheras en las que devaluadas palabras confunden el lógico malestar por las condiciones actuales del país con el odio. Imperan las frases altisonantes, las vituperaciones, en un "todos contra todos" que estremece. No se debate, se vocifera, se ataca. El lenguaje banalizado se ha convertido en el degradado altavoz de los arrebatos sectarios que inundan la vida cotidiana.
La toxicidad del clima político y social es la norma habitual. Tanto es así que todo el mundo se sorprende por la calma y el sentido común de un jovencito chaqueño que se plantó frente al gobernador de su provincia y, con respeto y sobriedad, fue capaz de exponer su mirada crítica sobre la realidad que vive. Se podrá estar o no de acuerdo con sus expresiones, pero son, al menos, un bálsamo que habilita la expectativa en que algo puede cambiar. Refiriéndose a situaciones similares que se han dado en España, la elogiada escritora Rosa Montero devolvió a las palabras su real sentido. Escribió que este tipo de actitudes conforman "un alivio de la cansina acritud, un respiro de nosotros mismos". Quizás permitan que "hasta consigamos crecer y aprender algo".
